Fueguinos. Una crónica sobre los pueblos australes (Martín Gusinde)

Fueguinos. Una crónica sobre los pueblos australes (2020)

Martín Gusinde (1886 – 1969)

Ediciones Alquimia

 

Es particularmente interesante que el libro que comentamos aparezca justo cuando se conmemoran 500 años del paso de Magallanes por el estrecho que más tarde llevaría su nombre. Interesante, porque Magallanes –sin enterarse– inaugura, para el europeo del siglo XVI en adelante, un territorio físico y poético que alimentaría la imaginación de marinos, corsarios, piratas, escritores y viajeros de diversa ralea. Pero inaugura también el coto de caza para tipos como Julius Popper, uno de los personajes más nefastos que pisó el sur austral de Chile.

Las crónicas de Martín Gusinde reunidas en este volumen podrían leerse como el reverso de ese ánimo colonizador que trajo el exterminio de las tribus que habitaron Tierra del Fuego. Gusinde, de hecho, divide aguas entre sus pares y parte su relato cuestionando un apunte, particularmente polémico, dejado por Darwin en sus cuadernos de viaje: «No he visto nada en mi vida que me haya impresionado tanto como la primera visión de un salvaje. Era un fueguino desnudo, sus largos cabellos le cubrían casi por completo, su rostro estaba pintado con diversos colores. En su cara había una expresión que creo que quien no la haya visto no se la puede figurar. De pie sobre una roca profería gritos y hacía gesticulaciones, ante las cuales comprenden los sonidos de los animales domésticos».

Por supuesto que este modo de describir a los habitantes americanos no es exclusivo de Darwin ni mucho menos del apunte etnográfico como género escritural. Melville, Poe y Conrad, por ejemplo, fueron también hablados por este código colonial —por decirlo de algún modo— y las descripciones de novelas como Benito Cereno, El viaje de Arthur Gordon Pym y El corazón de las tinieblas se ofrecen como ejemplos de esto. Puede que el paso del tiempo y el hecho de no constituirse como relatos con pretensiones documentales los rediman de juicios extraliterarios retroactivos e injustos.

Descontado lo anterior, el objetivo de este antropólogo y sacerdote alemán fue acercarse respetuosamente a los fueguinos con el fin de pesquisar sus costumbres y permitir que sus hallazgos le permitieran cuestionar el imaginario deshumanizante desde el que se posicionaron sus contemporáneos y antecesores directos.

En los quince capítulos de estas crónicas sobre los pueblos australes, firme junto al método científico, Gusinde hace un repaso del estado del arte en torno a la cuestión de los pueblos australes, se riñe con las teorías evolucionistas en boga, desde los viajes del mentado Darwin, y cuestiona severamente el tan manoseado argumento del origen primate del animal humano («Los más destacados especialistas están conformes en que la posesión de auténticos valores culturales y la utilización de instrumentos manufacturados diferencia esencialmente al ser humano del animal»).

Aunque todas estas disquisiciones puedan parecer materia pasada para el lector del siglo XXI, vale la pena recordar que las metáforas deshumanizantes («Ahí están los simios haciendo barricadas», escribe indignado cierto sector de Twitter Chile cada cierto tiempo) gozan de hoy de inusitada salud entre los sectores bienpensantes de nuestro país. Si a esto le sumamos la violencia policial en la Araucanía, el fresco pintado es calamitoso y triste en partes iguales.

Gusinde todavía estaría enojado.

A lo que no le hace el quite es a la descripción poética de un paisaje cuya hostilidad le produce un arrobamiento cercano a lo sublime —«En los lugares más recónditos reina siempre el más profundo silencio de la naturaleza, casi majestuoso silencio»—, deteniéndose además con minucia de botánico en la exigua flora que sobrevive al frío y al viento de esos pagos, o a la también escasa fauna, constituida por un puñado de aves, cururos y llamas, estos últimos parte de la dieta de selk’nams, yámanas y kaweskars.

Para quien tenga cierta costumbre con la literatura de viaje que se ha producido sobre la Patagonia —con Bruce Chatwin de puntero—, esta primera parte puede resultar poco interesante aunque llamativa en un aspecto: a diferencia de gran parte del territorio chileno —coto de caza para la minería y la agroindustria—, el sur austral sigue conservándose más o menos intacto.

Es a medida que Gusinde se acerca más a los fueguinos cuando con más severidad lanza sus pullas contra el espíritu de su época: «Como puede comprobarse, han sido los blancos los que siempre y en todos los lugares han empezado con crueldades, hasta que al fin los muchas veces desengañados y oprimidos pueblos, han dado libre curso a su venganza contra cada uno de los europeos».

