Cachivaches (Diego Riveros)

Cachivaches (2020)

Diego Riveros (1992)

Provincianos editores

ISBN 978-956-401-862-1

131 páginas

 

Los cuentos de Cachivaches son relatos muy sencillos, directos, sin grandes artificios ni piruetas innecesarias. Lo anterior no deja de ser decidor en una época en que abundan los libros como ensamblajes, que parecen escritos para mostrar cómo fueron hechos o para exhibir un mecanismo, y que descuidan de manera flagrante la manera en que cuentan la historia que contienen. Cachivaches son tres relatos que funcionan, antes que todo, como historias.

“Nos repetían como mantra que lo único que nos podían dejar como herencia era nuestra educación. Que el esfuerzo lo era todo. (…) Sus propias ansias de surgir se nos impregnaron desde temprano en nuestra piel, en nuestro ADN. Por eso tenía que quedar sí o sí en el Instituto Nacional: debía superar a una multitud de púberes ansiosos empujados por sus propios padres, obsesionados con el éxito, exprimiéndose día a día en un esfuerzo que solo vale la pena si los hace trizas por dentro (…) “ (página 18)

“Proceso de admisión” es la pequeña anécdota de un niño que logra entrar en el Instituto Nacional, cambiando su opinión sobre sí mismo y su actitud con la gente del lugar del que proviene. En “El chofer” nos encontramos con un conductor del Transantiago que le toca presenciar un asesinato, arriesgando que también lo maten mientras se intercala otro hilo narrativo donde vemos su pobreza y cómo todo se ha ido complicando en su vida hasta el momento presente, donde maneja la micro y una pistola lo apunta. Finalmente “Esbozos de mi madre” es un pequeño relato de crecimiento, el del joven protagonista, con una madre que vive la violencia doméstica, la de ser mujer, la de ser pobre, la de estar enferma y no tener acceso a una salud digna.

“La indigencia ya no se refería solo al tramo de salud al que pertenecía, sino también a lo que pasaba en su propio cuerpo. Muchas veces la orina se le disparaba y con mi hermano teníamos que limpiarle las piernas mientras ella miraba el techo, avergonzada. Lloraba en silencio mientras sus hijos le limpiaban el culo como lo había hecho ella años atrás con nosotros.” (página 109)

Decíamos que son cuentos sencillos, sí, pero en ningún caso simplones. Por el contrario, se trata de relatos profundamente sensibles. “Proceso de admisión” podría ser fácilmente otra agotadora anécdota sobre la supuesta mística del ya manoseado Instituto Nacional si no fuera por la sensibilidad del autor que detecta el cambio que opera en el protagonista y cómo ese cambio lo aleja de su entorno, un entorno al que pertenece y del que ahora prefiere renegar, y con ese sencillo cambio el cuento ya no trata sobre el colegio sino que sobre la psicología del protagonista, en cómo se modifican sus expectativas y opiniones y cómo ese supuesto éxito acarrea una decepción. Y es especialmente sensible en “Esbozos de mi madre” un cuento donde el narrador crece al alero de una madre que no es una simple maqueta de madre-esforzada, madre-modelo, madre-utilitaria, sino que por el contrario, es una mujer completa que posee reveses, debilidades, fortalezas y también pequeñas y muy humanas torpezas. Es un personaje que tiene suficiente fondo como para sostener por sí mismo el relato, cuestión nada simple.

Y es que probablemente sea ese el mayor atributo de este conjunto. Diego Riveros no pretende armar anécdotas grandilocuentes, no hay giros argumentales, no hay sorpresas, por el contrario, pareciera más bien que lo suyo es construir caracteres; es ahí donde brilla, en estos personajes que poseen bemoles, que sufren y se equivocan, que por sobre todo tienen una base muy convincente de humanidad. Desde ahí es que se permite explorar las sensaciones y frustraciones en las situaciones más domésticas. En Cachivaches no hay discursos pomposos, sino que hay una derrota constante, pero incluso en medio de esa derrota estos cuentos consiguen producir una sensación de belleza gracias a la entereza con que la enfrentan estos personajes tan humanos, tan bien construidos.

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