Enrique Winter: “Mi generación fue criada para el éxito y la literatura interpela desde la vereda opuesta”

Fotografía: Constanza Jarpa Luco
Fotografía: Constanza Jarpa Luco

Sobre nosotros callaremos, la más reciente publicación de Enrique Winter (1982), editada por Provincianos Editores a fines de 2021, es una novela curiosa desde su portada, en la que se omite toda información sobre su autor, resguardando un silencio familiar que se quiebra en el interior de sus páginas, en el que se expone un relato de migración y extravío, de pérdida y olvido. Es un viaje hacia el pasado, hacia las raíces, hacia la búsqueda de lo propio, que empieza en el lenguaje y en la sintaxis del texto, que a ratos imita el habla ajena de la migración que constituye ese nosotros al que alude la portada. Con la excusa de este lanzamiento, es que aprovechamos de entrevistar a Enrique.

 

Sobre nosotros callaremos es una historia familiar en que el lector puede adivinar que hay mucho de biográfico, sin embargo, como en cualquier relato personal se cuela la subjetividad y el punto de vista del narrador. Pensando en esa subjetividad, junto a la intimidad de las circunstancias familiares que cuentas en el libro, ¿cómo crees que sea leída por tus más cercanos, aquellos que puedan tal vez reconocerse en Sobre nosotros callaremos?

Mi padre es el único sobreviviente. Él mismo me enseñó a escribir sin miedo y está agradecido –algo asombroso para quien lea la acusación en las primeras páginas– porque apenas sabía de su familia, partiendo por quienes lo criaron. Oír de pronto hasta las voces de sus tatarabuelos le ha aligerado el corazón para cuando Osiris, en mucho tiempo más, lo compare con una pluma en la balanza de los muertos.

Los demás somos personajes secundarios, casi anecdóticos, y me sonríen quienes se han leído. En cuanto al narrador, me robó la subjetividad. Echo de menos reconocerme a diario como lo hacía con él, que ni siquiera tiene nombre.

 

Entiendo que esta historia, en su origen, parte desde el personaje que es Krystyna Modzelewska, como matriz familiar y gran acumuladora de objetos inútiles. Más allá de lo encantadora que puede llegar a ser como disparador, ¿cuál es la pulsión que finalmente te decide a contar esta historia familiar, la que te sienta a escribir el relato de al menos tres generaciones de personas, con el trabajo que podías intuir que eso significaría?

Imagínate dentro de una familia que crees normal como cualquier otra –aunque todas las familias sean raras a su manera– y un día te enteras por la policía que tu abuela vive en la basura. ¿Cómo puede ser?, me pregunté años antes de recordar que yo había visto esas condiciones e incluso las había narrado en mi novela anterior. La casa abandonada a los perros ¡era la suya! Pero, claro, la mejor manera de ocultar a una persona es ponerla delante de los ojos y yo a Krystyna la había bloqueado, quizás por lo mucho que nos parecíamos.

Hoy las personas se buscan en las constelaciones familiares, en las pruebas genealógicas, en las políticas de la diferencia y también en la narrativa (si la protagoniza el autor y escribe cortito). Yo no hice ninguna, pero el trauma transgeneracional es cosa seria. Pasé de no saber nada a saber demasiado. El resultado me enorgullece y me avergüenza, naturalmente, porque yo solo buscaba entender a Krystyna y a Enrique, pero el abuelo repetía que es más fácil tragarse un saco de sal que conocer a un hombre y luego los demás ancestros se pusieron a cantar como August Hanelt —cuyos oficios me esperaban en una tumba abandonada a la salida de Ozorków en Polonia— y ya no había cómo callar las máquinas que ellos mismos fabricaban.

 

¿Cómo fue el trabajo de reconstrucción biográfico? ¿Entrevistabas a los involucrados? ¿Sabían que querías escribir sobre ellos?, ¿cómo reaccionaban cuando querías preguntar temas que podían resultar sensibles?

Otoño, la primera de las cuatro secciones, narra una visita a Krystyna en el asilo, le decía que escribiría sobre ella y le gustaba. La grabadora escondida nos concentraba en el cariño y por momentos la escritura se pareció a ese juego, a los deseos desplegados y vueltos a replegar en el diálogo. Ella empezaba a olvidar lo que me contaba porque los recuerdos nos vuelven locos. Para cuando ya no me reconoció, en vez de deprimirme sentí un amor de otra especie, había alcanzado a juntar las hebras necesarias para tejer su vida.

Los temas sensibles se los traía yo de vuelta, con las personas y los lugares solo esbozados en su relato, acompañados ahora de conjeturas, música y fotos. Ella se emocionaba abriendo nuevos capítulos. Para Enrique lo sensible era que su militancia política pudiera afectar mi futuro, pero eso no limitaba sus respuestas; por el contrario, fui admirando su participación en la Unidad Popular como la de Krystyna en el levantamiento de Varsovia.

La mayor parte de la información la conseguí en los archivos de las municipalidades y parroquias polacas, yendo a los pueblos marcados en el pasaporte de los ancestros emitido por los nazis, reuniéndome con parientes lejanos que ubiqué. Esto no aparece porque me interesa la plasticidad del lenguaje en cada una de las voces y despertar con ellas los sentidos más que rendir cuenta de mi trabajo. El único viaje que narro está al principio, justamente para contrastar mi levedad con la hondura de las historias encontradas.

