Eloy (Carlos Droguett)

Eloy (1982)

Carlos Droguett (1912)

Ediciones Universidad Diego Portales (2026)

ISBN: 978-956-314-659-2

282 páginas

 

Por Sebastián Alarcón

 

Originalmente Carlos Droguett publica Eloy en 1960.  Sin embargo, inclinado por el perfeccionamiento, retornará a ella y publicará una versión definitiva en 1982. Ante todo, reluce su estilo. Describir Eloy es describir una corriente densa. No solo por ser una prosa ancha, sin aire, que depende en gran parte de la acumulación sucesiva, del ensanchamiento, sino también porque intenta retratar la consciencia de quien desciende a la muerte.

La novela de Droguett nos narra la última noche de Eloy, un bandolero, ladrón y asesino de largo prontuario, quien viéndose acorralado por efectivos de la Policía de Investigaciones, irrumpe en una casa de campo habitada por una familia para atrincherarse. Las balas atraviesan los árboles de alrededor, el aire nocturno, la niebla. La familia teme por su integridad: leemos en la voz segmentada del relato los sollozos de un viejo, una madre que abraza a su bebé de pecho. Eloy tiene en su poder una carabina Winchester y 84 balas. No son tantas como le gustaría. A grandes rasgos la trama es previsible: un bandolero parapetado que se esconde y posteriormente se defiende. En lo sucesivo y sin ninguna sorpresa, se cumple un destino demarcado.

Al respecto, la fotografía que decora la portada de la edición que he leído es explícita. Está en blanco y negro, no obstante, se adivina el verdadero color de las manchas que decoran el rostro del cuerpo tendido —recortado, por edición, desde la mitad de la cintura hacia arriba—, en lo que parece ser la trasera de una carreta; alrededor, posando meditabundamente, los hombres que han hecho el trabajo sucio. Se atisba un dejo de tristeza en estos rostros duros, su expresividad no supera en exceso la del cadáver. Quizá cansancio, una estela de sueño por el asedio nocturno. Como si en cierta medida el hombre muerto hubiera sido una pieza central en su historia y, por ende, ahora, su propio cierre. No hay ánimos de ningún tipo en la fotografía. Este instante es tan solo un antecedente, un registro histórico, casi sin importancia.

En efecto, Droguett ha arrancado la figura real de Eleonor Hernández Astudillo, alias el Ñato Eloy, de la crónica roja chilena de los años cuarenta y, bajo los mecanismos propios de la narrativa y más aún de la poesía, la ha subjetivado, la ha vuelto propia. Ha transformado un hecho histórico en una excusa para explorar las posibilidades del lenguaje. De ahí la libertad en explayarse en el suceso que de otra forma no podría alcanzar las más de doscientas cincuenta páginas que tiene.

Droguett va más allá de la mera figura de Eloy, del perfil criminal, de su condición de leyenda negra, en cuanto, aún sosteniendo aquellas aristas oscuras del cuerpo objetivo —construido por la mirada ajena de la época, de la prensa— le otorga consciencia o, al menos, un lenguaje que intenta serlo: “(…) es a tu cuerpo al que buscan, Eloy, no exactamente a ti, tú eres tierno, triste, soñador, cualquier mujer te quema (…)” (2026, pp. 115).

Con las libertades propias de la escritura ficcional, Droguett toma el trabajo de sacar agua del barro. No hablo de limpiar su imagen, sino de otorgarle cierta transparencia. Dicho de otro modo, otorgarle dimensiones. Pablo Toro, en el breve texto que antecede a la novela, habla de la región gris; no podría estar más de acuerdo. Lo que leemos es una matización, un intento de humanizar; no de entregar por separado dos miradas del ser-Eloy, sino encontrar el punto intermedio donde reside precisamente la humanidad, el resquicio entre la crueldad violenta y la tristeza piadosa.

El estilo de la novela es proporcional a esta intención. En ese sentido, podríamos hablar de un receloso flujo de consciencia. Pero, al contrario de lo que cierta acepción de esto arrastre, para nada encontraremos antecedente de un beat renovado. Existe una intención de orden en la escritura de Droguett, de corrección minuciosa de cada oración, de cada palabra. Aunque, a diferencia de la corrección de lo superfluo, de la poda implacable, el autor apunta a lo contrario, busca el exceso. Su método es el de la poesía: la anáfora, la epífora, la anadiplosis. Adjetivo sobre adjetivo, el adverbio que redunda, suposiciones de impresión inútil. Nada es azaroso, sin embargo. El ritmo de la prosa, su flujo continuo e incansable, es en gran parte por esta intención. Es un exceso meditado; la construcción de la prosa casi responde al equilibrio sonoro. “Es en la noche, hacia la medianoche tal vez, en medio del campo, está despierto, completamente despierto y seguro de sí mismo, tiene una larga vida por delante (…)”. (2026, pp. 27). Este es el comienzo de la novela. El hecho de que la versión que he leído sea la “definitiva” demuestra el tratamiento obsesivo de la forma, del lenguaje preciso para la intención.

Si bien, parece que en ciertas circunstancias hay un sacrificio de lógica en favor al estilo, como también replica el prólogo, el relato tiende a la causa y el efecto, claro que en los límites de la “conciencia lingüística” que parece presentar. En ese sentido, es igual de rescatable la estructura digresiva. Por un lado, si bien tenemos como foco principal a Eloy, la percepción del todo se desplaza en tres personas gramaticales diferentes. Una tercera que tiene cariz descriptivo, global; una primera que es la voz de Eloy, su pensamiento crudo y al parecer inmediato; y una segunda que matiza la crudeza, que interroga incluso, que parece suavizar (un estudio meditado a lo mejor chocaría inevitablemente con Freud). Todo sin marcas explícitas que delimiten una voz de otra. No hay guiones ni comillas. La prosa aparece como algo entero. Incluso no hay capítulos y las pocas veces en que la narración parece descansar, tomar aire, en tan solo un cambio de párrafo, casi imperceptible si no fuera por la breve separación y la sangría en el párrafo consiguiente.  Por otro lado, tenemos una digresión temporal continua. La trama principal, el atrincheramiento y la balacera, se ven desplazados por retazos del pasado de Eloy, quien, en su soledad de muerte, parece buscar instintivamente la nostalgia como un refugio verdadero, quizás más útil que el refugio físico. Y es que, obviando el cliché supuesto de la vida desplazándose ante los ojos previo a la muerte, en Eloy esto es una excavación voluntaria, retroceder a ciertos lugares, en ciertas personas que ayuden a definir, a entender su lugar en el mundo, para reafirmarse, tornarse persona y no mera figura (el futuro también aparece como una opción de refugio, no obstante, incluso en el sujeto, reflejado en el lenguaje, se presentará como una imposibilidad, un desajuste de la fluidez).

En definitiva, la historia de la última noche del bandolero Eleonor Hernández Astudillo, allá por 1941, importa muy poco en la novela Eloy de Carlos Droguett. Es mera excusa para un trabajo literario de forma y estilo: la construcción de un lenguaje fluido y rítmico, que se alimenta de sí mismo, cargado de poesía, que evoca la consciencia, su nostalgia e intuición natural, todas sus digresiones, la contradicción continua que habita a cualquier ser humano.

 

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