El hombre del Cartel (María José Ferrada)

El hombre del Cartel(2021)

María José Ferrada

Editorial Alquimia

ISBN 978-956-9974-77-9

154 páginas

 

Lxs niñxs sabiondxs

Desde hace años las novelas funcionan como la “novedad editorial”. Estar constantemente publicando para vender mes a mes la última primicia. Pretensiones e historias forzadas, rodeadas de clichés y lugares comunes relacionados a la contingencia. El problema no es vender, sino vender algo como bueno. Un libro como El hombre del cartel da un paso al lado de esa tendencia y propone la construcción del lenguaje en la voz de un niño aparentemente sabio. El texto comienza contando cuando ve a su tío subir a vivir junto a un cartel de Coca-Cola. 

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El niño que habla es Miguel, sobrino de un tal Ramón. Ramón sube a vivir a un cartel de Coca-Cola que ilumina la fachada de las viviendas sociales. A Ramón le pagan lo mismo que en la empresa de PVC y se queda con el cartel. Hay focos gigantes que deben ser protegidos y le permiten vivir en soledad, así que coloca un sistema de polea. Miguel vive con su madre que rompe platos, llora de vez en cuando y es rígida como una piedra. Es vecino de su tía. Él es criado por esas dos mujeres. Suele escuchar algo escondido los problemas que los rodean. Ese niño construye un mundo, una forma de mirar. Porque la voz narrativa de Miguel se metaforiza. Hay más detalles sobre el aspecto social de la obra. Como las fogatas, guardias, robos hormigas y supermercados. Por ejemplo, los matones de siempre ya no son la policía, ni guardias sino el miedo. El miedo a un tipo de pobreza, esa pobreza que se toma los terrenos y esa pobreza que quiere un espacio en la falsa ilusión de clase. La novela teje muchas interpretaciones, porque no hay preocupación de qué contar. Ferrada se preocupa de cómo contarlo. Y sabe cómo contarlo.  

La obra de Ferrada es pensar en su literatura de infancia. Sus poemas en Niños (Grafito, 2014) y en Cuando fuiste nube (FCE, 2018) son comparables a esos poemarios que se publican por otros autores en grandes cantidades —sin la etiqueta de literatura infantil— sobre árboles, plantas, la mamá, pájaros y el tema que esté de moda en Ñuñoa y Providencia. Esa idea añeja de pensar a la literatura dividida en grupos etarios es cuestionada y superada en esta novela. Va más allá de la paternalista visión que habita la literatura infantil. En Ferrada lxs niñxs son sabixs y pueden estar tristes. No son una construcción idílica de empoderamiento ni mucho menos de carreras inexistentes de grandes triunfos para aprender algo al final del día sobre la felicidad y la tonta superación.  Lxs niñxs de Ferrada son dueños del lenguaje y creadores de la metáfora, creadores de sus propias palabras, que muchas veces son tristes, donde habita el abandono y en otras solo un golpe de realidad.  

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El pueblito en El hombre del cartel no responde a la idea de provincia barata ni a la sopa de papas que sale en cada película de cine cuico, que habla de viviendas despellejadas y rotas en alguna localidad desértica donde se habla poco y se barre la vereda. Al contrario, acá no se viene a llorar la provincia, acá se viene a mostrar y de una forma dura y poderosa: sin nombrarla incluso. No es reivindicativo. Pero ese gesto es mucho más reivindicativo que los que endiosan su “descentralismo escritural”. En este lugar no funciona la nostalgia de un pueblo perdido en el sur, sino que es la complejidad de ese pueblo convertida en algo cercano  a la poesía de pueblos nostálgicos, los laristas por excelencia, esas provincias abandonadas que hablan de una pasado mejor, como los que poetiza Teiller y Rolando Cárdenas en una búsqueda constante de un pasado. Pero acá hay otra interpretación de ese abandono, incluido en los personajes. Nuevos lugares donde habita lo anterior convertidos en lugares nuevos, una nueva forma de mirar ese territorio. Reinterpretar esos lugares para que suenen más fuerte, sobre todo a la construcción de la violencia que presenta la novela, una violencia que en nombre del vivir en tranquilidad crea mecanismos corrosivos en sus personajes. 

En la novela hay hábitos. El niño rompe con esos hábitos cuando narra. Porque al expresar Miguel interpreta. La novela nos habla de muchas cosas a la vez. Incluso los detalles son pocos, no es lo mismo detallar que ser nimio. La simpleza en El hombre del cartel radica en la forma. Una novela con la precisión de los haikus. Que va constituyéndose con diversos tintes de humor en algo cada vez más violento. Una triste historia de aceptación más que de adulación. Esa forma de presentar la violencia es donde radica la inteligencia de la novela. “Había una parte del amor, poco valorada, que tenia que ver con dejar al otro seguir su camino. Lo había comprendido Paulina, lo había comprendido Ramón y ahora era mi turno. Así que terminé de secarme el llanto, la abrace y entré a mi casa.”(119)       

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En definitiva, hay una novela única, escrita delicadamente, que tiene más de una interpretación y formas de convertir y tratar el lenguaje como si fuera un juego. Una novela sin pretensiones, pero con diversas interpretaciones. Al final, El hombre del cartel podría ser una imagen del capitalismo tardío. Esa corrida de viviendas sociales odiando lo distinto podría ser una metáfora del miedo a la pobreza. El país echando a los “sin casa”, que es acaso otra mirada de los chaqueta amarilla que soltó la Revuelta social, donde vecinos con palos y armas blancas protegían supermercados de un fantasma. Esos fascismos repentinos que parecen ahogarnos en un país que en todas sus estructuras es violentado para ver al otro —al distinto— como un enemigo. Esas estructuras que crearon los adultos y lxs niñxs las sufren. Esos niños que aún así tienen el valor de interpretar el mundo y convertirlo en una corrida de juegos en la escalera meada de alguna población, periferia o cualquier lugar. Bueno, estas ideas al hilo no tienen que ver quizás con el libro. Pero justamente es la potencia del libro. Cuando todos están diciendo las mismas cosas, María José Ferrada pregunta. 

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