Prólogo de “La caverna de los murciélagos” de Pedro Sienna

 

Tras su publicación en 1924, para el público acostumbrado a la literatura criollista situada en el campo y sobre faenas campesinas, La Caverna de los Murciélagos fue una obra desconcertante, poco creíble, que torcía la lógica de la ficción. Este relato fantástico, la única novela de Pedro Sienna -quien principalmente escribía dramaturgia y poesía, además de su rol como actor y cineasta-, difumina los contornos de la realidad y, con humor, pretende derribar las certezas impuestas, además de los discursos tremendistas de un Chile inestable, que estaba a punto de caer en un golpe de Estado.

El narrador de la novela -también llamado Pedro Sienna- realiza un alegórico viaje hacia una caverna increíble. A través de sus encuentros con los Murciélagos que la habitan, explora el arte, a los artistas, sus obras y el pensamiento. Las tensiones políticas y los mecanismos de poder son parodiados por Momborotombo, jefe Supremo de los Murciélagos de Chile. Con una imaginación que desborda lo real y un sarcasmo que ilumina la oscuridad de la caverna, Sienna desarticula el realismo de su época anticipando lo realizado años después por Juan Emar.

Con ocasión de la reedición de La Caverna de los Murciélagos por La Pollera editores, queremos destacar este rescate editorial publicando el prólogo que Felipe Reyes escribió especialmente para esta novela, que les dejamos a continuación.

 

 

 

“Y AQUÍ ME TENEÍS DE NUEVO, CON UNA LÁMPARA ENCENDIDA, HURGANDO LOS RINCONES DE LA CAVERNA”

Por Felipe Reyes F.

 

 

 

«Cumplido ya este vergonzoso y penoso deber que dejo como dato importantísimo a mis futuros biógrafos –porque tengo fe en que la posteridad, cuando yo no sea más que un aburrido puñadito de polvo, ha de hacerme justicia plenamente–, sigamos adelante».

P.S.

 

 En 1914, la Sociedad de Artistas y Escritores de Chile, presidida por el poeta Manuel Magallanes Moure, convocó a los Juegos Florales: un concurso de «poesía, comedia y teatro» que retomaba el certamen homónimo realizado algunos años antes durante las celebraciones del Centenario. Durante los primeros años del siglo XX, la poesía nacional había sido tomada por voces renovadoras que, después de la muerte de Pedro Antonio González, reformulaban su legado modernista, proponiendo una lírica que exploraba las posibilidades del lenguaje como fundamento de una nueva visión del mundo. Voces como las de Víctor Domingo Silva, Carlos Mondaca, Juan Guzmán Cruchaga, Carlos Préndez Saldías, Ángel Cruchaga Santa María o Vicente Huidobro, anticipaban una centuria fértil y renovadora del oficio.

El 22 de diciembre de ese mismo año, según la nota publicada en la revista Zig-Zag, se realizó la ceremonia de premiación en el Teatro Santiago, en la calle Dieciocho esquina Alameda, «con brillo extraordinario y público escogido que llenaba todas las aposentadurías del Teatro Santiago. Las damas más bellas de la ciudad, tanto en el proscenio como en los palcos y platea, lucían trajes vaporosos y deslumbrantes». El jurado estaba encabezado por el presidente de la asociación organizadora, Magallanes Moure, el poeta Miguel Luis Rocuant y el crítico y ensayista Armando Donoso. Entre los finalistas de la «Flor Natural» –el premio mayor– estaba una plegaria poética a la Virgen María y unos oscuros e inquietantes sonetos, «Los sonetos de la muerte».

