Ignacio Álvarez: “Hay mucho de lo que habría querido que mis profesores, en algún momento de relajo, me hubieran contado.”

 

Ignacio Álvarez (Santiago, 1973) es académico de la Universidad de Chile y doctor en Literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es autor, entre otros de Novela y nación en el siglo XX chileno. Ficción literaria e identidad  y,  responsable (junto a Hugo Bello) de la edición crítica de la Obra completa de Baldomero Lillo, además de Cuentos Completos de Manuel Rojas (Uah/Ediciones, 2021), en una bella Edición Crítica también a su cargo.

En estos días publicó El curso que hice al revés y otros apuntes de profesor (Laurel editores), un conjunto de textos, crónicas, relatos y anécdotas a los que él, en alguna ocasión, ha llamado sus “textos chascones”; apuntes sobre leer, el gusto por los libros y la literatura, su cariño hacia ciertos autores y novelas. Es, en suma, el libro de un lector que ama a los libros y a los que les ha dedicado buena parte de su vida.

Aprovechando ese lanzamiento, le hicimos estas preguntas:

 

En qué momento visualizas este conjunto de textos como una unidad, como algo que podía transformarse en un libro.

Quizá en el momento en que Andrea Palet, la editora de Laurel, me preguntó si tenía algunos textos que funcionaran para un público general. Y sí, tenía varios. Algunos eran de mi blog Tipos móviles, historias entretenidas o curiosas, alegrías y también amarguras con las que me topé mientras hacía mi trabajo. Tal como pasa en otros oficios, cuando uno lee por obligación te encuentras con historias que dan ganas de compartir: cómo se tradujo Moby Dick a un idioma sin mar, cuál fue el último oficio de Baldomero Lillo, qué pasa cuando nadie te escucha una ponencia. Otros textos eran columnas de opinión o introducciones a nuevas ediciones de textos de la tradición narrativa chilena. El último está pensado para estudiantes que recién entran a la universidad y no siempre saben qué se hace con los textos literarios en nuestra disciplina académica. Es una gran introducción a los estudios literarios. Lo que junta esta variedad de textos medio testimoniales y medio eruditos es que, aunque fueron escritos por un gallo que se dedica profesionalmente a la lectura, están dirigidos a personas que no tienen ninguna vinculación académica con ella. Uno puede leer de muchas formas: este libro cuenta con qué te puedes encontrar cuando lees desde la academia.

 

¿Hay una distancia muy marcada entre estos textos, escritos me parece para un público más general, en contraste con lo que se escribe en el ámbito de las universidades? ¿Hay algo divagatorio que es posible en estos textos que no puede darse en la Academia? Y si es así, por qué.

Hay cierta distancia, sí, pero sobre todo en el uso de la primera persona. Tengo un problema grande con la idea, que es casi un lugar común, de que en la academia se escribe de una manera críptica o que no se entiende. Hay textos académicos que son una joya y que se pueden leer perfectamente sin tener una licenciatura —por ejemplo, el libro que acaba de publicar Grínor Rojo sobre literatura chilena— y textos académicos fomes, y también hay grandes crónicas literarias al lado de crónicas aburridísimas.

Por otro lado, creo que durante los últimos veinte años la distancia entre la academia y el campo cultural general se ha ido estrechando. Circulan más libros, hay más modos de leer (no solo la lectura individual, ahora las librerías tienen clubes o talleres de lectura, por ejemplo) y más formas en que las personas que leen comparten sus impresiones: Youtube, blogs, Twitter. Mi impresión, además, es que desde la academia hemos ido superando la prosa plana y sin sabor para aterrizar en el ensayo como formato central a la hora de escribir papers (Paso el dato: Marcela Rosas está estudiando estas adaptaciones del artículo académico al campo de la crítica literaria en su tesis doctoral).

En resumen, creo y quiero creer que la comunidad de quienes se interesan por los libros y la literatura es cada vez más frondosa, variada y exigente. Para allá van mis tiros: en este libro quisiera articular una voz ojalá personal en esa conversación amplia y despeinada.

 

¿Qué te permiten estos textos que no permiten del mismo los textos académicos? ¿Cuál era tu objetivo con ellos, ya sea antes de escribirlos o el que tu puedes detectar ahora, una vez ya han llegado al lector en forma de libro impreso?

Me permiten jugar un poco, por supuesto. Echar la talla, algo que defiendo como actividad noble en todos los contextos de la vida. También me permiten elaborar experiencias que, desde cierto punto de vista, son curiosísimas. Leer una ponencia ante un auditorio vacío. Hacer clases de literatura ante estudiantes que no conoces. Comunicar la profunda incomodidad que acompaña a estas actividades tan cotidianas. También me permite compartir los gajes del oficio del lector profesional. No sé. Hay mucho de lo que habría querido que mis profesores, en algún momento de relajo, me hubieran contado.

 

Háblame un poco del niño que hinchaba a sus papás para que le regalaran los tomos faltantes de El señor de los anillos. ¿Cuánto queda de ese goce inocente de la lectura en el lector más maduro que ya eres, con muchos más libros en el cuerpo? ¿Sigues teniendo esa sensación de hallazgo y sorpresa con la misma frecuencia que cuando recién empezabas con la voracidad literaria?

Es algo que ocurre con poca frecuencia, pero me sigue ocurriendo. Últimamente he sentido el placer del descubrimiento con la novela A lo lejos, de Hernán Díaz, de la que hablé en todas las partes en que pude hablar. Algo parecido me pasó con Jeffrey Eugenides: Middlesex y La trama nupcial me dejaron dado vuelta. En un tenor más sombrío, otro tremendo hallazgo fue Stoner, de John Williams.

