Tertulia literaria o algunos apuntes sobre la falta de discusión crítica entre nuestros escritores

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Tertulia literaria o algunos apuntes sobre la falta de discusión crítica entre nuestros escritores

En la desaparecida librería Nascimento existía la costumbre de la tertulia literaria. Era algo muy simple: los escritores que estaban en Santiago concurrían a la librería a las doce del día y se instalaban ahí, nada más que a conversar. ¿De qué hablaban? Por supuesto que no solo de literatura, pero principalmente sobre ella. Asistía un Mariano Latorre, un Luis Durand, pero también un José González Vera; un Augusto d’Halmar junto a un Ricardo Latcham; un Eduardo Barrios frente a un Joaquín Edwards Bello. Y no hay que ser un experto en literatura chilena para adivinar los contrapuntos, las profundas diferencias de opinión estéticas (¡un González Vera junto a un Mariano Latorre!), de poéticas, para no ir más lejos, que se conglomeraban bajo el alero de George Nascimento.

A fuerza debió existir ahí una discusión, una reflexión sobre las formas, que debió ser profunda, interesantísima. Seguramente incluso, para un oyente atento, era posible ver cómo con el paso del tiempo variaba la opinión reinante, así como las modas o corrientes literarias en boga. Pura belleza, en serio.

Hace no mucho surgió una nueva rencilla literaria entre escritores y críticos literarios (o se reeditó esta que tal vez siempre ha sido la misma). En ella, en suma, los primeros exigieron más y mejor crítica, o llanamente que desapareciera cierto tipo de crítica. Los segundos, en general, callaron. Fue tan comentada que prefiero no repasar los hitos para no extenderme más de lo necesario. Sin embargo, me parece que hay algo que fue completamente pasado por alto: la inexistencia de la tertulia literaria, de la conversación entre los mismos escritores sobre sus propios proyectos y la defensa de sus poéticas literarias frente a las diferencias que existen frente a sus pares, otros escritores. Porque si algo quedó más o menos claro en esta última rencilla, es que nuestros escritores responden a la crítica más bien desde las tripas, desde la emocionalidad y no desde la defensa de un proyecto literario consistente, o desde una masa reflexiva del cómo se hace literatura; dicho de otro modo, la trinchera que escogieron para apuntar a la crítica no estaba hecha precisamente de ideas, y eso es justamente lo que uno esperaría de nuestros escritores, que fueran un poco los intelectuales de la sociedad, o que al menos, desde la literatura, tengan un discurso intelectual en el que se sustente su obra. Eso no hubo.

Porque si meditamos sobre nuestros escritores, ¿qué hay ahí, tras sus libros? ¿Cuál es el proyecto literario de cada uno? ¿Dónde estos se confrontan, dónde chocan o comparten? Me parece que la primera crítica necesaria es la de los pares, la del proyecto poético propio contrastado con el de otro. ¿Qué tiene que decir la corriente zambrista de la literatura de los hijos —con todos los escritores que podrían ser considerados en mayor o menor grado bajo ese alero— en contraste, por ejemplo, con el proyecto literario que se vislumbra tras un Geisse? ¿Es esa versión minimalista del no-contar, no-decir, del voz-baja, hermanable con el despliegue narrativo que demuestra Geisse? A mí me parece, a simple vista, que son dos formas de hacer literatura que transitan por veredas totalmente opuestas, que refieren a intenciones artísticas muy distintas y que provienen de una reflexión estética que arriba a diferentes conclusiones. No creo ni por un minuto que todas esas obras sean casuales, desprovistas de una concepción previa, y que no respondan a un criterio estético propio, que no sean resultado del íntimo debate, como antecedente de la creación artística, de lo que debe ser o debería ser la literatura. Lo mismo me pasa al presenciar el proyecto literario de Bisama (escojo a sabiendas los exponentes más visibles de cada “corriente” que identifico en lo que se está publicando), con todo su mundo pop, con la inclusión del cómic como forma de narrar sin abandonar el formato libro, con su intención de romper con las formas de narrar tradicionales confrontado, por ejemplo, a un proyecto memorialístico como el de Gumucio, o incluso, para no ir más lejos, qué tiene que ver el proyecto de Nona Fernández con el de un Simón Soto, o un Daniel Hidalgo? Son formas tan distintas de afrontar el quehacer literario, son maneras tan diversas de entender la belleza estética, que me cuesta creer que puestos todos en la misma mesa ocurra lo que públicamente parece ocurrir si uno atiende a sus comentarios en las redes sociales, revistas y entrevistas: que entre escritores no hay más que aplausos, que ninguna discusión se produce sobre las diferencias en sus proyectos literarios, en la forma en que entienden que se debe afrontar el texto, las temáticas, cuáles sus valores y desvalores. ¿Nadie se atreve a decir que a él o ella no le gusta la propuesta literaria de A o B, dando sus justas razones? ¿Ninguno es capaz de correr el riesgo de exponerse, de transparentar su visión estética, sus criterios formales para construir sus textos en contraposición a cómo lo está haciendo el resto?

