No soy yo (Luis López-Aliaga)

No soy yo (2021)

Luis López-Aliaga

Editorial Hueders

ISBN 978-956-365-233-8

161 páginas

 

No soy yo es un relato que fluctúa entre la autobiografía literaria, en la que se expone el nacimiento de un autor, sus influencias y recorrido, y el ensayo que retrata una parte de una época en Chile, principalmente entre los noventa y los dos mil.

“Buenas tardes, colegas, saludaba el maestro a los elegidos. Alto corpulento, miraba siempre desde arriba, con una sonrisa estampada en su rostro redondo y calvo, con los ojitos achinados detrás de los lentes de finos marcos de metal. Él nos había elegido, después de ller un texto con el que postulamos esperanzados de graduarnos de escritores. Y eligió a Alejandra Costamagna, Alejandro Cabrera, Nona Fernández, Francisco Ortega, Marcelo Leonart, Andrea Jeftanovic, María José Viera Gallo, y otros ocho privilegiados. Así nos sentíamos, como si fuéramos músicos y hubiéramos sido becados en el Conservatorio” (página 21).

 

En No soy yo el escritor Luis López-Aliaga efectúa una suerte de desnudo artístico, donde se retrata a sí mismo y a su entorno inmediato. Lo primero que podemos leer es su filiación: el momento a mediados de los noventa en el que el autor nace y se forma junto a sus pares en el taller literario del entonces muy popular Antonio Skármeta. Una época en que la llamada Nueva Narrativa reinaba en Chile y en el que este puñado de jóvenes, bajo el alero de Skármeta, parecían ser el reemplazo natural por emerger. Pero lo de López-Aliaga no es el autoelogio, ni hacer las paces con el pasado, sino que es el gesto despojado de un escritor que ha alcanzado suficiente madurez como para darse cuenta cuánto hubo de realidad, cuánto de sueños juveniles, y cuánto hubo que transar en una época tan particular como los noventa. López-Aliaga jamás se engrandece, nunca es grandilocuente ni nada que se le parezca. Aparece, en cambio, con una visión modesta de sus propios méritos, y se detiene con largueza en los momentos generacionales que constituyeron el flujo y reflujo de la marea del escritor en formación, sumido en cierta época y, por lo tanto, también sometido al a ratos canallesco vaivén de la transición en Chile.

“Este grupo de jóvenes, unidos alrededor de la luz cautivante de uno de los personajes más representativos del espíritu de los 90, somos hoy cincuentones en situación de balance. Dejarle al tiempo el papel de juez ecuánime e incorruptible parece una ingenuidad más o, desde la sospecha, una maniobra de encubrimiento. Hablar de una generación es impreciso. Éramos solo un grupo de jóvenes que queríamos escribir y algunos, sobre todo, quería ser escritores” (página 26)

El ejercicio de López-Aliaga, en cualquier caso, no se queda en la mera biografía. Él consigue, a partir de sí mismo, reflejar el nacimiento de una serie de escritores aún vigentes, varios de ellos todavía merecidamente prestigiosos, en un momento en el que todo era mucho de prueba y error y devaneos juveniles. Más todavía, el narrador de López-Aliaga es muy consciente de su oficio. Aun ahora, consigue discutir una suerte de poética generacional, pugnar con ella, sin encaramarse en ningún sitial de falsa superioridad. Así podemos leer: “Eran relatos extraídos del corazón de la Zona de Contacto, escritos, entre otros, por Alfredo Sepúlveda, Ernesto Ayala, Nicolás López y Pablo Illanes. Era también una respiración, un martilleo en la cabeza, la sintaxis del telégrafo enviando mensajes de admiración a Bret Easton Ellis. El punto seguido como ideología y coartada. De la pereza, de la liviandad. Eficacia ante todo, el ritmo ansioso del que aspira al éxito rápido” (página 68)

Más adelante en el libro, López-Aliaga hace una suerte de filiación sentimental. En ella recorre a los autores que han tenido influencia en su propia manera de entender las letras y plantarse en el oficio de escritor. Por esas páginas transita Bryce Echenique, Levrero, Fogwill, Hebe Uhart y otros autores principalmente latinoamericanos. El autor propone un recuento no tanto de afinidades escriturales sino, como decíamos, sentimentales. En ningún caso se plantea la imitación de un estilo, ni siquiera un norte compartido. Por el contrario, hay un relato ameno sobre las particularidades de aquellos autores que se conectan con él y cómo se ha encontrado con ellos, cómo esos autores han compartido parte de su vida, cómo su biblioteca pasó de tener solo a autores muertos a ser amigo de algunos de sus mejores nombres. Esta sección es, probablemente, la que destila un mayor cariño y el relato adquiere visos de tributo a los gigantes sobre cuyos hombros quisiera erigirse.

Hay todavía una tercera sección, titulada “Escritor fantasma”, donde se relata la parte más doméstica de la vida de López-Aliaga: la necesidad de cubrir las deudas, mantener hijos, llevar adelante relaciones, compaginar todo con el escaso dinero que por largos periodos apenas es capaz de redituarle un oficio como el de escritor, el mismo que lo lleva a ser reseñista, tallerista, escritor de guiones para teleseries, etc. Y en lugar del tono oscuro más obvio con el que podría afrontarse esta parte, hay un voz juguetona, con la que es capaz de reírse incluso de sí mismo, en la que echa mano de anécdotas brillantes, como aquella en que cuenta que para que no le cortaran el agua caliente inventó un libro, un autor, con portada y todo, de una supuesta novedad editorial que envió al diario para el que trabajaba y así obtener el pago por la reseña. Y así como esta, todo el libro está plagado de una serie de anécdotas muy bien contadas y divertidas, por las que por sí solas valdría la pena la lectura de esta publicación.

En No soy yo López-Aliaga construye no solo una de las mejores novedades editoriales del año sino que un relato profundamente entrañable. No soy yo está repleto de humor y malgenio, de cariño por un puñado de autores y fraternidad por algunos amigos entrañables con los que se discute y forman proyectos por partes iguales, en los que se encuentra a un par, a un igual, y a alguien que te devuelve al mundo con una puteada. Tiene también rabia por una época y cierta nostalgia por la misma. Quedan cuentas sin saldar y ronda esa molestia con el pasado que a todos incomoda. Hay, sobre todo, una profunda humanidad. El saber que la vida era eso que se ha ido jugando, con lo bueno, con lo malo. Que todo ha contado. Y que la única manera de cerrar bien los capítulos es junto a par de amigos, porque los amigos no clausuran nada, sino que abren nuevos momentos y épocas. En ese entendido y habiendo creado la atmósfera, bien poco importa cuánto de real y cuánto de ficticio hay en este relato.

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