Realismo (2026)
Ignacio Álvarez
Laurel Ediciones
ISBN 978-956-6382-15-7
203 páginas
Con Realismo, un conjunto de siete cuentos, el escritor y académico Ignacio Álvarez, plantea a partir de su título una declaración de principios. El libro es una conversación con la academia desde la ficción, que es tal vez el lugar desde donde resulta más interesante discutirle al saber que se imparte y produce en las universidades.
Realismo es, entonces, un conjunto que se podría abordar desde dos prismas muy distintos. El primero es el compendio de anécdotas que recoge este volumen: las viejas amistades que se reúnen en “El Señor de los Portaminas”, o el recuerdo de las amistades que se tensionan frente al poder que le otorga un ejemplar de un libro de Tolkien en “La Real Academia del Élfico Chamullado”, ambos cuentos que con una ligereza que no tiene nada de casual, sino que está muy bien lograda, consiguen seguir las idas y vueltas de largas amistades que se separan y vuelven a encontrarse, cada cual para colisionar de forma distinta. Estirando más esa misma tesitura está el relato “Diccionario de autores chilenos noveles” que no es más ni menos, como lo sugiere su nombre, la idea de un tallerista de publicar un diccionario de autores noveles, para que, debido a su ansiedad de fama, este fuera comprado por los mismos escritores como muestra tangible de su existencia como escritores. Y serán los mismos autores noveles quienes escribirán las pequeñas biografías de cada autor. Es, en toda regla, una sórdida apelación a la vanidad de estos aspirantes a escritores. Y por lo mismo, funciona. Desde ahí, Álvarez construye tres mini relatos en ese marco, en los que el “editor” del Diccionario de autores chilenos noveles se encuentra con sus clientes, para venderles un ejemplar, y qué ocurre en cada encuentro. En ellos, se mezcla el humor, la pena incluso por las condiciones en que algunas personas intentan porfiadamente seguir la pulsión de escribir. Es un cuento divertidísimo, alegre y descorazonador a ratos, en las descripciones que consigue.
Vale especialmente la pena detenerse en “Río arriba”, un cuento breve ambientado en la multitudinaria marcha de octubre de 2019 en Chile. Aunque conserva el tono ligero y lúdico del resto del volumen, es quizás el relato más serio en cómo aborda su temática. La historia sigue a una mujer adulta y a su madre en la manifestación. Al retirarse, la madre ve en un café a una antigua pareja: el hombre que creyó ser el padre de la protagonista durante sus dos primeros años de vida. Este hallazgo propicia un reencuentro de altísima delicadeza, donde el hombre se muestra roto y a jirones, pero sin perder jamás la dignidad. Es un cuento feroz, que habita en las hendiduras de una conversación, resultando tan terrible como bello. Faltarían elogios para rescatar todo su mérito y bastaría con él para decir que este conjunto de cuentos vale la pena ser leído.
El segundo prisma desde el que se pueden leer estos relatos es esta suerte de discusión que se propone desde el título “Realismo”. Habría que decir que el realismo, como corriente literaria, es una estética que ha sido ampliamente discutida e impugnada. Se le discute –entre otros– su pretensión de representar las fuerzas que dan movimiento al mundo y, desde ahí, a la vida de las personas, como si fuera posible representar una correlación de causa-efecto entre el mundo y las vidas íntimas. Se impugna desde la tesis de que el lenguaje no es un espejo transparente que solo refleja el mundo, que esa mera pretensión es ya una cuestión ideológica que pretende ocultar su propio artificio con el cual procura crear esa sensación de realidad o verisimilitud tan propia del realismo y que además es imposible retratar en forma lineal el mundo moderno, que este es fragmentado y que se vive en distintos niveles y aceleraciones (de donde podría postularse que proviene la estética de los relatos fragmentados, o aquellos que intentan replicar una memoria incompleta e insuficiente para dar cuenta de una “realidad” cabal, como en el caso, por ejemplo, de la autoficción).
Bien, ¿qué hace acá Álvarez titulando a un conjunto de relatos justamente como “Realismo”? Lo que hace es entrar a esa discusión, le entra con la pierna en alto, y nos pone delante un conjunto de relatos que en todos los casos están enmarcados por dinámicas del entorno social que repercuten en sus personajes, porque esas dinámicas existen y a sus personajes realmente les duelen, a pesar del humor con el que lo encubren, humor que funciona más como caja de resonancia que como mera diversión. Así es como los amigos que se reencuentran en “El Señor de los Portaminas”, ya no pueden volver a ser amigos, cada uno alejado por sus propias circunstancias, y es como los autores del Diccionario no pueden dejar de comprar el diccionario, porque la estructura del ambiente donde viven les impide abstraerse de ese mundo. Porque el protagonista de “Andamios” vivió el golpe de Estado y tuvo que escapar y desarmarse, ver una sociedad completa fracasar para aprender a aceptar también el fracaso íntimo, a menor escala, el mismo que advierte y acepta en su hijo.
Álvarez parece pretender reafirmar su fe en el realismo como estética. Para ello, borra los grandes cuadros totalizantes, que intentan explicarlo todo. Por el contrario, hace una especie de pequeño-realismo en el que la observación minuciosa de los ínfimos rituales humanos contiene la totalidad del conflicto. Ese territorio subjetivo, afectivo incluso, es un territorio compartido por estos personajes. Desde ahí vuelve a crear el efecto de verosimilitud, sin pretender explicarnos el mundo, sino que apenas mostrándonos las estructuras de conjuntos menores de personas que se mueven entre sí. Achica el marco, para aguzar el ojo. Y viene a decir desde el título que el realismo sigue plenamente vigente, y con el realismo, una idea de comunidad, como si el fin último fuera el de restituir la posibilidad de una experiencia compartida, una mediada por la vulnerabilidad humana, por los afectos entre las personas, una donde el realismo no reproduce la realidad, sino que la usa como un medio de indagación de esa misma vulnerabilidad humana, de esos afectos menores, de esas mezquindades también menores.
