La Filial (Matías Celedón)

La Filial (2012)
Matías Celedón (1981)
Ed. Alquimia
200 páginas
ISBN: 978-956-9131-01-1
Precio referencial: $5.000
La Filial, de Matías Celedón (1981), es un libro que viene precedido no sólo del Premio de la Crítica año 2013, sino que más recientemente aún, del Premio Municipal de Santiago 2013. Digámoslo desde ya; ambas cosas, me parecen un acierto.
Las novelas —generalizo a sabiendas— normalmente se juegan su efectividad, su capacidad para crear imágenes, trasladar emoción, interesar y, finalmente, se juegan el hecho de que resulten fallidas o funcionen, principalmente en su narrador. De un narrador competente (un narrador que, como todos sabemos, no es el autor), se logra extraer un relato que sea también, al menos, competente y desde ahí, ir subiendo en calidad.
Pues bien, Matías Celedón ganó merecidamente ambos reconocimientos ya dichos porque él logra dar, bajo una forma experimental pero bien urdida, con un relato que se sostiene con un narrador que apenas sí existe, que más bien se manifiesta, y que va construyendo una historia nimia, a través de estampados, de timbres golpeados en cada una de las casi 200 páginas que tiene el texto, en cada una de las cuales no habrán más de 90 caracteres. Es, antes que todo, un artilugio literario.
El relato que se construye es, con la poca información que se nos transmite, el siguiente: en un lugar de trabajo, ya sea en una oficina, fábrica, tribunal, etc., al que se refiere como “la filial”, se ha producido un corte de luz, y los trabajadores han sido compelidos a mantenerse en sus estaciones de trabajo mientras el corte eléctrico dura. Toda una jornada. Y luego otra, y otra. Y así hasta que no sepamos bien si existe un conteo verás del tiempo.

El autor va jugando con las sensaciones, con aquella de opresión que produce la cortedad del relato, del estampado en un lenguaje muchas veces funcional, muchas veces oficinesco u oficial, de estampado tribunalicio si se quiere, que la verdad dice muy poco, y que a penas alcanza para constatar un hecho. No hay personajes más allá que la denominación inicial de el cojo, la sorda, la muda. No hay descripción del lugar de trabajo, no hay nada. Nada de aquello que podría ayudar a hacer valiosa a una novela y, sin embargo, el autor consigue machacar con este experimento una sensación de opresión, de extrañeza, una sensación kafkiana que resulta del relato, que como mecanismo se pone frente a todo y, extrañamente, resulta. He ahí la virtud. Que este relato extrañísimo, que este artefacto literario, logra zafar de los propios medios precarios con los que se vale, y nos consigue transmitir todo lo antes dicho a través de esa precariedad que tiene algo de bella, y de esas hojas blancas con sus estampados, que nos transmiten una oscuridad latente.
Es, en suma, un experimento originalísimo, sumamente peculiar, extraordinariamente bien logrado y que, por lo mismo, ha conseguido la atención y el reconocimiento que merece.
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