La grieta de las plantas: A propósito de “Piñen” de Daniela Catrileo

Piñen (2019)

Daniela Catrileo (1987)

Libros del Pez Espiral

ISBN: 978-956-9147-73-9

77 páginas

Hace tres años leí Río herido (2016). Fue cuando trabajaba en una librería los fines de semana. A veces no entraba nadie y era en ese momento cuando me dedicaba a ordenar la sección de poesía. “Pero ¿para qué? Si nadie mira ese estante, Kathi” me decía el dueño. Yo me reía y seguía ordenando los libros. Limpié y ordené por tres fines de semana seguidos. Sentí que la sección brillaba. Un sábado encontré Río herido y lo leí. Luego lo recomendé. Catrileo. Me grabé su apellido. Daniela. Me grabé su nombre. Y la busqué en Internet: pillé un video en el que ella leía un poema hermoso.

Hace poco leí Piñen (2019), el nuevo libro de Daniela Catrileo editado por Pez Espiral. El libro está compuesto por tres cuentos y, en cada uno de ellos, hay una sensación, una imagen o una pregunta que queda dando vueltas; que se repite con eco. No podía evadir eso que quedó dando vueltas e inconscientemente cree una especie de relato continuo en tres tiempos donde el personaje principal era una mujer que indagaba sobre sí misma.

Uno. ¿Han visto cómo brota la maleza de la tierra seca?

Aparece la inquietud: sabemos que tenemos una piedrecilla en el zapato, que por muy pequeña que sea, nos roba la atención. “Todo ardía esa noche y las noches anteriores a esa. Porque si algo habíamos aprendido en ese rincón de pecadores, era a inmolarnos” (p17). Al parecer, la aparición de esa piedrecilla, favorece el brote de una energía abrupta. Hay emociones también, que aparecen como brotes: “La rabia se nota más que el miedo” (p21), dice Daniela.

La maleza aparece como un impulso durante los primeros años de nuestra vida. Recién entendemos algo del mundo, recién asumimos que somos pequeños seres, diferentes y separados de nuestros padres. Somos la generación del abandono, del padre ausente. Y es por eso que resuena la idea de este cuento, y queda retumbando cuando entendemos que, queramos o no, “una cuando chica tenía que descubrirlo todo sola” (p24). Pequeños seres, diferentes de nuestros padres.

Dos. Pornomiseria

Las niñas crecen, y se transforman en lo que sintieron posible. Hay una búsqueda para comprender qué pasó en las generaciones anteriores. Por qué nuestras madres aguantaron la violencia en casa, por qué se sometían a ello de manera estoica y silenciosa. Por qué muchas mujeres, jóvenes aún y recién explorando su sexualidad, tuvieron que enfrentarse a situaciones de abuso ejercido por algún pariente. Ese silencio a veces sigue activo, incluso en nuestra generación: “Ella no hablaba mucho; yo tampoco” (p33).

Y esas niñas que crecieron hoy cuestionan qué era lo que sucedía con sus madres y cuáles eran los espacios que tuvieron que ocupar por una cuestión de herencia sociocultural: “La cocina era su lugar de liberación. Siempre imaginé que mi mamá, en vez de llorar, cocinaba (…) donde la contención del rito elevaba los gestos en algún cambio imperceptible para nuestros ojos” (p33).

La rabia es, entonces, el traspaso de una injusta herencia sociocultural. Nuestras madres nos ofrendaron la rabia de ser mujer. Esa rabia a veces se coló con el silencio, cuando en momentos de crisis haber dicho algo pudo cambiar el curso de los hechos. Otras veces el traspaso ocurría mediante pequeños actos que funcionaban como difusores de conductas reprimidas: “Lloraba porque algo en mí sabía que cuando mi madre me peinaba se desquitaba de la injusticia de ser ella” (p34).

Las niñas crecen y procesan la tendencia a callar que comparten con sus madres. Procesan también la rabia, la obligación y el abuso al que sobrevivieron ellas, y las generaciones anteriores. Esas niñas, cuando crecen, se cuestionan “entonces, ¿qué era ser mujer?” (p39). Sin obtener mayor respuesta, lidiamos con esa duda.

Tres. Warriache

Volvemos a la piedrecilla: recordar que cuando fuimos niñas tuvimos que aprender solas. Aprendemos a dosificar el impulso de culpar a otros por lo que pasó o no pasó. Olvidar un poco que en realidad, no tenemos nada de semidiosas. De hecho, todo lo contrario; un error que se repite hasta el hartazgo puede mantener la herida cada vez más abierta y cruda. Llevamos esa contradicción a dónde quiera que vayamos: “Quería hacerle cariño y al mismo tiempo gritarle que era lo peor del mundo. Quería gritarle que me había dejado sola, que yo jamás le habría hecho algo así” (p67).

A fin de cuentas, pareciera que hay un único acto, de reclusión por voluntad, que actúa de modo liberador. Es a ese acto de retorno al que acude Daniela en Piñen. Se trata de la misma planta, maleza o niña, que sola y casi por un impulso catastrófico decide aparecer y agrietar la tierra. Y es que “ambas sabemos que escondernos también es sobrevivir” (p50). Crear esa grieta y crecer de improvisto es también un modo de resguardar la búsqueda.

Porque las niñas crecen. Y muchas de ellas hubiesen deseado no crecer, no ser niñas. Si fuéramos plantas que crecieron bajo el sol, recibieron agua como riego y abono como alimento, habría un único final posible: “Regresar al lugar donde el pensamiento se pierde en el tejido de las hojas” (p47). Hojas, malezas y grietas conforman el paisaje al que nos invita el libro de Daniela Catrileo. Acompañada, claro está, de todas esas niñas que —con ella y sus madres— crecieron.

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