Chicago Chico (Armando Méndez Carrasco)

Chicago Chico (1962)

Armando Méndez Carrasco

Fondo de Cultura Económica (2023)

ISBN: 9789562893176

205 páginas

 

Por Álex Saldías

Publicada originalmente en 1962, Chicago Chico vuelve en una nueva edición a cargo del Fondo de Cultura Económica después de muchos años en el olvido. Esta novela, según sus prologuistas (Simón Soto y Carvacho Alfaro) podría considerarse un clásico de la narrativa chilena del siglo XX por muchos factores bastante especiales en cuanto a la puesta en escena del relato que protagoniza y expone Fernando “Chicoco” Escudero, un antihéroe capitalino de los años sesenta que se muestra obnubilado por la bohemia nocturna de los salones de baile hasta perder todo lo poco que tiene.

En cuanto al argumento, nos encontramos con una narración en voz de su protagonista que comienza recordando sus días de liceano en el Liceo Amunátegui de Santiago Centro. Durante esta parte queda en evidencia la humildad y sencillez del personaje principal, quien se describe a sí mismo como un pobre muchacho que intenta hacer lo mejor que puede dentro de una familia disfuncional clásica, es decir, una madre abnegada, unas hermanas indefensas  y un padre bueno para el carrete, probablemente alcohólico, apostador y adúltero. A estas descripciones se le agregan fatídicas y muy constantes narraciones de pobreza que se perciben como algo que contarían nuestros abuelos:

“Como tantas veces, salí de casa sin desayuno. Mi padre dijo no tener dinero para el diario sustento; mi madre se cruzó de brazos. Me tiritaban las manos, los labios, y mi casa estaba rota. No llevaba, por cierto, calzoncillos” (25)

Luego de estas postales de precariedad de la “clase media” del barrio Matta, el protagonista relata fugazmente la muerte de su padre cerca de un garito disfrazado de billares de la calle Merced; una zona a la que se refieren como “Chicago Chico”. La muerte del padre actuará como reflejo en la vida del protagonista para dar cuenta de algo que se repite en dos generaciones distintas a pesar de que las circunstancias no sean las mismas, algo bastante tradicional en la literatura chilena.

La entrada del protagonista al submundo del Chicago Chico comienza en un antro al que asistió por curiosidad: La Buenos Aires. Allí conocería a Olga, una prostituta bailarina que lo iniciaría sexualmente en un cuartucho del hotel “Las Noches de Colón”.

“Se movía como loba, hambrienta, jadeante, vivísima, desfalleciente a ratos. Me mordisqueaba los hombros, restregándose; rara vez se sosegaba. Luego gemía; era un gemido poco común, distinto. Después hablaba incoherencias, cerraba y abría los ojos, agitando la cabeza como confundida” (32)

Esta es la primera de muchas escenas eróticas de la novela. Si tiene algo en común con las demás es que en su mayoría los amantes la pasan muy bien, como si Chicoco fuera un prodigio en la cama, capaz de dejar “hablando incoherencias” a una prostituta acostumbrada al sexo durante su primera vez. Esta recurrencia le otorga cierto aire caricaturesco a la novela que recuerda mucho a la tradición de las llamadas “revistas para caballeros” como Varietes (1929), Paliques o La Chispa (1935). Más allá de toda comparación literaria que se pudiera encontrar en otros autores de la época, como Alfredo Gómez Morel o Jorge Edwards, creo que la tradición que sigue Méndez Carrasco estuvo más bien emparentada con el mundo de la sordina, de la ordinariez, del lenguaje popular llevado a su extremo; un “Pepe Antártico” sin censura y con esteroides.

“Este sí que es poto, mierda. / poto que veo, culo en el suelo/ aquí si que no, Cachetón chucha” (66)

Los portadores del dialecto marginal son los delincuentes habituales del salón Olimpia; la cáfila hampona de Chicago Chico, compuesta por personajes tan memorables como Cachetón Pelota, Gomina, Mario Corneta, Muleta, Malalo y Pomarropia. Ellos son las “malas juntas” de Fernando “Chicoco” Escudero, con quien se divierte noche a noche escuchando el hot jazz que se comparte en el salón Olimpia. Cabe destacar que los delincuentes descritos en la obra parecieran llevar mucho tiempo en el mundo del hampa; ser expertos en los robos, las estafas y los ultrajes de todo tipo. Esta sería la diferencia fundamental que tendrían con el protagonista, quien es representado en todo momento como un “Chicoco” inocente; alguien que está aprendiendo recién sobre la vida y que al parecer solo sabe cometer errores, cada uno más grande que el anterior, hasta caer en ese sórdido abismo de miseria que se relata en los capítulos finales de la novela.

“¿Qué hacer? Me volví a mirar ante el espejo de luna borrosa, quebrajada, empañada. El terno de gabardina era sebo sobre sebo. Tenía hambre, sed, deseos de llorar. ¿Por qué había alcanzado ese estado?” (125)

Creo, en síntesis, que Chicago Chico es una novela muy imperfecta en su construcción y en algunos momentos de alta carga lírica, pero bastante divertida de leer, aunque siempre hay que recordar que fue escrita en 1962, porque se cuentan episodios y anécdotas que crisparían a cualquier fanático de lo políticamente correcto y de lo literariamente innovador. Existe una fuerte ponderación de la masculinidad y frases repetitivas como “los maracos lloran”; “los maracos se casan”; “los maracos hacen planes”, aunque también pienso que esto podría considerarse una especie de “carnavalización” de estas mismas expresiones, es decir, mostrarlas, ponerlas en la boca de los personajes para demostrar lo equivocados que están; lo estúpidos que son a pesar del heroísmo con que se miran a sí mismos cuando carretean en el Olimpia y se creen dioses (¿del Olimpo?). Por otro lado, las mujeres que se muestran son víboras, putas y brujas, salvo las que destacan por su labor maternal, es decir, la madre de Chicoco, guardiana de todas sus culpas, y Ninoya, la pobre Ninoya, la “prostituta pero honrada”.

Para finalizar, creo que todo lector que sienta curiosidad por los “viajes en el tiempo” a través de la literatura debería acercarse a esta novela. Ya desde la primera página se nombran lugares e intersecciones que todavía podríamos recorrer, lo que vuelve a la obra una especie de mapa santiaguino de aquellos años tan difíciles de imaginar tras la gran barrera cultural e historiográfica de la dictadura. Lo curioso de las descripciones, las cuales considero el punto más valioso de este rescate editorial, es lo mucho que permanecen vigentes a la hora de describir el Santiago de nuestros días, por ejemplo: “la capital chilena me parecía abominable, con sus casas sucias, con calles polvorientas y con infinidad de carretelas verduleras que pasaban al Mercado o a la Vega Central” (23).  Hay capítulos memorables, como el viaje a Valparaíso, el encuentro con Olga en la caleta de pescadores, la “trama nupcial” con la “Pecosa” (un par de capítulos sumamente incómodos por los aires pedófilos que toma) y la conversión final del protagonista que me hizo reír a carcajadas por lo finísimo de la ironía. También hay capítulos malísimos. De hecho creo que en esta novela está la “crítica social” más estúpida de la literatura chilena. Me refiero al capítulo catorce. Por favor léanla y debatamos, porque está tan mal hecha que se vuelve una joya del kitsch nacional, algo tan malo que se vuelve sabroso, como la película The room de Tommy Wisseau.

Álex Saldías

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