En el campo cultural chileno soy muy fan de Jeidi, de Isabel Bustos, de Andrés Montero y de Cristián Geisse. En el libro expongo esas razones: creo que intentan rescatar un narrador arcaico en tiempos en que ese narrador parece imposible. Me gusta mucho que intenten lo imposible, en primer lugar, y también que busquen alternativas al tono íntimo, al predominio de los afectos privados que solemos leer.

 

En el texto que cierra tu libro hablas —entre otras cosas— de la lectura y la relectura, en las notas al margen, en el destacar las partes que nos parecen importantes en los libros. Te detienes algo menos, me parece, en la experiencia de encontrarse, a través de esas marcas, con el lector que uno mismo fue, con ese que al que lo emocionaban cosas que ahora nos parecen comunes o hasta superfluas, y especialmente ese que pasaba por alto impunemente detalles que ahora revisten una belleza que nos parecen cruciales. ¿Has tenido esas experiencias de encontrarte con el antiguo lector que fuiste? ¿Cómo ves ese crecimiento que como lectores nos provoca la misma experiencia de leer?

Cuando haces clases de literatura estás obligado a la relectura, y sobre todo la relectura de los clásicos. Diría que mi experiencia más frecuente, en ese contexto, ha sido la del alcachofazo. Es decir: leer un texto, tratar de captarlo ayudado por la crítica, creer que lo entiendes, enseñar eso que crees entender. Al año siguiente: mismo proceso, pero ahora sí entender, a veces en contra de la crítica. Me pasó muy claramente con la literatura del romanticismo, no sé, con los fragmentos de Schlegel y Novalis, con algunos ensayos de Schiller. Están muy lejos de mi temperamento, de mi sensibilidad, de mi experiencia, y solo con el tiempo he ido entendiendo para dónde apuntaban. Es un caso en el que la insistencia y los cambios de mi propia sensibilidad me han ido abriendo el texto.

 

¿Qué opinión tienes sobre la manera en que se genera conocimiento en las universidades en humanidades, ya sea a través de papers o estudios literarios, junto a la necesidad —que a veces se acusa— de mantenerse constantemente haciendo publicaciones en determinadas revistas? ¿Cuánto permite o impide esa producción de conocimiento para estar atento, en paralelo al trabajo académico, a las novedades editoriales que la industria produce sin pausa?

Es una discusión que me interesa mucho, y en donde tengo una postura confusamente clara. Estoy muy a favor de los papers, muy a favor. Creo que una aproximación intelectual a la literatura es valiosísima y nos descubre muchas joyas que de otro modo no veríamos. No es el único modo de acercarse a la literatura, pero me parece irreemplazable en lo que puede dar. Creo también, como está demostrando Marcela Rosas, que los estudios literarios han terminado por desarrollar su propio modelo de paper que es muy distinto del paper científico y se acerca más al ensayo. Es decir, el formato no es necesariamente un problema.

Dicho eso, tengo varias observaciones que matizan lo que acabo de decir. La primera es que los papers deben ser evaluados por pares, y eso es un proceso difícil y exigente que no siempre se da de manera adecuada en nuestro medio. La segunda es que la indexación de las revistas, la clasificación de su “estándar”, es un gran problema en nuestra disciplina y en la comunicación académica en general. Lo tercero es que los papers no son, no pueden ser, todo lo que escribamos los profesores de literatura. También tenemos la necesidad de conversar en otros formatos, como este libro, o de hacer otros trabajos académicos, como la edición crítica.

Y claro, también está la cuestión de mantenerse al día, de especializarse, en fin, de tratar de decidir en qué gasta uno el escaso tiempo que tiene de vida y de lectura. Allí mi criterio siempre ha sido el olfato: leí la novela griega antigua, la de Heliodoro, por ejemplo, por pura curiosidad, y me encontré, por suerte, con el esqueleto de la ficción en Occidente. Leí A lo lejos por una mención del podcast argentino Vidas Prestadas, y resultó un gran hallazgo. Leo por obligación, es cierto, pero también por una curiosidad que no se me ha apagado todavía.

 

Finalmente quiero pedir dos recomendaciones literarias, pero con un pequeño juego de por medio. Una se la quisiera pedir al estudiante universitario Ignacio Álvarez que viajaba en la micro unas cuatro horas diarias desde su casa a la Universidad y en la noche de vuelta a su casa. A ese Ignacio le quiero pedir que nos recomiende, tal como él las llamaba, una “buena novela de micro”.

Otra novela se la quisiera pedir no al Ignacio Álvarez académico, sino que al lector que lee sin pensar en el trabajo, que no debe argumentar juiciosamente su recomendación sino que lo hace desde la guata. Le pido una novela que haya releído varias veces, sin jamás haber dado una clase en relación a ella (ni que haya tenido a la vista hacerla).

Obvio, como soy un copuchento, me interesa sobre todo saber los porqués.

La novela de micro: El plan infinito, de Isabel Allende. Me recuerdo fascinado conociendo los Estados Unidos de la mano de una narradora que, por otro lado, me resultaba absolutamente chilena. El lado melodramático es muy disfrutable también, sabiendo que se trata de melodrama, y más aún sabiendo que se trata de la historia de quien fuera en ese entonces el esposo de la autora. Viva el chisme.

La novela de guata: El mundo según Garp, de John Irving. En realidad todo John Irving. Nunca le he dado muchas vueltas a mi gusto por Irving, pero supongo que hay algo en la textura moral de su narrador que me conquista por completo. “Textura moral” es una frase enredada para decir que ese narrador quiere a sus personajes aunque esos personajes se manden muchas cagadas, los quiere y no los juzga, o bien los juzga un poco pero luego los perdona. Eso, un narrador que perdona a sus personajes, pero no porque sea como un juez o como un cura, sino porque sabe que también él se pudo mandar esas cagadas.

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