Raider Tōzō (Mike Wilson)

Raider Tōzō (2026)

Mike Wilson (1974)

Fiordo editorial

ISBN 978-631-6630-50-6

168 páginas

 

Mike Wilson viene construyendo, novela tras novela, una obra consistente no solo desde la experimentación con el lenguaje y las estructuras, sino que también en su propia pugna temática, ya no solo con el estilo, sino que con una cierta forma de realidad, donde la naturaleza, el cuerpo, el mar o algún fenómeno natural que irrumpe desde afuera, y desde fuera de la comprensión humana, tensionan esa forma de realidad que él mismo ha armado, para luego jugar al pequeño dios que desmonta todo el andamiaje. Raider Tōzō sigue en la misma línea.

Casi apenas arranca Raider Tōzō, nos encontramos con el japonés Taro encerrado en un box policial en Osaka, en medio de un tifón. Un tifón que solo irá en aumento. Taro, en su encierro forzado, escribe una historia sobre un viejo en la Patagonia, que está muriendo. Este hombre, este extranjero, gaijin, escribe a su vez sobre un luchador de sumo llamado Raider Tōzō, caído sobre la arena, muriendo a su vez en el lugar de combate.

Es, como puede verse, una ficción enmarcada dentro de una ficción, a su vez dentro de otra ficción. Y si bien, en una primera mirada esto podría entenderse como una típica construcción de -«muñecas rusas», lo cierto es que la novela se preocupa de desperfilar los límites entre lo real y lo ficticio, entre aquello que el lector ha podido pretender como cierto y lo que es imaginado. Al punto que el juego de espejeos deja de ser tal y lo reflejado –si es que hay tal cosa– adquiere una entidad propia.

Taro, el gaijin en la Patagonia, el luchador en la lona de nombre Raider Tōzō, son todos personajes inmovilizados en la narración, lo que supone una dificultad mayor para cualquier progresión narrativa. Sin embargo, Wilson no pretende hacer que el libro «avance», en el sentido más convencional del término, sino que asume un procedimiento mediante el cual desmonta progresivamente la propia narración y con ello el propio sistema interno de la novela.

Taro crea mundos a través de la escritura. Mundos que a su vez generan otros mundos. Las fronteras se desarman. Los cuerpos también se hacen parte de dicho deterioro. Los distintos tiempos convergen. Y finalmente la narración pasa de estar inmovilizada a completamente petrificada, fuera del tiempo.

Es una especie de inversión del relato de la creación, tanto así que Wilson en algún momento del libro echa mano de la frase bíblica sobre el alfarero y la arcilla y la reversa para decir que «fue arcilla, que había sido barro». Lo que se desintegra, en este caso, no es la creación del mundo, sino que la creación estética, la escritura. Raider Tōzō (el luchador de sumo) opera, en este caso, como una suerte de deidad caída, muerta desde el comienzo, como la capa o nivel más interno del relato, siempre inerte, fuera del tiempo, el único que no escribe y que no conduce a ninguna comprensión sobre la narración, no cambia ni progresa, simplemente permanece y todos convergen a él, a ese “estar fuera”, a esa desintegración que es también una desintegración de cualquier intención de dar sentido. Raider Tōzō es el monstruo que yace cuando ya no hay necesidad de interpretar.

Hasta aquí, Wilson construye una estructura que parece ser una reflexión sobre la creación y sus límites. Sin embargo, el escollo que se ha propuesto salvar Raider Tōzō es demasiado grande. La novela es estática. Taro llega rápidamente al box policial y permanece allí. El gaijin permanece encerrado en su cabaña. Raider Tōzō permanece en el lugar de la lucha, muerto o muriendo.

En Raider Tōzō, el movimiento parece producirse exclusivamente en las relaciones entre las distintas realidades que componen la novela. Sin embargo, ese movimiento no siempre parece obedecer a una necesidad interna de la novela. Cierto, hay por ejemplo un aumento de intensidad en el tifón y su amenaza, en aquello que viene desde afuera, pero no se produce la sensación de que una u otra cosa emerjan de una necesidad anterior creada por la misma novela. Y como se trata de una novela que produce muchísimas posibilidades de interpretación, que en ningún momento quiere explicarse al lector sino solamente abrir posibilidades –de forma deliberada, vale dejar en claro– esa acumulación de factores, como lo son el tifón, el mar, la amenaza externa, Taro y su reflejo, el deterioro físico, el gaijin y el luchador de sumo, la progresiva desaparición de las diferencias entre realidad y ficción, todo ello, no parece operar necesariamente un sistema, porque más allá del hecho de la escritura dentro de la escritura, la novela no ofrece suficiente precisión sobre las relaciones que deberían convertir todos esos elementos en un sistema único.

Y es muy cierto que una obra no tiene la obligación de explicarse. Tampoco es necesario que entregue al lector una clave que permita resolver todas sus preguntas, a veces basta con que apenas las formule.  Pero en este caso no es que la novela sea hermética, sino que sus propósitos parecen demasiado ocultos como para poder juzgar con seguridad si Wilson ha conseguido lo que él mismo se propuso, porque ha trasladado al lector demasiado compromiso en determinar cuáles son tanto los hechos como los temas de la novela.

Con todo, Raider Tōzō es, sin lugar a dudas, una novela valiosa en su ambición y que deliberadamente tensiona sus propias posibilidades. Wilson experimenta con su estructura para desmontar su sistema interno, diluir sus límites y borronearlos. Como siempre, ronda en su escritura una cuestión mítica, un horror cósmico, la destrucción del todo.

 

G. Soto A.

Cofundador y administrador de Loqueleímos.com. Autor de "Liquidar al adversario" (2019, Libros de Mentira).

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