Quién amasa las olas (Maximiliano Díaz)

 

Maximiliano Díaz (1994)

Quién amasa las olas (2020)

Ediciones Overol

ISBN 978-956-9667-69-5

53 páginas

 

Leyendo Quién amasa las olas uno podría pensar que va manejando o de pasajero en un vehículo sobre la carretera. Dentro de la cabina, el lector no podría apartar la vista del paisaje y las escenas que se suceden con rapidez. Son tan nítidas y tan fugaces. Desaparecen de pronto, pero no es que no existan: siguen ahí, solo creemos que las dejamos atrás.

El primer libro de Maximiliano Díaz logra que los recuerdos se licúen en el poema y puedan ser concentrados en un par de pinceladas. Lo que se ve: la infancia, la familia, parajes rurales, máquinas oxidadas, trabajadores de temporada, estaciones de gasolina cada tanto y la sensación de haber estado en muchos lugares sin saber exactamente dónde. Por ejemplo, leemos del poema “La justicia de las caravanas”: “una familia/ corta el desierto/ la caravana/ se detiene en algún lugar/ entierran un chiche/ bajo la tierra/ y aseguran: «Acá es»” (pág. 13). Es ese asentarse lo que importa, enraizar una vida a la tierra, aunque esta parezca un cementerio de casas vacías donde adolescentes se refugian, huelen y tocan: porque eso es lo que importa, no la muerte.

Dentro del conjunto que conforma el libro, destaca la serie de poemas que tratan la muerte. El hablante se pregunta por la reencarnación en un tono zen para luego abrir el misterio de las muertes trágicas y anónimas que azotan y sacuden a las comunidades en silencio, como en “En las plantaciones de cobre”: “Me gustaría decir que sé/ cómo hacer funcionar un cuerpo muerto./ Pero la verdad es que ni siquiera/ los he visto desde cerca/ y resulta difícil saber/ qué hacer con aquellos/ que  murieron de hambre/ en el entierro prematuro/ de los metales preciosos” (pág. 15). Es la tragedia abordada con delicadeza en un tono de condolencia y lamento, que no alcanza a ser una elegía, sino la enunciación de algo más fuerte y terrible: nuestra impotencia, nuestro dolor disfrazado en pregunta. Por otro lado, el poema “Sobre la permanencia” le da otro giro a la muerte, lo vuelve a llevar a un plano casi forense que al mismo tiempo es la constatación de una necesidad de soledad casi biológica: “Descongelar un cuerpo lo pudre. El frío conserva, y la sangre lo sabe muy bien. Por eso, el cuerpo se enfría. Busca una forma de permanecer” (pág. 18).

La cadencia narrativa de los veinticinco poemas de Quien amasa las olas nos lleva de un lugar a otro, retorna en esa digresión para repasar ciertos tópicos como la infancia y la religión, leemos del poema “Limones”: “Dicen en algunos colegios/ que lo mejor que pueden hacer/ las personas/ es rezar” (pág. 23). O por otro lado, es la sorpresa de ver la piscina plegable del patio ser invadida por musgo e insectos construyendo todo un ecosistema de subsistencia que deslumbra al hablante. De allí la construcción de un cuadro familiar entrañable, con poemas que son un homenaje a los padres como “Mi papá”: “él fue quien me contó/ que Star Wars/ estaba inspirado en wésterns/ y películas de samuráis/ sin conocer a Kurosawa/ ni a John Ford” (pág. 28). O “Para mi madre con amor”: “A veces/ mi memoria inventa escenas de nuestras/ primeras vacaciones/ Hay una en particular/ salimos los tres afuera del cité/ de Pichilemu/ se escuchan las olas” (pág. 31).

Pensar la memoria como un mar que empuja los recuerdos a una orilla con distinta intensidad quizás sea un buen título y la metáfora precisa para este libro. Son poemas que remueven y a veces voltean al lector de forma violenta. Pero también son olas apacibles, calmas, que en sus reflejos provocan corrientes que se adentran al mar. Quien amasa las olas de Maximiliano Díaz es un debut notable dentro de estos tiempos aciagos.

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