Una guinda en la guata (Emilia Macchi)

Una guinda en la guata (2022)

Emilia Macchi (1993)

Provincianos editores

ISBN 978-956-6127-14-7

85 páginas

 

Una guinda en la guata es la primera publicación de Emilia Macchi. Consiste en un volumen de seis relatos que tienen en común ocurrir en el mundo del trabajo. Estos son trabajadores que, en general, no vemos trabajar sino que los vemos “perder el tiempo”, en tanto el tiempo importante —el tiempo que transcurre junto a otras personas relevantes para estos personajes— se desmorona en paralelo, muchas veces por culpa de ese mismo trabajo donde se pierde el tiempo.

En los dos primeros relatos “niño-palta” y “Cosechar y comprar” hay una suerte de espejeo entre trabajos frustrados o que se encuentran en vías de desaparecer —por un lado un vendedor de paltas que con la escasez hídrica ya no venderá más y por otra, una vendedora de una tienda de departamentos que cerrará— en contraste con relaciones amorosas que no terminan de cuajar, porque parecieran ser parasitarias de esos mismos trabajos frustrados.

“En esos ítems ya no había espacio para la imaginación. Ya había visto a la empresa llegar con los bidones, ya sabía como se veía el técnico del aire. Y como ya no podía imaginárselo, porque ya sabía de que se trataban, entonces sucumbió al verdadero aburrimiento” (página 81)

“Una guinda en la guata” es, más que ningún otro relato, una representación de la monotonía de la vida de oficina, en que a pesar de conocer los nombres que tiene cada persona en virtud del trabajo que desarrolla, no nos enteramos realmente en qué gastan sus días, como si el trabajo perdiera su sentido, así esta serie de trabajadoras parece habitar en esa confusión de labores que están designadas por nombres que reflejarían una función que jamás vemos ejecutarse.

“La Comandante Tamara estudió aquí” es el relato más ajeno al mundo del trabajo, donde un grupo de amigas colegialas se entera que en su mismo colegio estudió la Comandante Tamara, por lo que hacen el amago de averiguar quién fue, aunque dicha búsqueda se diluye rápidamente ante la inminencia de un castigo.

“Dice que, para ser sincero, no ha tenido mucho tiempo para escribir. Que trabaja en el metro y que ha habido muchas diferencias entre empleados y empleadores. Que los cajeros de boletería, donde trabaja, son subcontratados, que la indumentaria para el personal de mantenimiento de las vías se rompe en una semana de trabajo y que ellos deben gastar de su sueldo para comprar trajes verdaderamente resistentes. Que los del sindicato ponen plata de sus bolsillos para elaborar los informes, para que queden bien redactados, fundamentados e impresos. Que su mente andaba bien ocupada, pero que estaba contento; por fin estas cosas se hablaban con soltura. Que só, que estaba contento, y agradecido de que lo hayan invitado” (página 71)

Hacia el final del volumen nos encontramos con los que probablemente son los mejores cuentos del conjunto: “El poeta subterráneo” y “Hora de almuerzo”.  En el primero de ellos una mujer que trabaja en una especie de fundación cultural, con auspiciadores no tan culturales, organiza una ronda de conversatorios que empiezan con un poeta. Pero el poeta no ha escrito ni parece querer hablar de literatura, sino que habla de las protestas en las calles, de su trabajo en el Metro, de las dificultades laborales, de cómo fallan los uniformes, cómo deben hacer colectas entre los trabajadores para poder suplir lo que la empresa debería entregarles. Es, se nos informa, incluso un hombre al que le falta una pierna o pie por un accidente del trabajo. Y que además lleva a su hija para que pueda vender sus libritos ahí en la charla. Es un trabajador, frente a unos micrófonos. Y al auspiciador, la gran empresa que ha pagado el espacio, no le gusta… porque seguramente quiere a un poeta en una torre de marfil, no a un trabajador. Es en este relato donde mejor se despliega el conflicto de las personas con el trabajo, cómo el trabajo repleta las vidas y cómo podemos ver sus falencias.

“Hora de almuerzo” sigue en esa misma tesitura. La protagonista es una trabajadora aparentemente asistente de contador. Llena y llena planillas Excel con gastos y números. Se ve sin fuerzas. Tiene una especie de estallido interior pero cuando reacciona, realmente no pasa nada, nada ha estallado. Ella debe seguir trabajando sin descanso, y su vida consigue transcurrir en otro tiempo, en su cabeza, en momentos nimios pero que a ella le resultan significativos, momentos alejados del trabajo, donde otras personas que también fueron principalmente trabajadores, parecieran haber podido zafar de esa condición permanente y desarrollar sus vidas en otras instancias, con otros afectos.

Una guinda en la guata es un volumen que, como casi toda primera publicación, tiene altibajos: cuentos que acaban abruptamente cuando pareciera que la historia recién comienza a armarse y todavía no se ha montado completamente, relatos a los que les falta demorarse un poco más en la construcción, como si la autora quisiera prontamente darlos por finiquitados para dejar sugerido algo que no está claro si está ahí realmente. Sin embargo, hacia el final Emilia Macchi hila un par de cuentos muy auspiciosos, en que el desarrollo psicológico de sus personajes principales sí se completa y con ello los relatos se arman por medio de las angustias y carencias de sus propios personajes, adquiriendo una profundidad que se hace latente y, al mismo tiempo, delicada. Una guinda en la guata deja una sensación agradable, ante la promesa justificada de que esta autora ha encontrado un camino por el que puede explorar y profundizar.

 

 

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