Hija Ilustre (Bernardita Olmedo)

Hija Ilustre (2022)

Bernardita Olmedo

La Pollera

ISBN 978-956-6087-68-7

101 páginas

 

Hija ilustre de Bernardita Olmedo es un texto que relata la experiencia tanto de haber crecido en un pequeño poblado del sur de Chile, como la de estar inserta en un territorio donde el despojo del pueblo mapuche se siente con una sordina que, la mayor parte del tiempo, consigue ignorarse impunemente por sus habitantes criollos.

La narradora relata su experiencia por medio de brevísimos textos, muchos de ellos de no más que un par de líneas, donde da cuenta tanto de las relaciones que se producían puertas adentro, así como de las formas de interactuar de los habitantes de esta pequeña sociedad, la misma que tiene como máximo estandarte a su más reconocida actriz: Malú Gatica Boisier.

En la mirada de la autora, si bien entre líneas se lee una cierta añoranza de un tiempo que ya no existe, no hay en ningún caso una preferencia por esa forma de vida que existió o existe hoy en las provincias. Por el contrario, la narradora es una mujer que dejó esa tierra, que siempre quiso irse, y que hoy la mira tal vez con algún grado de nostalgia por reconocer ahí un origen, pero no existe ningún asomo de idealización del espacio provincial.

“Quisiera decir que extraño cada rincón de este lugar. Que los rostros conocidos, las calles en que nadie se pierde, que esa historia épica me cruzan.

Quisiera presentarme como lo hacen mis amigos, hablar más de dónde vengo y menos de quién creo que soy.

Ser de provincia. Ser sureña. Ser de acá.

Pero siempre me quise ir” (página 9)

 

Hija Ilustre es un texto breve, muy atento al mundo interior de su narradora, que examina su vida provinciana desde la lejanía que proporciona la adultez, el abandono del lugar de origen, así como la (im)posibilidad de retornar al mismo. En este caso se trata de Purén. Si bien Hija Ilustre no pretende ser un texto de ficción, o no es presentado como tal por la editorial, entronca muy bien con otros textos también construidos tanto formal como discursivamente de manera similar. Pienso primero en el excelente El sur de Daniel Villalobos, otro texto escrito desde la adultez que revisa y revisita desde una especie de moral nueva la vida de la provincia. Daniel Villalobos también proclama muy pronto su “odio” hacia el sur (que luego matiza, por supuesto):

“Yo crecí odiando el sur. Había que odiarlo y todos lo hicimos. El chiste de mi generación era que nuestro arte marcial favorito era el Ai-ki-irse. Nos educaron para despreciar el lugar donde crecimos. Nos educaron para encontrarlo feo, chico, mezquino. Y sin embargo, cada vez que estoy perdido, vuelvo a él.” (El Sur Daniel Villalobos, ed. Los Libros que leo, 2012)

Antes de ese texto, podemos citar como antecedente la también excelente Camanchaca (2009, la Calabaza del Diablo) de Diego Zúñiga, libro que tiene ambos pies puestos en la ficción, pero que tal vez cabría incluir en aquellos que fueron llamados, y que se escribieron durante mucho tiempo, bajo el rótulo de la autoficción. Zúñiga, al igual que Olmedo, al igual que Villalobos, escribe su texto con estampas, de manera fragmentaria, como si toda la memoria fuera un conjunto de jirones (para usar el adjetivo al que muy bien hecha mano Patricio Pron en el ejemplar de Camanchaca que tengo a la vista).

La cita a estos dos textos es deliberada porque me parecen, con mucho, de lo mejor que se escribió en este estilo puntillista y alejado de los adjetivos. Es un estilo que, por allá en torno al 2010, servía además para establecer una declaración estilística y poética en contra de la llamada Nueva Narrativa, que parece ser su antítesis. En esos años, además de los que escojo para citar, aparecieron decenas de libros similares, con una factura que terminó repitiéndose hasta el agotamiento de los lectores. Fue una larga época del reinado de la frase cortísima y la puntuación apurada, de la que voces mucho más autorizadas también terminarían protestando: «Además del lenguaje está la puntuación, que es la respiración del texto. La gente que puntúa con frases muy cortas no comunica bien, son como esos pajaritos que hacen pasos cortitos. Un texto de frases cortas es más trabajoso para el lector, porque no hay un sujeto atrás; falta un narrador que hile mínimamente» es una de las frases que Liliana Villanueva recoge en Las clases de Hebe Uhuart, (pag. 54, ed. Blatt & Ríos 2018).

Me doy esta vuelta alejándome del texto en busca de otras referencias para apuntar a un problema propio a propósito de Hija ilustre, y que como es propio no cabe achacárselo al libro necesariamente. Y es que, sin lugar a dudas, Hija ilustre es un texto que se lee bien, con velocidad, que tiene imágenes valiosas y que retrata una vida en el sur con soltura y fluidez, al punto que hacen que un lector se mantenga interesado hasta el final del mismo y concluya su lectura con auténtico gusto. Pero habrá que prevenir al lector que hizo el tránsito hasta el agotamiento del formato intimista y breve que ya mencionamos, y respecto del que todavía se puede volver atrás a leer con gusto un par de libros (como los citados), pero donde el resto machacó hasta el cansancio cierta formula que Bernardita Olmedo repite —seguramente a sabiendas y, por ende, de forma deliberada—, para conseguir el efecto que este estilo puntillista provoca.

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