Viajar en climas cálidos (Jesús Amalio Lugo)

Viajar en climas cálidos (2023)

Jesús Amalio Lugo (1992)

Provincianos editores

ISBN: 978-956-6127-31-4

148 páginas

 

Viajar en climas cálidos es un conjunto de relatos que toca temas como la migración, la extrañeza o desarraigo producido en los lugares que antes eran propios, e incluso el extrañamiento que producen los grupos familiares; los mismos que deberían ser los primeros espacios de resguardo. Jesús Amalio Lugo, no está demás aclararlo, es un venezolano avecindado en Chile, lo que no solo salta a la vista en sus temáticas sino que también cada vez que sus personajes hablan o cuando sus narradores echan mano de un tono coloquial el que, al menos leído desde Chile, resulta muy bien logrado.

En “Viajar en climas cálidos” el cuento que abre la antología y da nombre al volumen, una pareja emigra desde Venezuela a Chile ante una oportunidad laboral. En el relato presenciamos parte del trayecto mientras, en paralelo, oímos la historia que cuenta la muchacha sobre unos extraterrestres que llegan a la tierra —migrantes también, a su modo— para llevarse a la mejor especie del planeta. La migración de la pareja, que debería estar repleta de esperanzas de un nuevo porvenir, pronto da un giro que destruye las expectativas de la muchacha al hacerle ver que su compañero no le ha revelado sus verdaderos motivos del viaje.

La idea del viaje, de abandono y decepción ronda igualmente en “Carne de burro”, en la que podemos ver cómo su protagonista sobrevive a un país destruido por la miseria y política vendiendo carne de burro. La extrañeza penetra en este relato por medio de unos “agujeros de gusano” que aparecen en distintos lugares de la ciudad; una suerte de hoyos negros que tragan la materia que entra en ellos y que nadie sabe adónde llevan, o si es que llevan a algún lugar. Lo curioso del relato es que, a pesar de la aparición de esos agujeros de gusano, la vida en Venezuela sigue tal cual, o a pesar incluso de que regularmente se arrojan a ellos, desolados, decenas de venezolanos, solo para desaparecer.

“Les dicen agujeros de gusano, pero no hay base científica, nada. Ni teoría que lo respalde. Es un bautizo político, sabes que aquí se les cambian los nombres a las cosas, como una manera de  solucionarlas, sin mucho éxito, te digo.” (página 68)

“Carne de burro” es, probablemente, el relato en que mejor ingresa la extrañeza y fantasía al aparente realismo del relato, con un claro parangón entre la situación político-social existente en Venezuela y los agujeros de gusano, esos grandes portales que se tragan a los que no soportan la miseria del país y que, a pesar de estar ahí, a la vista de todos, la vida sigue como si nada, como mejor puede, mientras el absurdo campea. El viaje, en este relato, no es un desplazamiento, sino que un desaparecimiento. Un irse, un no-estar más.

En “En el aire como la sal” dos hermanos encuentran piezas metálicas de cuerpos cercenados, aparentemente arrojados por el mar, reproducciones humanas que los engañan en un primer momento. Las venden como chatarra para poder costear la vida en un país donde ya ni el dinero circula: tanto es el abandono y la desaparición del Estado. En aquel país empobrecido, donde la gente se paga con especies o comida, que alguien pueda poseer un trozo de fierro para vender, y así tener para pasar algunos días, es un gran hallazgo. Pero no todos los hallazgos son felices.

“Primero busqué a El Chato, que, boquiabierto, intentó quitarme la cabeza. Me ofreció plata, suficiente para estar un mes tranquilos. Pero había algo en sus ojos que no me gustaba. Dámelo, pedía casi a súplicas, yo lo cuido. Pero su tono condescendiente me chocaba. Decidí no vendérselo ni dárselo. Nada más corrí. Varios niños en la plaza, que me vieron sentado con la cabeza entre las piernas, también quisieron tenerla. Uno incluso llegó a arrebatármela y fue necesario quitársela a puño limpio. Cuando tomé de regreso la cabeza, con las manos adoloridas, noté que tres niños más se estaban agrupando para someterme.  “ (página 90)

Y por irrazonable que parezca, la intromisión de lo desconcertante no produce, necesariamente, desconcierto en sus personajes. Una y otra vez los personajes de Jesús Amalio Lugo se adaptan perfectamente y con facilidad a lo ominoso, ese terreno donde lo familiar se entronca con lo extraño, con lo absurdo, y lo convierten en su nueva realidad, como si la aceptación, aunque dolorosa, resultara simple de tragar.

“Últimamente en el pueblo a todos nos falta algo, y de seguro a usted también, solo que esta cabeza no es, aunque parezca” (página 91)

“A la medida de lo posible” responde a un mecanismo similar. La migración venezolana en Chile y una adaptación imposible en términos sociales, a la que hay que sumarle el ingreso de lo fantástico, de lo desconcertante, pero que de una manera u otra se acepta y naturaliza.

Finalmente, tal vez sin el elemento fantástico, “Animales actores” reitera la pulsión. La agresión  y la violencia son naturalizadas, esta vez por niños: los protagonistas, sus vecinos. También, por supuesto, por los adultos. Se reproduce y acepta. Nadie se salva. Como si así nomás fuera el mundo.

Viajar en climas cálidos es un conjunto de cuentos con muchos más altos que bajos, que mantiene una coherencia temática de principio a fin y que, por ende, posee una cohesión que cualquier lector agradecerá. Tiene el bemol, hay que decirlo, de que tiende a repetirse un mismo mecanismo de resolución de sus historias, que es la deriva hacia lo fantástico que aparece tarde o temprano, al punto que llega a volverse anticipable por el lector. Con todo, una publicación como resulta doblemente valiosa, al tratar sin imposturas ni vacilaciones el tema de la migración, llevándola al terreno de la ficción, en manos de un migrante Venezolano, que provee de voz a un grupo social al que no necesariamente tenemos acceso. Sus cuentos muestran lo absurdo de una forma de vida, bajo una anomalía política y social que tiene a sus habitantes en un escape constante y, sin embargo, con mucho tino el autor en ningún momento se convierte en un cronista de la desgracia, y esa es su principal virtud.

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