El pejerrey (Gabriel Zanetti)

Gabriel Zanetti (1983)

El pejerrey (2020)

Editorial Aparte

71 páginas

ISBN: 978-956-6054-10-8

 

Pocos libros de crónicas se han publicado los últimos años. Obras donde la visión personal del autor predomine, se deje de lado el pudor y la excesiva autocorrección, para aventurarse en el buceo biográfico, analizar la contingencia, intentar comprender la maraña cotidiana. Tirar el anzuelo a ese río que es la memoria y sacar algo valioso, aunque no pueda comerse.

Publicadas en su mayoría en The Clinic y Revista Desastre, más algunas inéditas, El pejerrey es una recopilación de crónicas del poeta Gabriel Zanetti que bien podrían leerse como cuentos cortos o una novela. Su eje: la experiencia de la pesca que cruza gran parte del libro. De allí que sus crónicas se sitúen a partir de la idea de incertidumbre, esa inmovilidad y paciencia que exige sentarse en un bote, en la orilla de un muelle o un fiordo y no saber lo que va a pasar, las sorpresas que va a entregar el agua.

Zanetti abre el libro con una crónica que habla de su camino de aprendiz de pesca, forma elegante para él de abastecerse de silencio: momento en que dialoga con el mundo, no con palabras, sino con acciones. De ahí que el libro perfile un sutil elogio a la provincia, tratando de elidir, de una forma u otra, la ciudad, el centro. Ya sea viajando al litoral constantemente, escapándose al sur o incluso cambiando de país. Yéndose de cabeza a los recuerdos, a la juventud y la infancia que siempre tiene de fondo un cerro verde, una casita, un árbol y una familia.

Las crónicas de Zanetti son cortas, crónicas-haikus o crónicas-tanka, tratando de tomar al poeta Takuboku, a quien nombra dentro del libro. La comparación no es gratuita: tienen una vocación japonesa que siempre logra bocetear un cuadro que se pega a la retina: el niño impresionado por el traqueteo de los temporales en el techo, una caña y sus mil detalles, la foto del abuelo columpiándose, un chico aprendiendo a manejar sentado sobre almohadones para alcanzar el manubrio. El autor descree de los efectos narrativos, no se mete con fórmulas efectistas y privilegia la cadencia del relato, el dato preciso, la historia que vale la pena contarse porque sigue resistiendo los años.

Por otra parte, la visualidad de las crónicas se va complementando con reflexiones en torno al clima y su efecto en la adultez, las huellas de pueblo que mantiene el lugar de residencia —como los voceos de los vendedores casa por casa, que van distorsionándose y parecen otra cosa—, el heroísmo a medias de los vagabundos, el fanatismo futbolero, el trabajo, la muerte de Felipe Camiroaga. Una de las crónicas más bellas es la que describe la relación del autor con su abuelo Héctor, titulada “El pejerrey en la zona central”, cito: “Don Héctor era el salmón que venía de vuelta, río arriba, sin picar con nada, a esconder los últimos huevos y yo el hambriento pejerrey, lleno de energía, torpe pero veloz, iluso, en aguas aparentemente tranquilas” (pág. 58).

En veintiún crónicas cortas, que suman menos de ochenta páginas, Gabriel Zanetti logra construir con solidez un mundo amplio, algo nostálgico y lárico, lleno de imágenes y reflexiones luminosas.  Pequeños momentos que ilustran una manera de disfrutar el tiempo que se tiene con el mundo, con uno mismo y con las cosas.

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