Poesía viva (varios autores)

Poesía Viva (2022)

Varios autores

Pez Espiral

ISBN: 9789566158042

160 páginas

 

Por Christian Anwandter

 

El lugar de la cultura francesa en Chile sin duda ha cambiado. Mientras que las ideas ilustradas estuvieron casi prohibidas durante la Colonia, luego fueron centrales para el período de la Independencia. Desde entonces, a pesar de los llamados a la independencia literaria de Lastarria en 1842, la literatura francesa fue un modelo para la creación nacional. De alguna forma, Francia representaba un modelo distinto al español, que abría caminos que reforzaban una distancia con ese pasado con el que se quería romper. Lo francés se vinculaba a la posibilidad de una cultura propia. Durante mucho tiempo, fue el fantasma de una falsa autenticidad. Luego, dos fenómenos parecen incurrir en una progresiva marginación de la cultura francesa en el espacio literario en Chile. Por un lado, la creciente importancia que reciben otras literaturas: más países europeos, Estados Unidos, la misma literatura latinoamericana. Por otro, y sobre todo en la poesía, la aparición de autores cuya obra, en el contexto local mismo, comienzan a operar como referentes más relevantes que cualquier autor internacional. Tal vez el surrealismo fue el último momento en que la literatura francesa sirvió como ejemplo para reproducir una versión local similar. A medida que, desde los ochentas a los dos mil, avanzaba en Chile la cultura neoliberal y su capitalización de la vida, la letra francesa no parecía un valor intercambiable (salvo como teoría untada en el aceite de los engranajes académicos anglosajones).

Por eso me parece relevante el libro Poesía viva. Porque reanuda un diálogo intercultural en a través de un género que es probablemente el más afectado por la mercantilización de la industria del libro. Y es que, a pesar de su dinamismo y su radicalidad —muchas veces se piensan y proponen en este género cuestiones con una intensidad mayor a la de la narrativa, que con menos mérito tiene mayor difusión—, circula poco al interior de los distintos países, ni qué decir entre países latinoamericanos, y menos entre países lejanos geográficamente como Francia y Chile. Lo que se encuentra en librerías y bibliotecas suele ser aquello ya domesticado por las historias literarias. No tenemos acceso a lo que sucede poéticamente en otros países. Muchas veces, Internet puede cumplir ese rol cuando se indaga en una misma lengua. Pero la poesía tampoco se deja compartir virtualmente cuando hay otra lengua de por medio.

El valor de este libro radica en poder compartir escrituras, en habilitar un espacio común posible en que se reúnen mundos lejanos. Traducir es un acto de apertura. Cedemos la autoridad de la enunciación y nos ponemos a disposición de un otro cuya otredad además viene acentuada por la diferencia de lengua. El sentido mismo de la traducción tiene distintos niveles. Si bien escuchar y comentar lo que otro dice o escribe, incluso en una misma lengua, supone un ejercicio de escucha y traducción, en el caso de traducción entre lenguas se hacen manifiestas unas diferencias que por momentos parecen insalvables, y que sin embargo la traducción, como una misión diplomática imposible, consigue resolver. De ese encuentro con lo diferente, la traducción propone una versión capaz de circular en un espacio compartido. En este caso, poetas chilenos que conocen el francés —una lengua que ha perdido terreno en Chile en favor del inglés, sobre todo desde el fin de su obligatoriedad en la etapa escolar— traducen a poetas de lengua francesa, donde se vislumbran corrientes, realidades y problemas diversos. El gesto de publicar un libro de poesía francesa traducida en una edición bilingüe es un gesto de resistencia en un país que, más que valorar la diversidad lingüística, tiende a neutralizarla en favor del español o bien, en un acto que tiene más bien la apariencia de una subordinación económica que un verdadero interés en lo que una lengua implica, muestra una falsa apertura hacia el inglés. En Chile predomina una visión utilitaria y no cultural de la experiencia de la diversidad lingüística, lo que seguramente explica la lentitud con la cual el ejercicio literario de la traducción ha ido adquiririendo relevancia en el mercado editorial local. Este libro responde a un momento de cambio en este sentido. Cada vez son más las traducciones publicadas en Chile, y cada vez es mayor el apoyo a proyectos de traducción.

En el libro, se cruzan distintos tipos de poesía. También por parte de los poetas chilenos no hay una pertenencia a alguna corriente en particular: lo común entre todos es la relación, de mayor o menor cercanía, con la lengua francesa. Pero, ciertamente, hay convergencias también. Y los distintos poetas dan cuenta también de una distancia con respecto a amarres o relatos nacionalistas. En la muestra de Laurent Albarracin, traducido por Marcela Saldaño, vemos, además de un poema largo que nos puede recordar a Lobos y ovejas de Manuel Silva Acevedo (traducido y publicado en Francia en 2020), el uso del haikú. Una forma de interculturalidad que se cuela en este libro de cruces inesperados. En Jean D’Amérique, poeta nacido en Haití traducido por Amanda Olivares, nos encontramos con una dicción más hermética que recuerda por momentos a Aimé Césaire y una consideración por el lugar del poeta en relación con la lengua que parece volver sobre posiciones que en Chile, desde Parra, tendieron a dar paso a una desmitificación de la figura del poeta. Souad Labbize, en cambio, nacida en Argelia y traducida por Pablo Fante, plantea en sus poemas la realidad de la migración, la cuestión de la democracia en países islámicos, junto con una exploración de la intimidad. Pierre Vinclair, traducido por Catherina Campillay, muestra un interés por espacios artificiales que intervienen en la naturaleza, cruzando estas reflexiones con otras más metapoéticas. Fabienne Yvert, en tanto, traducida por Fernando Pérez, abandona el formato del verso y reproduce una escritura que se cuestiona sobre la utilidad de la escritura, al mismo tiempo que remite a la experiencia de aprender el alfabeto árabe y a Raymond Queneau. Del conjunto de estos poetas, me quedan resonando estos versos de Labbize:

«se dirán que antaño una extranjera
las escribió para otra extranjera
antes o después
del naufragio de la gran primavera» (69)

Tal vez, en tiempos de búsqueda de nuevas formas de relacionarnos como comunidad y con el medio ambiente, estos textos dan cuenta de la relación entre extranjeros en que se ha convertido el mundo contemporáneo, donde la incertidumbre sobre el futuro nos hace preguntarnos muchas veces también sobre el valor del pasado.

Tuve el privilegio de traducir a Perrine Le Querrec. La experiencia me enseñó un tipo de conocimiento particular. De alguna forma, no solo se indaga en los efectos que producen las palabras, sino que también se revive, en parte, aquello que animó a la escritura en un comienzo. Se intenta, de alguna forma, considerar lo que está detrás de los distintos gestos efectuados por un poema. Se intenta capturar, en una lengua apenas entendible, ese espacio vivo desde donde puede nacer el impulso hacia los distintos poemas. En este caso, hablaban muy concretamente desde la experiencia de ser mujer. Un tipo de poesía que, desde la sensibilidad, da una lucha por la palabra que permita dar cuenta de la violencia experimentada por el hecho de ser mujer, y donde la belleza del lenguaje es indisociable de la exposición de esa violencia. Además, en Le Querrec resuenan las palabras de otros, ya que es central en su trabajo el escuchar. En sus textos también hay un trabajo previo de traducción, de acoger la palabra de otra e intentar darle una voz que le haga justicia a su experiencia.

Hay un aprendizaje que viene con la traducción en diversos niveles. Es injusta la idea de un traductor traidor. La verdadera traición es la del monolingüismo, y este libro viene a cuidarnos las espaldas.

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