De memoria profana (Aurélia Lassaque)

Aurélia Lassaque (1983)

De memoria profana (2019)

Libros del Pez Espiral

142 páginas

 

Hay fuego y mujeres en la memoria

 

De memoria profana (2019) es el título del libro de la poeta francesa Aurélia Lassaque, libro que combina dos poemarios: Para que canten las salamandras (2013) y En busca de un rostro (2017). Publicado por Pez Espiral y traducido por Pablo Fante, el libro es una invitación a hacer un recorrido y entrar en la atmósfera mítica que Aurélia propone.

Fuego. Una llama. Si tuviese que elegir qué elemento de la naturaleza es la memoria, diría eso: fuego, una llama. Nos hemos acostumbrado últimamente al fuego. Lo vemos en la calle, lo vemos en la gente que se junta casi todos los días en Plaza Dignidad. “El fuego desgarra los corpiños” (35), dice un verso de Aurélia y sí, sí que los desgarra. Ese podría ser un primer estado de las cosas: desgarrar.

El segundo estado tiene que ver con la contemplación. El fuego con sus llamas está ahí; alguien parado mirándolo de frente, se detiene para observarlo. “La gran hoguera está fascinada/ por sus propios reflejos /en el juego de las pieles mezcladas” (40), dicen otros versos de Aurélia. Dudo que exista tan solo una persona en el mundo entero, que no haya quedado pasmada por la imagen de miles de llamas en movimiento. Y no solo es el movimiento, sino también el color. Porque ¿dónde vemos un naranjo más vibrante?

Como al estar frente al fuego, es que leemos los poemas en De memoria profana. Hay algo ritualesco que aparece una y otra vez; hogueras, bailes, cantos, algo que está a punto de ser sacrificado. Mujeres que siempre aparecen frente al fuego, y de no ser así, las imaginamos casi por intuición. Y nunca las imaginamos solas, siempre hay más de una porque, de alguna u otra manera, crean un intercambio colectivo entre ellas y los otros.

El arquetipo típico de la madre es la Virgen María: inmaculada, parió, apoyó y acompañó a su hijo por el camino de la muerte. Pero otro arquetipo de madre podría ser también Santa Gema: murió joven, alucinó con Jesús, creyó enviarle cartas con ángeles y fue poseída por el diablo. Alguien mira las llamas, soporta el calor y ve aparecer el tercer estado de las cosas: el cuerpo del movimiento. “Con los brazos hundidos en la arena, ella cava (…) / Ella no necesita escuchar sus plegarias para saber de qué están hechos los sueños de Ulises. / Entonces cava como un animal enfurecido por la tormenta” (73). El fuego aparece, el cuerpo de las mujeres cava; todo se quiebra.

Si la memoria fuera un elemento, sería el fuego. El fuego tiene cuerpo en movimiento y las mujeres en el libro de Aurélia también. Distinto es el acontecer de los hombres: “Tomó la leche de su madre/ comió la carne de su mujer /quemó el cerebro de sus hijos/ pero no entiende su soledad” (52). Atrapados en una racionalidad claustrofóbica, los hombres en este poemario más que cuerpo, solo son decisiones. O mito. Lo vemos en el Ulises que dialoga con esta versión de Penélope, que no tiene problema en decir “Ulises/ tu/ nombre/ es/ una/ blasfemia” (122).

Desgarrar. Contemplar. Mover. Insisto: si tuviese que elegir qué elemento de la naturaleza es la memoria, repetiría lo mismo una y otra vez. Fuego, una llama. Y mujeres en movimiento.

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