La oficina del agua (Simón Ergas)

La oficina del agua (2021)

Simón Ergas (1983)

Alquimia ediciones

ISBN: 978-956-9974-87-8

195 páginas

 

En La oficina del agua, de Simón Ergas, nos enfrentamos a un futuro distópico, pero que, como toda buena distopía, resulta inquietante por lo cercano y posible. En esta versión del futuro, la escasez de agua llega a un punto tan crítico que su uso se ha restringido y regulado hasta los niveles más extremos, donde se hace imposible su uso para nada que no sea para asegurar la subsistencia, como lavar la ropa, tomar un baño o incluso llorar.

“Queda indiscutiblemente prohibido adquirir, adoptar, recoger o salvar a un animal para darle una existencia doméstica. Son muchos los que beben agua y vamos a priorizar las formas de vida que nos dan algo a cambio, como leche o carne” (pág.98)

Junto a lo anterior, que no es más que el contexto en que se desarrolla la historia, tenemos el hilo principal del relato: el sujeto de deuda A. Prieto —o seudor A. Prieto—, apremiado por su madre que ha viajado desde el campo para verlo, asiste a la Oficina del Agua a estampar un reclamo por la falta de líquido que hay en las cañerías de su vivienda, especialmente en contraste con la disponibilidad de este recurso que aprecia en un vecino de uno de los pisos inferiores, que se ve fresco, con su piel humectada y no descascarándose y enrojecida como el resto de la gente, quien además —está seguro— tiene plantas y agua por montón. Está seguro, además, de que él es el culpable de la falta de agua para los demás habitantes del edificio. Aunque muy pronto en el libro nos enteraremos que la falta de agua no es solo del departamento sino que al menos de todo el país, y que los únicos que tienen agua son los productores de paltas, que han ido comprando los terrenos desecados a mejores precios y plantado más y más paltas, aprovechando que ellos sí tienen derechos de aprovechamientos de aguas.

“Efectivamente el mundo estaba al revés: árboles frutales tenían agua de beber y no las personas que los cosechaban. Diez años atrás el seudor A. Prieto, entonces Abel, vio irse el río y modificó sus costumbres y necesidades corporales. Al igual que su papá-tata, siempre dio por climáticas cada una de las calamidades que había enfrentado. Con tal de seguir adelante sin cambiar, podía olvidar las compuertas que desviaban el cauce del río y todos los drenajes ilegales que él mimo, con nueve años, descubría entre las matas que ocultaban los canales” (página 93)

Decíamos, el argumento del libro se desarrolla en la lucha del protagonista al enfrentarse con la Oficina del agua, donde pretende hacer una reclamación que mejore su situación. Esta oficina es un lugar ultra tecnológico, que se jacta de haber puesto fin a las colas gracias a un sistema que recurre al chip que poseen todas las personas —todos los ahora llamados sujetos de deuda— en su mano, con la que puede leer su información y adelantarse a sus requerimientos y así, al mismo tiempo, conducirlos por un sistema de luces a la ventanilla donde serán atendidos. Pero el seudor A. Prieto los meterá en un problema, lo que él quiere es hacer un reclamo contra el sistema, un sistema que se pretende perfecto y que no admite reclamos. El hombre, el seudor A. Prieto, ante este inefable sistema que vuelve cualquier actuación inútil y aparentemente carente de sentido recuerda de manera muy directa a la obra Kafkiana, en el que el hombre figura como un ser ínfimo ante algo no solo superior, sino que incomprensible. Pero donde Ergas se despega de ese referente es que construye una crítica social al sistema todo por el saqueo del agua, por el robo de esta en manos de unos pocos; donde el autor praguense se vierte hacia el interior de su propia comprensión del alma humana, volviéndose más y más cerrado y comprimido en su relato, dejando una sensación de opresión tal vez como la de pocos autores, Ergas hace el ejercicio contrario: toma vuelo, se vuelve onírico y humorístico por partes iguales, deja escapar la fantasía y hace vagar a su personaje por el submundo de la Oficina del agua, que lo llevará a descubrir y desatar el nudo de cómo funciona la trama oculta de la pérdida del agua. Esta parte del viaje por el submundo de la Oficina del agua es quizás la parte menos lograda del relato, porque se extiende innecesariamente al punto de que rebaja la atmósfera claustrofóbica y especialmente verosímil que ya tan bien había construido en la fracción anterior. En esa verosimilitud es, por supuesto, donde está lo escalofriante de un relato distópico como este. Sin embargo, se trata de un bemol menor ante el cúmulo de aciertos de una novela de este calado.

La Oficina del agua es una novela curiosa, novedosa, que juega con los riesgos latentes que enfrentamos en el presente y que desde ahí, de forma inteligente, despliega una narración contra la pesadilla burocrática, contra el cúmulo obtuso de papeles y requerimientos, de vueltas y desesperanzas que provoca un sistema como este y que, además, está directamente entroncado con la idea de la crisis hídrica que ya enfrentamos. Simón Ergas resulta exitoso en su novela distópica, reconstruyendo la opresión pesadillesca de la burocracia que existe únicamente para mantener alejadas a las personas comunes y corrientes de las esferas del poder, y de volver a cualquier esfuerzo humano en inútil ante los vericuetos y barreras que aquellos poderosos han construido en torno suyo para asegurarse que nada cambie.

 

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