Ahora tengo un gato (2026)
Matías Saá Leal
La Raza Cómica
49 páginas
Existe un tópico curioso en la literatura contemporánea: la fijación por los gatos como amortiguadores emocionales. Los gatos ya no son solo el meme favorito de internet, sino que también adornan portadas, consuelan soledades y/o pretenden resolver la vacuidad de las personas que habitan en las ciudades. Por eso, la publicación de un texto titulado Ahora tengo un gato genera una comprensible prevención: ¿Hay algo nuevo que decir desde el aislamiento urbano sobre un felino, o asistimos a otra variación del motivo terapéutico? Es un riesgo que Matías Saá Leal claramente conoce, y que enfrenta sin tapujos.
Ahora tengo un gato se instala precisamente en ese terreno, pero lo hace adoptando un tono sobrio, despojado de estridencias dramáticas, con autoconciencia de aquellos peligros. Narrado por medio de pequeñas viñetas que ayudan a contener cualquier estridencia, el relato acompaña a un joven que transita en simultáneo una depresión e insomnios recurrentes, y la lenta desintegración de su relación amorosa con L. La figura central del gato —Pandita— no aparece como un milagro ni como una revelación mística, sino como el residuo de la relación amorosa que se disuelve y, al mismo tiempo, como rezago doloroso de esa relación que ya no existe.
Tal vez el principal valor de Ahora tengo un gato sea su estrecha correspondencia entre forma y contenido. La prosa de Saá Leal es deliberadamente sobria, privada de todo efectismo. Las acciones son mínimas: el deambular por distintas farmacias para no despertar sospechas, una llamada muda al *4141, el juego con el gato sobre un clóset. En esa parálisis funcional, el texto recuerda en cierta forma a La dependienta de Sayaka Murata: esa misma manera neutra de registrar la propia alienación, donde el desgarro interior no se manifiesta en un grito, sino en el aburrimiento, en la obediencia al fármaco o en la incapacidad de hablar ante una línea de prevención del suicidio.
Sin embargo, donde Murata utiliza la frigidez narrativa para construir una crítica incisiva al mandato social de productividad y normalidad, Saá Leal opta por la introspección afectiva. El estilo sobrio es totalmente coherente con la escala de la historia: refleja la pesadez corporal de la depresión, esa parálisis donde los días se vuelven intercambiables y el afecto se desplaza hacia la compañía silenciosa de un gato.
El libro no elude sus propios peligros. El autor es consciente de la tradición en la que se inscribe —y del mercado que lo rodea— al citar de forma explícita a Sigrid Nunez, Sylvia Molloy, Gastón Carrasco, etc. Pero es en esa misma conciencia donde la obra peligra caer en la autoindulgencia.
Ahora tengo un gato no pretende revolucionar el género ni despegarse de la estética confesional: subrevedad y honestidad terminan jugando a su favor. Saá Leal no infla la anécdota ni convierte la experiencia en una épica del dolor de la adultez joven, sino que se asienta en los silencios cotidianos, en la pequeñez doméstica, y en cierto absurdo de los afectos modernos. Saá Leal construye un texto breve, valioso en su valentía, sin estridencias, en que la compañía de un gato resulta ser el último espacio de cariño sin condiciones, sin posibilidad de rupturas ni desilusiones.