Las opiniones estaban divididas. Rocuant se inclinaba por la «plegaria» mariana. Donoso, advirtiendo la fuerza arrolladora de aquellos versos que eran toda una revelación, prefería «Los sonetos de la muerte».  Magallanes Moure decidió el fallo dando su voto a los sonetos. Al abrir los sobres, el autor de la plegaria a la Virgen María era el poeta Julio Munizaga, pero el ganador de la «Flor Natural», resultó ser una mujer: «Pronto quedó descifrado el enigma. Se trataba de una muchacha alta y desgarbada, que llevaba con optimismo y singular entereza sus veinticinco años. Se llamaba Lucila Godoy Alcayaga, pero desde hacía unos meses en la revista Norte y Sur y en el Diario Ilustrado publicaba uno que otro poema con el seudónimo de Gabriela Mistral», anotó Miguel Munizaga en la revista Familia, agregando que su aparición era «en un momento propicio, dado que en Chile no había poetisas». Una vez dados a conocer a los ganadores, ella observó la premiación escondida entre el público. Sus sonetos fueron leídos por el escritor Víctor Domingo Silva. El resto es historia conocida.

Pero ese no sería el único descubrimiento de aquella noche poética. Otro de los galardonados era un joven de veintiún años, descrito por la revista Familia como un muchacho «pálido, nervioso, invadido de la misma inquietud de sus versos sonoros» contenidos en su «Rogativas a mi corazón», los que escarban en la angustia amorosa. Su nombre era Pedro Sienna y compartía la pulsión literaria con el teatro. Subió seguro al escenario y, frente al asombro de la multitud, recitó sus versos con una voz vibrante que sacudió de emoción a los presentes: «Nadie te supo comprender;/ nadie sufrió con tu dolor:/ una mujer… y otra mujer/ siempre el engaño del amor».

En una entrevista para la desparecida revista En Viaje, Sienna declaró que escribía desde muy joven, pero que su participación en los Juegos Florales fue definitiva: «Ese pequeño triunfo me dio ánimos y seguí en la brega. Claro que si no me premian hubiera seguido escribiendo lo mismo».

Al año siguiente, Sienna publicó en Argentina su primer libro de sonetos, El tinglado de la farsa, pero un hecho inesperado torció definitivamente su destino. En una sobremesa nocturna, el actor español residente en Chile, Bernardo Jambrina, escuchó al joven poeta recitar algunos versos quedando gratamente impresionado por la fuerza de su interpretación y lo invitó a unirse a su compañía teatral. Sienna, en plena ebullición de una escritura temprana, agradeció la generosa propuesta, pero no volvió a pensar en esa posibilidad. La literatura copaba sus días y noches en las que, junto a otros poetas jóvenes, se reunían en la oficina del escritor Daniel de la Vega en el diario La Mañana en una suerte de taller en el que comentaban sus textos y discutían sobre sus lecturas.

En su escritorio, De la Vega tenía una réplica de un modelo de aeroplano –estilo hermanos Wright– que le había regalado un inventor, agradecido por la crónica que había escrito sobre el prototipo aéreo. Fascinado con el aparato, Sienna lo observaba, lo tomaba y lo volvía a dejar en su lugar, hacía comentarios sobre sus características. La fijación concluyó con la decisión del conmovido cronista de regalarle el aeroplano. Como agradecimiento, Sienna le aseguró a De la Vega que ese día, cuando terminara su trabajo, lo acompañaría hasta su casa, en la calle San Francisco. Avanzada ya la noche, los escritores salieron del diario con el avioncito al hombro, con delicadeza, conversando tranquilamente, hasta llegar a la segunda cuadra de San Francisco, cuando los sorprendió desde la vereda contraria el actor Jambrina que vociferaba un saludo mientras atravesaba la calle para lanzarle las preguntas que llevarían a Sienna de la poesía a la representación: «¿Pensaste en mi propuesta? ¿Te vas con nosotros o no?».

Sorprendido, el joven escritor pensó que se trataba de una broma, pero la compañía teatral iniciaba su gira al día siguiente y la respuesta debía ser inmediata. Sienna no vaciló un segundo y ahora aceptó la propuesta, le dio un abrazo a de la Vega, puso el aeroplano en sus manos y partió corriendo a su casa en la calle Lord Cochrane para preparar su maleta.

