Zona de promesas (Javier Rodríguez)

Zona de promesas (2021)

Javier Rodríguez

Provincianos Editores

ISBN: 978-956-6127-07-9

164 páginas

 

En Zona de promesas nos encontramos con un periodista, Pablo, que trabaja como asesor para el diputado ultraconservador Jaime Álamos. Entre sus funciones están las de manejar sus redes sociales, preparar sus intervenciones públicas, estar atento a cualquier contingencia que pueda surgir en los medios, manejar su imagen, así como alistar su despegue para llegar a convertirse, en las próximas elecciones, en senador de la República. Es un trabajo que tiene por conveniencia económica, no por convicción ideológica.

Pablo es un tipo de clase media, de aquellos que son primera generación con profesión, que solo gracias a un pituto termina moviéndose en un entorno donde los apellidos, el colegio y las conexiones importan más que los méritos personales. Es un mundo ultra exitista y clasista, en el que Pablo ha caído como una oportunidad tangencial, pero en el que se niega a involucrarse personalmente. Hay algo en él que le produce un chirrido interno entre esa gente de derecha.

Pablo, como decíamos, proviene de una familia que cree en el esfuerzo y el trabajo para ascender socialmente. De esas personas que poseen el ideal de democratacristiano de la sociedad: sumisos, útiles, esforzados.

“Tomada la decisión, se resignaron y me pidieron que no me metiera en tonteras. Que me podía llegar un piedrazo. Que los comunistas nunca han sido buena junta. Que la única forma de que la gente valore lo que tiene es pagando por sus cosas. Que la universidad no es para todos. Que no se me ocurriera unirme a ninguna marcha. Quise convencerme y lo logré por un rato. Les hice Caso. Siempre he logrado acomodarme” (página 93)

Por contrapartida tenemos al personaje de Rita, una transformista que baila en la calle. Parece ser el exacto opuesto a Pablo. Sin embargo, ella antes de convertirse en Rita, era empleado de una Isapre, era una persona muy normada, pero que, tal como le está ocurriendo a Pablo en el tiempo presente del relato, ya no fue capaz de acomodarse a su situación.

Rita reconoce a Pablo entre la muchedumbre, lo reconoce como a un igual y en ese reconocimiento decide ayudarlo a salirse del sistema en que se encuentra inmerso. De esta forma, entre Pablo y Rita se forma un tándem de contraposiciones: Rita ha sido capaz de abandonarlo todo y ser feliz, a su manera y no en la forma en que la sociedad le imponía; Pablo se encuentra en el límite de ese tránsito a convertirse en alguien que sí podría llegar a ser feliz, al dejar de cumplir lo que se espera de él.

De esta manera, Zona de promesas se construye como una novela que tiene como tema principal el fracaso de la promesa neoliberal de felicidad por medio del trabajo y crecimiento económico, de un estándar de vida que nos permitiría desarrollarnos en paralelo en otras áreas de nuestra vida y, no solo eso, sino que el trabajo mismo fuera un espacio de realización personal. Pablo, y antes Rita, han fracasado estrepitosamente al recorrer ese camino.

En ese sentido, no es una virtud menor que Zona de promesas haya elegido el mundo de la política  para el desarrollo de su historia, siendo la política el lugar insigne de las promesas incumplidas. Además, no hay muchos ejemplos en nuestra literatura en que se retrate este mundillo y quizás solo con esto baste para sostener un relato como este. Como tal, es una novela que hace mucho sentido en la actualidad, en que parece que estamos viviendo los estertores de este sistema, o al menos un punto de quiebre hacia otra cosa nueva.

Lo problemático de esta novela surge cuando caemos en su falta de ambigüedades y claroscuros. Todos sus personajes pueden ser rápidamente clasificados en buenos o malos, según el sector político que representan: derecha mala – progresismo bueno. Este reduccionismo le juega en contra a la profundidad que la narración podría haber conseguido, permitiendo una única e inequívoca forma de lectura,  aunque podría alegrar a un eventual lector que busque nada más que darle “el visto bueno” al texto, en tanto que este argumento —argumento que es por sobre todo moralizante— responde a un discurso vigente de un espectro social. Es un libro que le va a hablar directamente a un público, que seguramente funciona muy bien con un sector de la calle, que detectará cierta “verdad” en el discurso implícito en esta novela. Ahí es cuando la novela se autolimita, dado que el autor pareciera haber decidido que sus personajes “malos” no pueden resultar interesantes, inteligentes ni actuar por motivos que para su propia lógica interna puedan ser válidos más allá de su resultado cuantificable en plata o poder.

Con todo, Zona de promesas es una novela que exhibe algunos puntos altos que no habría que despreciar, especialmente el del uso que hace del mundillo político como metáfora de la promesa incumplida del sistema neoliberal, el atisbo de dicho ámbito como medio de trabajo con su conjunto de muletillas y formas desprovistas de cualquier contenido que no sea la acumulación de poder (político), y que si bien argumentalmente posee algún traspié en su ejecución, esta novela se lee con facilidad gracias a la prosa directa y precisa de su autor.

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