Cosas que nunca te dije (María José Viera-Gallo)

Cosas-que-nunca-te-dije PORTADACosas que nunca te dije (2014)
María José Viera-Gallo (1971 – )
Tajamar editores (2014)
173 páginas
Precio Referencial $12.000

 

Cosas que nunca te dije es un conjunto de cuentos, siete para ser más exactos, que la mayor parte del tiempo logran construir un mundo de pequeños miedos, tormentos interiores, silencios y rutinas dolorosas sin atisbos de dramatismos o melodramas.

A estos relatos los une una cierta lógica, y no solo eso, sino que además los transporta una tensión dramática común, tanto que entre el primer y quinto cuento, pareciera que uno se encuentra leyendo una única gran historia, una crónica quizás familiar, quizás social, donde los daños de dictadura, los silencios que permanecen luego de que las vidas se han roto, donde el fracaso y cierto tipo de abandono cruzan todas sus temáticas.

Zurich es el relato que abre el libro. Narrada en primera persona por la hija de un exonerado político nos cuenta la historia de este padre que tuvo que abandonar el país escapando, junto a su familia, del Chile que se destruía por la falta de libertad y las violaciones a los derechos humanos ocurridas bajo la dictadura. Presenciamos, a través de los ojos de su hija —en un mecanismo que resulta exitoso solo gracias a la belleza que consigue la prosa de la autora—, su agotadora espera para poder volver a Chile, algún día, si el destino así lo quiere. Es un relato pequeño, íntimo, casi confesional, y justamente es en su tono donde radica su belleza muy bien lograda. A este relato lo sigue El reino, en el que una mujer —relato ahora contado en una segunda persona que, nuevamente, funciona solo gracias al oficio de la autora— nos informa sobre su vida junto a su hijo, quien posee algún tipo de enfermedad o deficiencia mental (a la que jamás se le da nombre). El niño escapa física y psicológicamente a otros lugares donde su madre no puede seguirlo. Ya cansada, la protagonista finalmente pareciera dejarse llevar por su domesticidad, aceptando y acogiendo como suya la vida de aquel con quien solo añora poder bañarse en el mar. Just María y Composición (aunque no son relatos sucesivos), ambos son cuentos que, construyendo anécdotas distintas, relatan el fracaso en la emigración, el reverso del “sueño americano”, la soledad y la carencia afectiva. Y luego Lee cada palabra que escribo por encima de mi hombro derecho, probablemente el relato mejor logrado en cuanto a que consigue proporcionar información de manera progresiva haciendo al lector partícipe del descubrimiento de la historia real que se esconde, junto con la misma revelación que tiene el personaje principal. Es la historia de un hombre o joven que asiste al funeral de su abuela y que lee una carta que le ha enviado su madre a esta. Su madre, nos enteramos, siempre estuvo ausente en su vida y ha sido su abuela quien lo ha criado. Solo en este momento él conoce y comprende los duros motivos que tuvo ella para alejarse, haciendo que todo en su vida sucediera como ha ocurrido.

Hasta acá quiero hacer un distingo. Los anteriores relatos, sin excepción, son todos de excelente factura. En la mayoría de ellos la autora hace apuestas altísimas jugando con el narrador, con el punto de vista, con las intensidades del relato y aun cuando sus decisiones en ocasiones podrían considerarse no las correctas (o simplemente compartirse), siempre parece resolver con éxito las dificultades que ella misma se ha impuesto, gracias a su oficio y a su prosa reposada y sencilla (en el sentido de lo virtuoso que es en literatura parecer sencillo en el trazo). Más aún, los anteriores relatos parecieran responder a una misma intención: comparten temáticas, inquietudes, miedos y urgencias al punto de entrelazarse entre sí no solo en sus historias, sino que además en las sensaciones que provocan al lector. Como decía al comienzo de la reseña, como conjunto comparten una tensión dramática que va provocando un ascenso en dicha intensidad —circunstancia absolutamente valiosa en un conjunto de relatos como este— hasta llegar a “resolverse” en este último cuento que he mencionado.

Los siguientes dos relatos parecen escritos en momentos o bajo influjos completamente diferentes al grupo anterior. En Todo es tan tonto, todo es tan triste la autora acomete la inverosímil idea de poner a un hombre a punto de caer de un risco, pendiendo de los yerbajos que se van cortando por su peso y hacer que comience a revisar en su mente, de forma desordenada, cierto momento de su vida en que fue un joven inquieto y tuvo la ambición de transformarse en escritor; el protagonista no piensa en sus hijas que revolotean en la casa de playa a quizás cuántos metros de dónde él está a punto de una muerte segura, no piensa más profundamente en la vida que ha llevado con su mujer, no sublima una idea de felicidad o redención, ni siquiera piensa en agotar todas las posibilidades de salvarse; no, él solo piensa en un muchacho como lo fue él en el año 1991, al que vio una única vez y que luego desapareció, así como desapareció la vida que él mismo se había trazado en la noche en que ambos se conocieron.

En el último relato, Una novelita muy sentimental, otra vez la autora nos pone en el extraño artilugio de interponer un personaje con la narración o, lo que es igual, con nuestro conocimiento directo de los hechos. El relato tiene como protagonista a Sivina Arendi, una escritora, ninfómana, que escribió un único libro que se ha transformado en libro de culto y que luego desapareció del mundo de la literatura. El relato se trata sobre ella, sobre cómo ella se enamoró por única vez y cómo perdió ese amor y recuperó su oficio. Pero, sin embargo, para contarnos esa historia la autora inventa a otro personaje, una periodista que busca a esta escritora, y es así que nos enteramos de la historia de Silvina Arendi a través de esta periodista o, peor aún, a través de lo que Silvina le cuenta a la periodista a través de un sinfín de correos electrónicos. El que quizás es el problema mayor en este cuento es que la autora no se hace cargo de las limitaciones narrativas que este narrador-testigo de oídas posee: es inverosímil que los correos electrónicos le hayan informado no sólo lo que ha ocurrido en la vida presente de la escritora, sino que también lo que ha pensado con cada hecho, lo que ha percibido a través de sus sentidos, lo que la ha emocionado o impactado, además de todo su pasado; pero el relato, sin importar la limitación que significa este narrador que es testigo de oídas, nos narra de todo lo que ocurre, cual narrador omnisciente en tercera persona, entrando hasta en la conciencia de los personajes.

Estos dos últimos cuentos, además, no solo tienen los problemas ya dichos, sino que lamentablemente rompen la tensión dramática tan bien lograda por los demás cuentos, la sensación de historia íntima y pequeña, el tono confesional tan bello de la autora, haciéndole un muy mal favor al total del conjunto.

En suma, la autora posee indudablemente una bella prosa y un gran oficio, y logra construir una serie de relatos íntimos, de carácter confesional, susurrados al lector, que transmiten una inquietud no solo por sus temáticas sino que especialmente por la forma en que son abordados y construidos. Esa sensación es lo suficientemente sólida como para que los dos últimos cuentos, que no aciertan en el mismo rumbo, no sean capaces de borrarla, pero sí provocan aquella sensación de desagrado, como sucede cuando dentro de un plato sabroso y muy bien presentado, vemos que se asoma un cabello que lo ensucia, tanto así, que en mi opinión este sería un mucho mejor libro si simplemente obviáramos los últimos dos cuentos.

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