Aquel sería el comienzo de su extenso recorrido como actor, dramaturgo y director, impulsando junto a Enrique Báguena y Arturo Bührle la Primera Compañía Nacional dedicada a montar obras de autores chilenos con actores chilenos, contrarios al predominio español en el teatro nacional a comienzos de siglo. Pronto se convirtió en una de las primeras estrellas del cine mudo chileno por su participación en películas como El hombre de acero (1917) o Todo por la patria (1918); además de escribir y dirigir Los payasos se van (1921), El empuje de una raza (1922), Un grito en el mar (1924) y la mítica El húsar de la muerte (1925), en la que además encarnó a Manuel Rodríguez. Así se ganó el rótulo de figura señera del teatro y pionero del cine chileno. Pero, contrario a los cantos de sirena de la popularidad, finalmente decidió abandonar el naciente medio cinematográfico para dedicarse por entero a las expresiones en las que se sentía más a gusto: el teatro y la literatura.

 

 

DENTRO Y FUERA DE LA CAVERNA

 

En 1924, mientras los militares recurrían al «ruido de sables» anticipando el golpe de Estado de ese mismo año –el que terminaría con la República Parlamentaria y el inicio del proceso para la nueva Constitución de 1925–, Pedro Sienna continuaba su exploración expresiva y se aventuraba en la narrativa. Así nació La Caverna de los Murciélagos, su primera y única novela, relato fantástico que difumina los contornos de la realidad y en el que el humor pretende derribar toda certeza impuesta, todo discurso tremendista, en un país a punto del derrumbe; una comunidad sin rumbo, en la que, según escribe Sienna, «su optimismo no alcanza a redimirlos: soportan con paciencia mientras a pedazos se les cae la esperanza».

La alegoría de un lugar oscuro, agobiante, opresivo, una caverna «lóbrega y expontánea, de un bárbaro interés», al que se «llegaba por un callejón tortuoso sin un solo farol a una gruta sin plano, a un silo tremebundo, a una intrincada fábrica subterránea construida por el mismísimo ateniense hijo de Eupálamo. Y, no obstante, los Murciélagos campeaban a sus anchas en este laberinto, revoloteando satisfechos, lo que a mí me divertía extraordinariamente».

Con ese experimento narrativo bajo el brazo, buscó editor y lo llevó a la editorial Nascimento, que ya había publicado la edición chilena de su poemario El tinglado de la farsa (con portada también de su autoría). «Pero el autor propone y el editor dispone ―escribe Sienna―. Nascimiento, a quien llevé los originales, los encontró demasiado originales. “Es una lástima ―me dijo― esto no tiene salida; lo que se vende es la novela. ¿Por qué no aprovecha el asunto y me escribe un libro de plan uniforme y continuado, con desenlace, que podamos anunciar como novela?”». Así, con esos lineamientos del célebre editor, Sienna se dispuso a estructurar y completar su relato, como lo declara al inicio del libro en un texto confesional-programático que integra a la novela, el Capítulo Cero. Que trata de la misteriosa condición de estos murciélagos, con otras muchas cosas indignas de ser contadas; escribe: «¿Quién hubiera sido de alma tan dura para no transigir viendo que así se libraban de una condena cierta a cajón perpetuo estos inocentes Murciélagos, hijos aventureros de la noche inmensa? No pude conformarme. Y transigí. Y aquí me tenéis de nuevo, con una lámpara encendida, hurgando los rincones de la Caverna, rellenando, eslabonando, concatenando, calafateando, parchando, soldando, clavando grapas, atornillando bisagras, hasta dejar confeccionando aqueste libro que, ¡gracias a Dios!, fue del agrado de mi editor –¿será una mala recomendación?– y puede servir para muchos menesteres, incluso para ser leído».