A pesar de esta justificada hostilidad de los pueblos fueguinos hacia los extranjeros, que hoy tiene una versión renovada en el conflicto de algunas comunidades con cierta clase de turista, Gusinde logra su cometido con la cautela propia del buen investigador. Su acercamiento juicioso y cauteloso le permite establecer relaciones con los fueguinos, acompañarlos en sus peligrosas navegaciones en el Cabo de Hornos, en el caso de los Yámanas y Kawésqar, o habitar las rudimentarias chozas que los Selk`nam instalaban entre los bosques de hayas o en las cercanías del Lago Fagnano.

«Parece casi increíble que los pequeños Yámana y Kawésqar, con sus frágiles y débiles canoas, se atrevan a acercarse en aquel violento y poderoso océano a las ballenas vivas. Realmente lo hace confiado tanto en su destreza personal como en la eficacia de sus grandes arpones», podemos leer en los apuntes que deja sobre sus incursiones al interior de los fueguinos nómades.

Tanto sus jornadas de caza como los rituales de transición hacia la adultez quedan en los registros documentales de Gusinde, que goza del privilegio de ser observador participante. A pesar de que intenta mantener la rigurosidad del relato científico, con esa presuntuosidad de objetividad que tan cara le ha costado a ese hijo deforme, contemporáneo, llamado paper académico, la crónica suele estar salpicada de la subjetividad de un etnógrafo conmovido por ser el partícipe de prácticas que intuye próximas a la desaparición.

Esto último es quizá el aspecto más crepuscular de los textos sobre los pueblos fueguinos: avanzadas ciertas páginas, el narrador nos recuerda que, ya sea por la barbarie europea de personajes como Julius Popper o por las enfermedades traídas del viejo mundo, el mundo que describe está por acabarse.

Crónicas en primera persona sobre el fin de una cultura, que ve morir sus ritos y sus dioses. Como bien lo describe Cristian Geisse en el que probablemente es uno de los mejores cuentos chilenos contemporáneos, los fueguinos, como otras tribus que habitaban esta parte del mundo hasta la llegada de los europeos, fueron exterminados y, con ellos, un modo de habitar que tuvo formas materiales, pero también simbólicas.

Las páginas finales del libro son explícitas: «En efecto, todos han sido aniquilados por la insaciable codicia de la raza blanca y por los efectos mortales de su influencia. El indigenismo de Tierra del Fuego ya no se puede recuperar», escribe melancólico. Sabe que el futuro no olvidará a los fueguinos por esfuerzos como el suyo.

El futuro, por cierto, tuvo ciertos grises: entrado el siglo XXI la discusión en torno a la apropiación cultural o la patrimonialización como estrategia de los Estados neoliberales para recuperar simbólicamente los modos de vida que han destruido materialmente, nos obliga a pensar incómodamente en la forma en que estas memorias son puestas en circulación nuevamente.

Sirva de ejemplo lo siguiente: en la nota de la edición publicada por Alquimia se nos advierte que «se han hecho enmiendas ortotipográficas, actualizado arcaísmos y modificado reiteradas alusiones a “hombre” por “ser humano”, —cuando el autor refiere a la especie humana en general y no a su género—, y a su vez, se ha reemplazado el término “indio” por “indígena”, a causa de su origen erróneo y colonialista. De la misma forma, se ha evitado toda alusión a lo salvaje y primitivo». Si bien el texto no está dirigido a un público especializado, vale la pena preguntarse por la relevancia de este gesto que pretende ser político. ¿Por qué no acceder al registro de Gusinde con todos sus sesgos históricos? Si el objetivo declarado y explícito de sus crónicas fue discutir con su época sobre el modo en que se acercaron al pueblo fueguino —y a tantos otros más de nuestra América, por cierto—, ¿era necesario modificar aquella expresiones para ofrecernos una versión ad hoc al juicio de nuestra época?

Pasa algo similar con el caso de Tom Sawyer y Huckleberry Finn en Estados Unidos. No bastó con que Twain fuera militante de la causa antirracista norteamericana: editores de nuestra época decidieron quitar la palabra nigger —la polémica N-Word utilizada por el hombre blanco norteamericano  con fines explícitamente racistas— y reemplazarla por slave. Las posiciones en torno a esto son difíciles y enfrentarse al texto requiere de una mediación crítica que permita contextualizar una obra escrita en el siglo XIX antes que transformarla en otra cosa.

Señalamos esto por lo problemático que nos parece sin desestimar  de ninguna forma el valor documental del libro, que además contiene algunas de las fotografías que Gusinde tomó durante sus incursiones antropológicas. Puesto que no podemos interpelarlo a él, nos quedan los editores que ponen nuevamente a circular este valioso testimonio de un pueblo exterminado impunemente por el hombre blanco europeo.

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