Correr solo (Rodrigo Fernández)

Correr solo (2025)

Rodrigo Fernández (1983)

Ediciones Overol

ISBN: 978-956-6137-93-1

144 páginas

  

Bajo el encanto de lo que no sirve: sobre Correr solo, de Rodrigo Fernández
Por Daniela Farías

 

En el velador de todo buen administrador de haciendas de la Cuba colonial no podía faltar la Cartilla práctica del manejo de ingenios (1862), que incluía secciones del tipo “Cómo categorizar a los esclavos y no morir en el intento”. En ella se ocupaba la palabra “inútil” para designar al esclavo cuya capacidad laboral estaba mermada por la edad o por defectos físicos. Si antes la palabra se había referido a lo que no servía, el salto a los cuerpos clasificados por su rendimiento se produjo en este periodo y consolidó un sentido que perdura hasta hoy: la persona inútil como “alguien que sobra, que no produce”.

La literatura tomó ese estigma y le dio la vuelta, convirtiendo al “hombre inútil” en un personaje que, al no participar del orden de la producción, puede mirarlo desde afuera: tomar palco y decir “Preferiría no hacerlo”.

En el velador de todo “hombre inútil” o de toda “mujer inútil” no puede faltar un cuaderno y un lápiz. ¿Y qué más inútil que escribir un diario? Rodrigo Fernández, en Correr solo (Overol, 2025), nos da luces sobre la respuesta: “Escribir un diario de vida no hace a nadie una mejor persona, pero bordear esa práctica, registrar el paso del tiempo y las grietas de la cotidianidad se convierte en el más trascendente e inútil de los deberes”.

El diario reúne entradas escritas entre los años 2014 y 2017. Arranca en enero y febrero, periodo en que el narrador experimenta la deriva del desempleo y la incertidumbre. Esta etapa termina con la llegada del otoño cuando, un poco a su pesar y presionado por la necesidad, encuentra trabajo en una librería ubicada en un mall del centro de Santiago. A partir de ese momento, comienza lo que él bautiza como “el tetris de la vida” o “el tetris del tiempo”, posiblemente la metáfora más exacta para nombrar la contorsión cotidiana que hacemos todos intentando encajar las tareas domésticas, la vida social, los afectos, el cansancio del trabajo y los raros momentos para leer, escribir o, en el caso del narrador, salir a correr.

De la tensión entre las obligaciones de la subsistencia y el deseo de resguardar un espacio para la creación nacen las inquietudes de Fernández: “Imagino el momento en que se acabe el tetris de la vida y empiece La Vida. Las cuentas, la comida, las habitaciones, la ropa, los zapatos, las casas, los lentes, el metro, el despertador. No puede tratarse solo de eso. No, al menos, durante toda la vida”. O “Quienes escriben y leen y trabajan, ¿cómo lo hacen?”, pregunta que yo me hago al menos una vez al día. Porque trabajar cansa, nos decía Pavese, retratando en su poema a un hombre que también avanza solo entre las “luces inútiles” de la ciudad, si bien caminando y no corriendo.

Correr solo también es un diario de diarios y memorias. A las notas del narrador las acompañan voces como las de Simone Weil, Juan Emar, Gonzalo Rojas, Kerouac, Guattari o Jules Renard que invitan al lector a descubrir otros textos, recordar lecturas y asomarse a la vida de escritores que, muy probablemente, se formularon esa misma pregunta. Escritores que, como Fernández, rascaban horas al día para poder escribir, con el oído alerta a la llamada de un trabajo que los reclamaba. La librería de Fernández era el muelle para Melville, la oficina para Kafka, la casa para Katherine Mansfield. Me hizo pensar en Melville registrando a regañadientes cajas de té, barriles de licor y sacos de azúcar en su puesto de inspector de aduanas tras el fracaso comercial de Moby Dick. En Kafka anotando en sus Diarios: “En la oficina cumplo con mis obligaciones externas, pero no con mis obligaciones internas, y toda obligación interna no cumplida se convierte en una desdicha que ya no se aparta de mí”. Y en Mansfield confesando en sus cuadernos: “Tengo que abandonar el trabajo de la casa, pagar a quien lo haga, tolerar la imperfección, para poder escribir”.

Resuenan, en especial, los Diarios de Renard, escritos en el París de finales del siglo XIX, por la ironía y el modo en que trata la culpa por no producir que lo ataca como la peste: “Siento que no llegaré a nada, y estas líneas que escribo me parecen pueriles, ridículas, e incluso, y sobre todo, absolutamente inútiles. ¿Cómo salir de esto? Tengo un recurso: la hipocresía. Me quedo horas encerrado y se creen que trabajo”. Y, sin embargo, leído con la distancia del tiempo, ese mismo diario le parece “lo mejor y más útil que he hecho en la vida”.

Pese a la inercia cotidiana que todo lo devora, “Leo, pero no como quisiera. Escribo, pero no como quisiera”, Fernández evita con inteligencia la salida fácil del regodeo en el lamento. Prefiere el humor antes que erguirse como un héroe de la resistencia. La voz desnuda antes que la vanidad. Marca así distancia con cierta literatura del yo, cuyo retrato de la precariedad se vuelve una colección de frases hechas.

A medida que el diario avanza, el narrador se conoce a sí mismo sin quedar necesariamente encantado con lo que encuentra. “No hay nada más sucio que el amor propio”, recoge de Marguerite Yourcenar. Y funciona también como una suerte de anti-Bildungsroman. Inocentes de nosotros si creímos que las tribulaciones de la juventud se resolverían en la adultez como prometía la novela de formación clásica. Aquí la adultez es el tetris; el narrador ya tiene treinta y tantos y las piezas siguen cayendo al ritmo de una música que marca el paso y nos recuerda que el tiempo no alcanza. Que no alcanza nunca para todo lo que queremos hacer.

Fernández logra que el lector reconozca sus propias fatigas, sus propias jornadas laborales extenuantes y sus propios momentos de evasión. Pero lo interesante no está únicamente en la reflexión sobre el trabajo que enajena, sino también en su mirada sobre si la escritura y el arte autobiográfico son terapéuticos. ¿Lo son? ¿Purgan algo? ¿Rescatan a alguien? ¿Nos transforman en mejores personas? Pareciera que no. Qué importa si lo que salió del exorcismo son estas entradas de diario, cuya lectura nos recuerda que, a pesar de ser gimnastas que empezamos muy mayores para llevar la coreografía de la vida adulta con dignidad, el amor por “todo lo que no sirve”, como el arte, la literatura, el tejido, la cacería de mariposas, es lo que nos regala, de vez en cuando, la satisfacción de un arabesque afortunado.

 

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