Casa grande (Luis Orrego Luco)


Casa grande  (1908)
Luis Orrego Luco (1866-1948)
Editorial Zigzag (1961)
N° de Inscripción
361 páginas
Valor referencia $10.000
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Ahora paso a contar la historia de cómo se hizo Casa grande.
No pensé, ni por un momento, en escribir la relación de un caso determinado, cualquiera que fuese. Comencé por este punto de partida: el estudio de “un matrimonio” dentro de la “nueva” sociedad chilena y en la época actual de transición. (Orrego Luco)
Casa grande es probablemente el primer gran best seller chileno. En el momento de su publicación (1908) causó un inmenso revuelo en la sociedad chilena, que en cada una de sus páginas buscaba a aquella persona real supuestamente caricaturizada a través del personaje. Se la supuso una novela en clave, cuando lo que el autor pretendía hacer era naturalismo, al modo en que Emile Zolá hacía en Francia, componiendo una serie de novelas ligadas que retrataran lo más fielmente posible todo el espectro social.
Fue tanto el revuelo social que produjo que, conforme indica el prólogo, al autor lo detenían en la calle para insultarlo, o simplemente personas que se sentían afectadas dejaban de saludarlo, o cruzaban la calle cuando lo veían por ahí o lisa y llanamente lo desconocían.
Aristocracia chilena, 1915. Memoriachilena.cl
 ¿De qué se trata Casa grande, que causó tanto revuelo? Es una novela que retrata cierto sector de la sociedad, la que fuera nuestra aristocracia u oligarquía —como se quiera—, en un momento en el tiempo en que, dado el empuje económico, las antiguas castas se confundían con los nuevos ricos, olvidándose las primeras de sus orígenes siempre tan a mano, así como también de toda su “moral de clase”, para entregarse a este corre y vuela tras el dinero en la Bolsa, donde muchas de sus escenas, ocurrencias e inclusos algún par de hechos fueron reconocidos por esta oligarquía, porque justamente el autor tomó “de aquí y de allá” para completar a sus personajes como sujetos promedio de esa clase que quiso retratar por completo.
«Así pasa con los negocios de Bolsa… Nos hemos empapelado todos, engañándonos los unos a los otros con nombres sonoros, sociedades auríferas en donde apenas hay agua y… piedras; ganaderas en bosques inaccesibles, a no ser para las águilas, y no faltan en la Bolsa minas al por mayor en Bolivia, la República Argentina, y gomerales en el Acre… De todo se forma sociedades: una de hielo en el Polo Antártico, otra de adoquines de aire comprimido, y la de “Pompas Fúnebres Consolidadas”…, sin duda para enterrar a todas las demás…»
(…)

«Y las tales sociedades, aun las más absurdas, hasta las más descabelladas, eran suscritas inmediatamente y revendidas con prima, sin que nadie se parase a examinarlas ni a discutirlas. En el directorio figuraban los nombres más honorables y conocidos de la sociedad santiaguina. »

Es un momento de quiebre en nuestra institución económica, donde se alzan y derrumban antiguas fortunas, donde la arcaica aristocracia latifundista da paso (y en su afán de lujo, muchas veces acepta) a las nuevas fortunas  formadas en base a otros capitales ya no de tierras ni herencia o nombre, donde se crean sociedades cuyas acciones se comercializan sin ningún otro respaldo que el de los apellidos de quienes componen su directorio, sociedades que muchas veces no existen más que en el papel (y a veces ni eso) y que se dedican a empresas tan inverosímiles como al adoquín de aire comprimido. En este contexto social es que Angel Heredia y Gabriela Sandoval (ambos pertenecientes a la más rancia aristocracia chilena) contraen matrimonio luego de la muerte del padre de esta, único opositor a esta unión que no veía con buenos ojos por la falta de méritos personales del pretendiente:
«Hay un corto número de hombres que a mí me gusta, los de combate, los que se agarran mano a mano con la vida sin pararse en barreras y luchan contra todas las dificultades… Esta especie de hombres no será la que tú encuentres en el camino…, pues nosotros no aceptamos sino a los bien nacidos, a los adinerados, a los vencedores, no a los que pueden vencer; a los de cuna dorada, a los que juntan halagos de juventud y de dinero al prestigio de nombre heredado y formado desde antaño»
Esta relación, que se funda en el deseo juvenil y en el lujo, rápidamente comienza a naufragar entre la maledicencia de la sociedad y la moral laxa de Angel. Por otro lado, Gabriela, su mujer, tampoco cesa en arrojarse a los salones, en competir con sus amigas por vestidos y ajuares, en gastar miles y miles de pesos en fruslerías encargadas a Europa, sólo por la ostentación de una posición social que pronto se vuelve precaria, en el juego de la Bolsa, en el riesgo de apostar en las acciones, en el sube y baja de la nueva inconvertibilidad entre el oro y la moneda-billete, en la subida del valor del cobre y del salitre, que provocó una bonanza que hizo que los bancos prestaran y prestaran dinero que fue a parar a la Bolsa que subía como espuma en la mentira de un dinero que se devaluaría rápidamente y que vendría a descubrir, al mismo tiempo, a un sinfín de sociedades ficticias o fraudulentas.
Estamos frente a una novela de época, que como tal sobrevive hasta nuestros días porque no sólo es válida como novela-ficción, sino que además como documento de una parte de nuestra sociedad. Su condición de best-sellerla vuelve además en un curioso objeto literario, en una sociedad en la que (entiendo) no se leía demasiado. Su narrador responde también a un momento literario determinado: es un narrador opinante, que impone cierta moral también de casta, y que indica y juzga la carencia de la misma en los personajes que se entregan a un desenfreno de la belle époque en su versión criolla. 
Caricatura del autor. Memoriachilena.cl
 Casa grande todavía puede ser leída con disfrute, quizás en eso radique su mayor virtud; en que sigue siendo una novela perfectamente válida, que reviste un interés en sus escenas, en sus paisajes, en sus cuadros y costumbres, y en ser capaz de reflejar quienes fuimos (o quienes fueron algunos de nosotros) en un momento bastante primigenio de nuestra sociedad.
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