Texto de presentación de “Corazón tan puto” de Nelson Pedrero, por Maivo Suárez

Presentación de “Corazón tan puto” de Nelson Pedrero, por Maivo Suárez

 

Desde hace un tiempo me interesan y disfruto de los textos que me provocan escrituras, mientras leo comienzo a escribir mentalmente y me dan ganas de sentarme al teclado.

No me pasa con muchos libros, pero apenas abrí esta novela de Nelson Pedrero, me pasó todo el rato mientras la leía. Encontré un mundo con tanta vida en estas páginas, que a modo de presentación quiero contarles acerca de otros elementos que me sedujeron:

Creo que lo primero que valoré de esta novela es que la historia se cuente desde la cabeza de los personajes. Me gusta cuando un texto me da un lugar privilegiado como lectora: estar en medio de los pensamientos, de las evocaciones, escuchando las conciencias de los personajes, voces internas debatiéndose entre las dudas, los sueños, las ambivalencias, los temores.

Como Panchito, este veinteañero, que conversa consigo mismo, a medio camino entre la autorecriminación y el aceptarse:  

«Lástima que no se pueda desexistir, que cuando te dicen ándate a la conchetumadre, uno no pueda decir ya pos, y volver a meterse en la madre de uno y nacer de nuevo, de cero, sin traumas ni trancas ni que te miren feo por ser feo».

O el personaje de Meche, que tiene un sueño, pero nunca se anima a tomárselo en serio:

«La Meche se baja en Independencia frente a la Pinto, que cuando esté más nublado, que cuando haya más sol, en dos meses más, y luego en dos más de nuevo, que está ocupada, que se va a hacer un tiempo, no, hoy tiene que ir, si no pierde nada. Mejor más adelante. Sí. El miércoles de la otra semana, el jueves, el lunes que viene. ¿Qué es más fuerte? ¿El miedo a apoyarse en otros, o la flojera?, o el hábito de hacer siempre lo mismo, la conformidad de saber que si bien no me gustan las cosas así como están, al menos ya las conozco».

Disfruté de estos monólogos interiores, saltando entre la primera y la tercera persona. Un concierto de voces que a ratos se topan, se atropellan, se potencian y danzan.

Hay un trabajo muy bien logrado con las voces y disfruté el escuchar a los personajes pensar y pensarse, y ver el mundo que los rodea a través de esas luchas  internas, que en mayor o menor medida, todos llevamos dentro, ese relato diario en el intentamos descubrir y construir quiénes somos realmente y qué lugar de poder ocupamos en el mundo, el pequeño mundo que una habita.

Otro elemento es el riesgo. El riesgo autoral de poner en medio de esta polifonía de voces, en una novela de corte realista, la voz de un gato. Sí, un gato. Un gato que va articulando, actualizando, entrelazando y hasta resumiéndonos el relato:

«A todo esto está bien potable esta longanicita, más rato voy a darme otra vuelta por la cocina, eso es lo malo de los colizones, que son tan tincados, pero ahora mejor les hago un recuento tipo resumen del trabajo con Maulén: de partida, y no es por nada, pero creo que el negocio se le compuso con mi aporte, porque le hago unas cachañas a la gente en el ruedo y caen las monedas como si fuera lluvia, luzco un bonete de mi porte, de un cartón duro que hay, que me compró en una casa de disfraces en Puente, me lo pongo con un elástico, me cuesta un poco tragar saliva la verdad, pero el que quiere celeste que le cueste…».

Estamos ante Chueco, un gato macho que gusta de su harem de gatas en el tejado, de las peleas con otros gatos, de un buen borgoña, de la copucha, que nos adelanta algo de la historia, para enseguida esconderla durante unas páginas como si nos estuviera poniendo miguitas de pan, que nosotros vamos comiendo, mientras el destino de los personajes va confluyendo a la tragedia.

Yo siempre agradezco el humor en la narrativa. Creo que un libro te tiene que tocar de alguna forma, y qué más evidencia que un párrafo te provoque risa. Sobre todo cuando ese humor se da en medio de un paisaje a ratos afeado, con olor a basura, a fruta podrida. Un paisaje con una violencia, que al igual que los platos que prepara Panchito en el bar, se cocinan solapadamente y a fuego lento:

«A la media hora reaparece el Gualo con una pistera mortal, con los cromados de lujo, ¿ya volviste?, justo te estábamos pelando, ¿y esa preciosura?, cinco pesos me costó, ¡tan barata!, sí pos, es una movía, ¿y qué me pelaban?, vuelta a lo de las argentinas, el Hermes que le dice ¿y cómo andái con la Resfalina, loco, a quién le ha ganao?, es más julera que un caldo de huaipe, qué te pasa con mi mina, loco, ¿pero si vos mismo no la llegái pelando?, que es última de cartucha, que se hace la monjigata, mojigata aturdío, se ríe el Panchito, como sea, se las da de estrecha y adentro le cabe una pelea de perros, el Gualo bueno pero es mi mina pos loco, si quiero la mato también, pero vos no tenís que meterte con ella, ¿me comprendí?, salta pal lado se burla el Hermes, y el Panchito se ríe, pero también me pongo nervioso porque nunca se sabe cuándo la chacota va a derivar en drama».

Un puñado de personajes inolvidables, voces muy particulares, el cómo aparecen esas voces en el texto, una historia cotidiana en toda la complejidad que adquiere lo cotidiano cuando tenemos que luchar por los sueños propios, luchar para sobrevivir, para respetar y hacerse respetar, para hacerse un espacio, para construirse una identidad, para aceptarse, para amar.

¿Pero es una novela solo un punteo de buenos elementos? Claro que no. Una novela, una buena novela como esta es mucho más que eso. Es también un mundo al que asomarse y vernos en su reflejo. Y cuando pienso en eso de vernos, no puedo terminar esta presentación, obviando el contexto en que se reedita esta novela, este contexto histórico de septiembre de 2022, a días del Plebiscito por una nueva constitución.

Mientras leía esta novela, llegó a mis manos un número de Palabra Pública, donde aparecen cuatro ensayos acerca de la nueva constitución. Y parafraseando a Diego Zúñiga, que cierra su texto señalando que la propuesta constitucional busca darnos directrices por dónde avanzar hacia un lugar más justo, que se parezca ojalá, dice Zúñiga, “al país que realmente somos”.

Luego de los resultados de hace unos días, un domingo triste para mí al menos, ya se rechazó la propuesta, es inevitable preguntarme, ¿pero qué país realmente somos?

Quizás necesitamos hoy más que nunca volver a mirarnos, reconocernos, escarbar, volver a esos muchos Chiles, los Chiles de hoy, pero también los Chiles de hace unas décadas, el devenir de esos Chiles. Quizás nos hemos estado manejando con un mal reflejo, como una imagen distorsionada en un espejo roto. Cada uno podrá, si así lo quiere, seguir armándonos un reflejo del país que realmente somos. Yo los invito a volver a la literatura y a través de esta novela mirar uno de los tantos Chiles, un chile con minúscula y gigante a la vez, un mundo complejo cuyo puñado de personajes se escapan de la mirada maniquea, del blanco y negro, del bueno y el malo, se desmarcan del estereotipo, de esa representación de lo marginal asociado siempre solo a lo criminal, como si fueran sinónimos.

Un Chile que podría parecer, cuidado a no engañarse, podría parecer el reflejo de otra época, pero quizás es un Chile que sigue allí, un Chile que desde el borde y muy al centro, no termina nunca de suceder.

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