 

El libro está acompañado con una serie de imágenes que complementan el texto. No puedo menos que imaginarte abriendo cajas viejas de donde salían algunos tesoros y mucho polvo, que retratan parte de la historia familiar y que exigían una historia que los pudiera explicar, tanto en su materialidad como en por qué era importante que documentos que viajaron continentes y tienen en algún caso más de cien años terminaran siendo rescatados en este libro. ¿Qué valor les das a esas imágenes? ¿Piensas, como autor, que Sobre nosotros callaremos habría funcionado de la misma manera si no tuviera esas imágenes?

Gracias por verme así, pero la verdad es que no existieron esas cajas. Mis padres y los fumigadores botaron lo que atesoraba Krystyna cuando la llevaron al asilo. Enrique vive en un pequeño departamento sin más recuerdos que un par de álbumes. No los incluí ni propongo rostros distintos a los que puedas imaginar leyendo la novela. Quizás no la habría escrito si hubieran existido esas cajas porque me atrapó la búsqueda hacia lo desconocido, detonada por la ausencia de pistas, y las imágenes aparecen en Sobre nosotros callaremos a medida que las encontré, como documentos que registran la posibilidad de unas vidas ajenas. Las pienso como parte de la prosa y así fueron diagramadas por Andrés Urzúa: refuerzan o rebaten lo que el narrador va contando.

 

Teniendo en cuenta tu propia historia familiar, ¿qué piensas tanto de la migración que se da hoy en Chile, como la forma en la que se aborda, y especialmente la manera en que la literatura la está afrontando?

Creo que la migración es el tema pendiente de la literatura en Chile. Somos mestizos desde siempre y los discursos, aun cambiando de trinchera, continúan en una lógica escalofriante de pureza racial. La literatura genera identificación uno a uno, nos saca de los lugares comunes de la generalización y nos hace conscientes también de cuan móviles son las conductas admisibles. Bienvenidas migrantes, bienvenidos a salvarnos de nosotros mismos.

 

¿Recuerdas tu primera publicación, cuáles eran tus expectativas, cómo circuló y las sensaciones que te produjo y que te quedan ahora, viéndola a distancia, después de la publicación de un libro de la ambición y envergadura de Sobre nosotros callaremos?

Este libro empecé a escribirlo por oído, a partir de la sintaxis quebrada de Krystyna y sin tener idea adónde me llevaría, tal como cada uno de los anteriores. El próximo año se cumplirán dos décadas ya de Atar las naves, mi primer libro de poemas, y cada tanto recuerdo algunas imágenes o ritmos. Pero, ya sabes, la memoria es menos dada a la verdad que a complacernos momentáneamente.

Es bella la porfía de seguir escribiendo y publicando, me aferro a la reflexión cuando el mundo más pareciera agredirla. Doblarle la mano al sistema empieza por casa. Allí donde una pastilla evita el dolor, prefiero escribirlo, mostrar las causas más que los síntomas. Mi generación fue criada para el éxito y la literatura interpela desde la vereda opuesta, es la palabra del poder contra el poder de la palabra. Atar las naves buscaba crear mundos a habitar por quienes los leyeran, desde sus propios cuestionamientos de la infancia, el viaje, la seducción y el tiempo. Me quedé corto, pero poemas como “Soltar la cuerda” y “Cabos sueltos” ya proponían las metáforas de esta novela. De lo que no se pudo hablar se escribe años después.

 

Finalmente, ¿qué estás leyendo ahora?

Realismo capitalista de Mark Fisher. Se coló en la respuesta anterior porque en la izquierda aprendimos de su crítica y nos apropiamos del deseo. La creatividad y la tecnología no son patrimonio del capitalismo, como estaba instalado hace apenas una década, cuando él lo escribió. Yo venía de terminar Dignos de ser humanos de Rutger Bregman, que desmantela una a una las noticias, la literatura y los experimentos en que se basa nuestro supuesto egoísmo. Aunque recordemos fácilmente el mal, el bien es mucho más frecuente.

Me prestaron unos libros de Eduardo Correa, que había entrado en el callejón sin salida del posestructuralismo entre los excesos nocturnos de Bar Paradise a mediados de los ochenta. Por eso creo que mantuvo inédito Fragmentos de la Babel, pese a poemas agudos y divertidos como “La peluquería” y “Desescritura” que se apropian del habla coloquial. En su libro siguiente no pudo evitar el lirismo, más bien lo exaltó como parodia. El camino de Blanca Varela es diferente, leo su Obra reunida siguiendo sus propias declaraciones. Ella decía que en los primeros libros se había esforzado por poetizar la realidad mientras en los últimos buscaba que las cosas, tal como son, cobraran vida en el poema. Hasta el momento confirmo su juicio, sin dejar de emocionarme con la exaltación del paisaje, el erotismo velado y las prosas casi surrealistas de su debut, Ese puerto existe. Los de Bremerhaven y Valparaíso también.

 

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