El reverso del agua (Valentina Marchant)

El reverso del agua (2023)

Valentina Marchant (1988)

Editorial Pez espiral

ISBN 978 956 615 832 5

67 Páginas

 

Sumergirse en la transparencia, habitar los secretos goces del lenguaje: sobre El reverso del agua, de Valentina Marchant
por Alfonso Matus

La palabra vida brota del agua. Lo más remoto, lo más transparente, habita la casa del agua. La música en que se gestó el lenguaje no es otra que la prosodia del mar, la lluvia o los ríos. Si rebobinamos la biografía del pensamiento y la poesía hallamos el río de Heráclito, el primer verso del primer epinicio conservado de Píndaro, que canta “Excelsa es el agua…”, homologando el elemento al origen y la naturaleza de la misma poesía; y, en el lejano oriente, Lao Tze que trató de evocarnos la potencia transparente del agua: “La verdadera bondad es como el agua. El agua beneficia a todas las cosas. No compite. Habita lugares despreciados por la multitud y por ello se acerca a la Vía.”

Esto es para decir que la relación entre el verbo, la música y el agua es tan antigua como fundamental para nuestra tradición poética, para nuestro imaginario. Es sobre sus flujos, sus intercambios y su prosodia (y sus imágenes negativas, las improntas del deseo y la nostalgia del desarraigo) que se articula el segundo poemario de Valentina Marchant, El reverso del agua, publicado en editorial Comba, en Barcelona, el 2022, y por Pez espiral, en nuestro país-isla, a fines del año pasado, en una bellísima y cuidada edición.

La palabra originaria, la potencia del verbo en la antigüedad estaba ligada al rito y los encantamientos. La poesía era canto e instrumento de trance no solo individual, sino que colectivo. En sus raíces la palabra estaba vinculada profundamente a los elementos de la naturaleza y dialogaba con ellos. Este vínculo entre el poeta y las distintas materias lo enuncia con perspicacia Gastón Bachelard en su libro El agua y los sueños:

«No soñamos profundamente con objetos. Para soñar profundamente, hay que soñar con materias. Un poeta que comienza por el espejo debe llegar al agua de la fuente si quiere dar su experiencia poética completa.»

El espejo retorna un reflejo estático, pero el agua, ya sea un río o un lago, retorna un reflejo líquido, ondulante, imposible de abstraer y aislar del movimiento de todas las cosas. Nuestros cuerpos están hechos en gran parte de agua y están continuamente sumando y restando agua, transmutándola y participando de su eterna circulación, de su naturaleza cíclica. La palabra, la poesía, es también una criatura errante, un transformista, un navegante que pasa poco tiempo en los puertos.

Nuestro hábitat parece ser el de las orillas. Siempre estamos entre adentro y afuera, entre las ideas y la gravedad de la materia, entre los sueños y la economía del tiempo que nos impone sus condiciones. Es así como se abre este pequeño, pero potentísimo poemario, con un poema que antecede a su estructura trinitaria y abre la aventura del verbo, propone el misterio que vendrá:

“hay agua, siempre, y tierra / cuando el ojo se aproxima más allá / del límite que existe / entre el afuera y el adentro // un intercambio o diálogo acuoso / en la transpiración del nombre que se abalanza”

Las minúsculas mandan porque la artesanía se emprende trabajando lo pequeño, las texturas de una combinación de cuatro o cinco palabras, las resonancias y el hechizo que se descubre solo al andar. La poeta nombra. La poesía siempre ha tenido como uno de sus desafíos cardinales el darles nombre a las cosas. El acto de nombrar es bautizar la realidad. Es también transformarla mediante el acto creativo. Es reinvención. En este caso Marchant nos propone un viaje por territorios liminales, nos guía hacia esas zonas imposibles de comunicar desde la literalidad. Trata de expresar algo que es incomunicable pero que nos convoca y conmueve, algo que no ocurre solo en la subjetividad del hablante, sino que en su comercio con la intimidad de los otros y en los signos que le depara el mundo, como veremos más adelante al avanzar la lectura.

Los poemas de la primera sección conjugan experiencia y distorsiones de la realidad, esos filones surrealistas u oníricos que acaban colándose en nuestra percepción por fuerza mayor. De tanto mirar se ve algo más. El terruño que se deja atrás cala y deja una huella en la viajera, no olvidemos que es la realidad de una latinoamericana tratando de habitar Barcelona; el movimiento de un cuerpo río abajo, esa imagen que nos golpea con su inercia ineludible, nos evoca esa rotura andante en que se convierten los que parten del hogar a buscar otra cosa, otro horizonte:

“Partir. Qué palabra es esa. Nadie parte fácilmente y nunca del todo. Algo queda flotando en el partirse. Una estela de sombra como rastro en el camino de los que se van.”

