Buscanidos (Matías Celedón)

Buscanidos (2014)
Matías Celedón (1981)
Hueders (2014)
ISBN 978-956-8935-33-7
90 páginas
Precio Referencial $8.000
De Matías Celedón, el autor de Buscanidos, ya hemos reseñado su anterior novela o artefacto literario titulado La filial. En ella Celedón conseguía traspasar algunas barreras que impone la figura del narrador, logrando exitosamente transgredir ciertas formas del lenguaje, sugiriendo una historia sólida. La filial se trataba de un artefacto literario extraño, delicado, como aquellas creaciones artísticas que no pueden replicarse, que se agotan en sí mismas, como por ej. (y salvando las distancias) el inodoro de Marcel Duchamp. Es por ello que, a pesar de las excelentes sensaciones que provocaba un libro como aquel, al mismo tiempo produce una preocupación en el lector sobre si el autor será capaz de replicar un ejercicio similar, donde nuevamente consiga la originalidad que logró en su obra anterior, obra que, como se dijo, posee un mecanismo que no permite ser repetido una y otra vez. Esa es la gran interrogante que tenía en mente al abrir las primeras páginas de este nuevo libro.
Buscanidos es una novela extraña. Extraña no solo por los loables intentos de Celedón de transgredir el lenguaje, lenguaje mismo que en su mayor parte propone un alto vuelo poético, sino que principalmente por su estructura en cuanto a la anécdota difusa y extraña que relata. En la contratapa del libro, la editorial nos informa que “Santos y Laura han reconstruido sus vidas siguiendo la caravana que cada año llega al valle para los carnavales. Entre remolques, jaulas y escombros, su historia va borrado los contornos de un sueño en el que conviven, a la deriva, existencias con un secreto ominoso”. La verdad es que no sé qué quiere exactamente decir aquello. Resulta tan vago que mi única impresión es que quien escribió ese texto no pretendía esclarecer nada sino que más bien traspasar cierta confusión, la misma confusión que tenemos al leer la novela. Esquivo en esta reseña decir exactamente de qué se trata el relato (tal como lo hace la editorial) simplemente porque el relato no cuenta nada en particular. Sí, existen al menos 3 personajes que no resultan muy bien descritos ni delimitados (Santos, Laura y Omar). Sabemos de ellos un par de cosas, que Omar encuentra a una muchacha que obra algún tipo de milagros, que los hombres hacen filas para acostarse con ella, que van los 3 en una caravana como si fueran nómades, hasta llegar al lecho seco de un río, donde se establecen.
Matías Celedón (Fotografía propiedad de: ¿?)
La novela, de forma más bien criptica, se encuentra dividida en 3 partes: La Maleza, donde Santos decide recoger a Omar, un niño o joven que se suma a la caravana y donde nos enteramos de aspectos más bien generales de Laura y el propio Santos. Nada que contribuya a crear tensión dramática sucede en él. La segunda parte, La doma, donde el narrador pasa de tercera a una primera persona (Omar) quien nos informa cómo vivía antes de encontrarse con Santos: en un hogar a cargo de un sacerdote que los hacía trabajar y del cual terminó escapando. Pero ese mismo narrador-Omar en primera nos relata, adquiriendo ribetes de omnisciencia, cómo es que se siente Laura y qué piensa en su mente: “de pronto sus piernas temblaron. Alcanzó a sentarse pero igualmente se sintió agotada. Comenzó a escuchar una gotera, un pulso que zumbaba en sus oídos como si la sangre fuera de guijarros y sus tímpanos de hojalata. Santos le hablaba. No le creía, le preguntaba. Laura lloraba inmóvil con la vista perdida en el vapor. Sintió que se desvanecía” (pág. 41) entre otros ejemplos en el mismo sentido que podría citar, que parecen fallos en la consistencia del narrador más que una intención positiva de jugar con el lenguaje. Finalmente remata esta segunda sección con una anécdota un tanto gratuita acerca de cómo Santos, secundado por Laura, pretendía que una leona se apareara con un tigre. La tercera parte, titulada Lecciones, nuevamente vuelve a alternar el narrador entre primera y tercera omnisciente en cada una de sus capítulos. De esta sección destaca la única anécdota que toma ribetes de central (en cuanto al libro completo) y que es el hallazgo de Omar de una niña que pareciera ser milagrosa. Jamás queda exactamente claro cuál es el milagro que obra, pero sí sabemos que algo tiene que ver con su sexo y que termina siendo usada para mantener relaciones con todos los hombres que visitan esta especie de acto circense que constituye la caravana de la que son parte Omar, Santos y Laura.
Me he extendido en el detalle de en qué consiste cada parte del relato simplemente porque no encuentro forma de darles una unidad temática. Cada una de estas partes se relaciona muy poco con la otra y como conjunto resultan flojas, incapaces de constituir unidad y mucho menos de crear una tensión dramática que comience, se abra o desarrolle a través del relato y que finalmente se resuelva hacia el final de este, como sí se producía, con medios mucho más escasos y sutiles, en La filial, ya nombrada anterior publicación del mismo autor. Buscanidos se trata de un relato extraño, donde difícilmente se comunican sensaciones hacia el lector ya que no existe una columna vertebral que contribuya a darle forma a un relato único y central. Me produce la sensación de que esta vez el autor sucumbió ante la necesidad de realizar el ejercicio gimnástico de quebrar estructuras, sin conseguir que esa ruptura constituyera un conjunto coherente en sí mismo. No hay un relato urdido, y aunque esto evidentemente es deliberado, no se consigue traspasar la barrera entre lo no-dicho o no-contado y lo que si bien no queda dicho sí está sugerido o esbozado.
Sí, es cierto, hay una caravana que llega y que provoca la partida pronta de los gitanos, se nombran a algunos indios, está Omar, este muchacho que escapa del cura, Santos y Laura, como parte de esta caravana, la misma que probablemente vende baratijas, está esta niña-virgen milagrera que probablemente es la que motiva esta congregación (o quizás no, quién sabe), pero nada de esto se cierra, el relato no cierra porque no se esboza lo suficiente para que se una, por lo que no se logra crear un subtexto. ¿Qué hay con ese conjunto de imágenes inconexas que le quede al lector? Un sinfín de posibilidades de unir el relato, donde cualquiera puede ser cierta como todas pueden ser falsas. Y al final todo pierde peso o no importa nada, ni el relato, ni la historia, porque es evidente que el autor no nos ha querido contar nada, sino que apenas mostrar algo, que tampoco queda muy claro qué fue, y la sensación final, al voltear la última página es de desconcierto (no por el contenido de la lectura, sino que porque nada realmente ha sido contenido dentro de ella) y de extravío. Es así como, todo aquello que había de virtuoso en La filial, al punto de hacer difícil considerarla una novela —al menos en términos tradicionales— acá se ha extraviado y volvemos a encontrar difícil considerarla una novela, pero esta vez es un defecto que el autor no supo sobrepasar.
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