La respuesta facilista sería decir que la responsabilidad de determinar cómo se interrelacionan esos proyectos es de la academia, de los críticos finalmente. Claro, también lo es. Pero parto de la base que los escritores se están leyendo unos a otros, ¿cierto?, que es por eso que hubo tantos libros que cayeron en la imitación de la ficción de Zambra, o que intentaron transitar cerca de la ruptura de las formas de narrar que en cierta forma pretende Bisama. Porque los leyeron con atención, los hicieron también suyos, sintieron la afinidad necesaria para en cierta forma adoptarlos. Insisto, no creo que todo haya ocurrido de modo involuntario. Y si los escritores se leen entre sí, como es de esperar, también están realizando el proceso crítico al elegir sus lecturas y alguna opinión tendrán de ellas, especialmente cuando estas se contrapongan a su propia poética, cuando confronten su propio proyecto literario. ¿O los escritores solo pueden dedicarse a la camarilla, a la buena onda, las buenas intenciones y formas, que nadie diga nada de nadie, que todos hablen bien de los libros de los demás, que los recomienden fervorosamente por cuanta red social tengan a mano? Esa no puede ser la más y mejor crítica que exigen de los críticos establecidos.

Un poeta no puede leer a otro poeta, ni un novelista a otro novelista, sin comparar sus respectivas obras. Al tiempo que lee, va diciéndose: «¡Por Dios! ¡Si este es mi bisabuelo! ¡Mi tío! ¡Mi enemigo! ¡Mi hermano! ¡Mi hermano idiota!» (W.H. Auden, “El arte de leer”)

Veo, por ejemplo, un proyecto de fondo cuando —independiente de si me gusta o no— me percato del tipo de escritores que consistentemente publica Claudia Apablaza en su editorial, ya sea chilenos o trayendo autores de afuera. Y me parece que tiene muy poco que ver con lo que se ha instaurado en Chile, que de cierta forma pugna con lo establecido, no digamos que rompe pero sí que produce una tensión. ¿Dónde está el sano debate entre escritores sobre el cómo construyen sus obras y proyectos? Yo entiendo la amistad personal, todos en una mesa, junto a un par de cervezas; no se opone en nada a lo que aquí digo. Pero a la vista de sus obras, claramente lo que unos y otros pretenden del proceso creativo, de aquello que ven como valioso, no necesariamente coincide. Dónde está su discusión, dónde la defensa de su propia poética de aquellos que piden más y mejor crítica, dónde, y esto es el fondo, está la tan necesaria reflexión estética sobre su quehacer artístico. Leo sus libros, todos los que puedo, con el mayor interés. Presencio sus proyectos, intento entenderlos, incluso tanteo hacer el análisis en la conversación de relacionarlos unos con otros, confrontarlos, parearlos. Dónde está la discusión de los escritores.

Ya no existe una librería Nascimento y si hoy existiese, probablemente estaría desierta ante la ausencia de debate entre los proyectos literarios de nuestros escritores, o peor aun, sólo se oirían las palmadas en la espalda de mutuas felicitaciones. Un clap clap revoloteando entre las paredes de libros, yendo y viniendo de unos a otros. Como lector me pregunto: ¿El proyecto literario de un Gonzalo Hernández y su novela negra, su violencia social, no pugna acaso con la literatura de los hijos, tan frágil, tan en voz baja? Y si alguien pretende convencerme de que resulta que todos nuestros escritores, sin excepción, valoran muy bien la diversidad de registros, sin importar cuánto de contradictorio tengan con el propio —con aquello a lo que dedican su vida, sobre lo que deben pensar y meditar a diario, si es que no a cada momento—, no voy a estar jamás de acuerdo: bastaría para probar lo contrario que a alguien se le ocurriese defender públicamente a un par de nombres de la Nueva Narrativa para que se acabara toda la pasividad de cierta parte de nuestros escritores, para que toda la camarilla, todos los aplausos cerrados se callaran.

Para terminar vuelvo a Auden, por su claridad y su genio al afrontar el quehacer literario, por la profunda conciencia sobre su oficio, sus métodos y recursos.

Solamente un talento menor puede ser un perfecto caballero; un talento mayúsculo tiene siempre algo de sinvergüenza. De ahí la importancia de los escritores menores… como ejemplos de buena educación. De vez en cuando, sin embargo, una obra menor puede hacer que un auténtico maestro se avergüence de sí mismo.

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