El verbo es aquí un nómade que se desplaza entre los límites borrosos de la prosa y la poesía, más que de un verso libre o una métrica soterrada, se trata de abrir surcos con una prosodia peculiar, una prosodia que puja en busca de un ritmo y del placer, quizá poniendo en práctica esa afirmación de Roland Barthes de que la escritura es la ciencia de los goces del lenguaje. Ese placer ayuda a combatir el desarraigo y las grietas de toda realidad:

“todas las paredes tienen fisuras / todas las puertas rechinan // yo avanzo // persigo el olor de las magnolias / que acaban de florecer.”

Llegamos al cuesco del poemario, la segunda sección titulada El pez de oro, en que aumentan vertiginosamente las imágenes simbólicas, los arlequines y los devaneos entre el erotismo y su reverso de sombras e insatisfacción. La fauna y la potencia de las imágenes, sus encuentros y adioses, traen consigo la reverberación de algunos poemas del joven Neruda y, sobre todo, Carlos de Rokha. En su Cántico de los adioses éste afirma: “El pasado es un río que acaba donde empieza. / El viajero una sombra que pasa sin ser vista. // Pero ¿qué hontanar se nos da entre las manos? / ¿En cuál voz queda exacto como una clara pupila redimida?”

La oscuridad rokhiana es vasta y desbordada, en cambio Marchant trabaja con más contención, no se deja arrastrar por las corrientes del lenguaje, sino que las amansa con una destreza que conjuga la pasión a una fría perspicacia para elegir las oraciones precisas y sus forados entre líneas. El remate de uno de sus poemas nos muestra quizá el corazón de este poemario, tanto en sus temáticas como en su potencia lírica:

“el ir y venir del habla / la edificación del amor / a fuerza de barro y poesía // a las cinco de la mañana / o a las nueve de la noche / con la ropa puesta / o las sábanas sucias // mi otro yo frente a mí plantado / esa trizadura del espejo / que odio cuando habla // el cuerpo de la escritura / como único testigo del desastre.”

Una mujer deseante que camina y se interroga, que se sitúa en una madurez vital para practicar el oficio de la escritura con la sensualidad y el rigor de quien ha abandonado las certezas, pero aun así apuesta por romantizar el mundo y trabajar esas “palabras que no alcanzan a zurcir / el despeñadero / de la ola que estalla / y se recoge”.

Es así como trabaja la poeta en su taller de palabras, un taller a la intemperie del deseo y la memoria, recolectando imágenes como fogonazos en una urbe invernal o en el epicentro del verano, cuerpos dispuestos al goce nadando en un mar cálido, secándose bajo el sol en la arena ardiente.

Como toda poesía que se eleva de los páramos de medianía o de lo que se pierde en el transcurso de las múltiples lecturas, los poemas de Marchant no solo dan cabida a la expresión de la belleza en su lengua, al oficio depurado, sino que también reflexionan sobre su propia materia, el lenguaje, como hace en uno de los últimos poemas de la tercera parte, el último que mutilo para compartir una de sus estrofas más señeras:

“pienso en el tiempo como un tren / en la historia dividida en cuadros / y la escritura como una huella desesperada / que se inscribe en la velocidad de los rieles”

Hay ocasiones en que, como planteaba Yates, la belleza y la verdad son sinónimos, y el fulgor de esa imagen que trata de sintetizar la materia con la que trabajamos es, creo, uno de esos ejemplos, porque qué es la escritura sino una huella desesperada.

Con su desfile de espectros y arcanos, de fragmentos prosaicos y estallidos líricos, todo tallado en su justa proporción, descubriendo la forma en la madera del lenguaje, revelándola con la transparencia del agua que es el elemento unificador de esta obra, prolongando sus flujos y su música en el verbo, El reverso del agua nos entrega una experiencia compleja y texturizada, cargada de una belleza y una resonancia que no culmina en la lectura, que persevera con sus ecos y susurros más allá de las páginas. Es una casa de agua en la que podemos sumergirnos una y otra vez para descubrir nuevos pasadizos, nuevos secretos, un oleaje o una lluvia inagotable en la que habitar y estallar.

Alfonso Matus

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