Así comienza el estrambótico recorrido del narrador por esa caverna fantástica y sus habitantes, que en clave satírica parodia las tensiones políticas y los mecanismos del poder proyectados por «Momborotombo, jefe Supremo de los Murciélagos de Chile». Con una escritura precisa en la descripción, se construyen diálogos y escenas que desbordan una imaginación activa que tuerce y trenza los límites de lo real, el sarcasmo como una luz que ilumina la oscuridad de la caverna y que pone en duda toda convicción. Sienna desarticula el realismo a ultranza de su época con un sistema narrativo que anticipa lo realizado años después por Juan Emar.

Metáfora y memoria del tránsito del escritor y su tiempo, que brilla por un lenguaje culto que utiliza giros y vocablos del español antiguo, desplegando una prosa poética de ingeniosas metáforas, de evocaciones mitológicas a la cultura grecolatina sin obliterar a Oriente, alternando sin prejuicios la intertextualidad, con la que pone en escena una ácida parodia de las tensiones sociales de su época, las que se proyecta al presente con una tipología de tipos humanos en plena vigencia. El narrador, llamado también Pedro Sienna, se va encontrando con murciélagos conversadores que dialogan sobre artistas y obras o el pensamiento de filósofos, científicos, escritores y teólogos de todos los tiempos. «Mis Murciélagos, en especial los miembros de “The Bat’s Academy”, son filósofos y eruditos, y por lo tanto desconfiados. Tienen el alma mística y el cuero de satanaces; el hocico de rata voraz y el cerebro enfermo de literatura. Oh! son acaso excesivamente literarios, pero esto no lo pueden remediar. Ni yo tampoco».

Como en su escritura, Sienna escucha para comprender, para trazar su propio camino –como una declaración de principios–; escribe: «A fin de que se vea que no ando tan de a pie en la materia, y, porque me he tomado el trabajo de aprenderlos precisamente para darme después el gusto de contradecirlos. En este y en otros casos de mayor importancia me encanta marchar a contrapelo». Diálogos y encuentros que va alternando con pasajes de su propio desarrollo artístico, el oficio teatral, la bohemia de juventud, la pérdida de toda leyenda, como si sentara las bases del principio reformulado años después por el poeta Jorge Teillier: «El poeta es el guardián del mito y de la imagen hasta que lleguen tiempos mejores».

 

* * *

 

La Caverna de los Murciélagos desconcertó a los lectores y a la crítica de su tiempo por su cautivante rareza que torcía la lógica simétrica de la ficción local, un panorama dominado por la narrativa criollista de Blest Gana o Mariano Latorre, que entendían la literatura como un mero espejo de la realidad concreta (solo así podía transmitir una verdad y cumplir su función social, por lo que el escritor no debía embriagarse con el éter de la imaginación desbocada); así, no faltaron los que declararon que se trataba de una novela «poco creíble» para un público aficionado a las inofensivas novelas de la chilenidad naturalista, anclada al campo como espacio geográfico de pellejerías cotidianas y faenas campesinas narradas en brillantes zapatos de la urbe.

En cambio, Sienna se lanzó a explorar otro paisaje, el vasto territorio en el que la obra literaria no debía ser un mero testimonio de lo real o lo posible, sino un campo abierto para la escritura, el que ocupó con toda libertad junto a otros «libertarios de la forma» como el «Grupo de los Diez» o el Alsino de Pedro Prado, con elementos del simbolismo y rastros del modernismo de Rubén Darío. Ahí quizá radica parte de la apuesta y el riesgo de La Caverna de los Murciélagos, la que, a casi 100 años de su publicación, diluye la lógica de la novela como una secuencia de momentos que se suceden de forma determinada para lograr un efecto, sino un campo de posibilidades, tensiones e incluso contradicciones; interpelándonos contra la mimetización actual de la causa y efecto del frío algoritmo estilístico y comercial, legando una obra precursora, atesorada y preservada por curiosos lectores de esa copiosa colección de especies –postergada u omitida– que es la literatura chilena de la primera mitad del siglo XX.

 

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