Maivo Suárez: “La novela tiene ese placer de un largo viaje en tren o en colectivo”

Crédito de la imagen: Álvaro Hoppe
Crédito de la imagen: Álvaro Hoppe

Precedida de varios premios en concursos de cuento nacionales y fogueada en talleres de escritura, Maivo Suárez (1964, Talcahuano) editó y proyectó la edición de Lo que no bailamos (2016), su debut literario: un libro de cuentos que mostraba una escritura rigurosa y atenta a los detalles, y a los mecanismos y engranajes narrativos. En 2019 debutó en una editorial formal con Sara (Kindberg), una novela que aborda el drama de una mujer mayor que debe enfrentar la desocupación laboral con una escasa pensión. El año pasado publicó su segundo libro de cuentos, Ambiente familiar (Ediciones de la Lumbre), volumen que ha sido recibido de forma entusiasta por lectorxs y críticxs al igual que su novela. Entremedio también publicó Entre dos casas (2018; Editorial Libresa, Ecuador), libro finalista Concurso Internacional de Literatura Infantil Julio C. Coba.

De sus publicaciones, de su rutina en pandemia y de su trabajo impartiendo talleres de escritura hablamos con ella.

 

– ¿Cuál es la rutina de Maivo Suárez?, ¿qué peso tiene en ella la escritura?

Qué difícil es hablar de rutina con estos dos años de pandemia que han puesto todo patas para arriba. Desde hace nueve meses estoy de “visita” con mi familia en Buenos Aires, y para ser honesta mi rutina actual está más enfocada en leer que en la escritura. Trato de picotear algunos proyectos en los que estoy trabajando, pero muy poco. Ocupo mis horas en preparar material para mis talleres.

Espero recuperar mi rutina cuando regrese a Chile, a fines de octubre. Eso significa levantarme temprano, prepararme el termo, el mate, meterme en mi dormitorio, allí tengo mi mesa de trabajo, y escribir.  Trabajo mejor por las mañanas, de lunes a viernes. Los domingos no entro al computador.

¿Qué peso tiene la escritura? Mucho. Paso el día pensando en función de la escritura. Escucho una frase y pienso “algo así diría tal personaje”, veo un gesto y me pregunto cómo describirlo con palabras, me cuentan una historia y me encuentro al rato extremando el conflicto, llevándolo a la ficción, leo un poema e imagino qué historia puede anidar bajo él.

 

– Estamos sumidos en una pandemia mundial con consecuencias todavía incalculables. ¿Cómo te sientes frente a esta contingencia? ¿Qué lugar le das al libro y a la literatura en este contexto de reclusión?

He sentido miedo, miedo a enfermar, a morir. Estuve dos semanas aislada con tres familiares con COVID. Yo no me contagié, pero soy miedosa y muy imaginativa, así que cualquier síntoma de ellos o mío me llevaba a pensar en epitafios. Ahora que estoy vacunada estoy más tranquila.

Quiero creer que la pandemia y lo vulnerable que somos como especie nos deje algún aprendizaje, ya sea respecto a nuestras prioridades como sociedad, los afectos, la relación con nuestro entorno más próximo, en términos ambientales, ecológicos. Pero todavía es muy pronto, estamos aún en estado de shock, lidiando con las estadísticas, con la muerte de familiares o conocidos.

Me parece que el encierro ha sido una buena excusa para retomar la lectura.  El acto de abrir un libro y leerlo te conecta con la experiencia humana, con la imaginación, les da perspectiva a tus propios problemas, independiente del género. Para mí la lectura ha sido fundamental. Me maravilló aprender a leer, eso de vivir otras mil vidas, meterme en mundos desconocidos, en la imaginación de otros.

Existe una expresión “analfabeto funcional” para referirse a quienes olvidaron cómo leer y escribir por falta de práctica, creo que algunos buenos lectores durante la infancia y la adolescencia se vuelven también, con los años, en “no lectores funcionales”. Quizás tienen muy asociado el leer con una etapa formal de aprendizaje. Y te dicen: yo antes leía mucho, pero lo dejé. Me parece que hemos recuperado una parte de esos lectores a raíz de la pandemia. La esperanza, o mi esperanza, es que sigan aumentando las horas dedicadas a la lectura, a los audiolibros, a un club de lectura, a los talleres; que las librerías, las ferias de libros y las bibliotecas sean ese lugar de encuentro al que puedes acudir a cualquier edad.

 

– Tu debut narrativo pasó por la autoedición. En una entrevista cuentas lo difícil que fue publicarlo y finalmente optas por sacarlo tú misma. Sin embargo, Lo que no bailamos inicia una escritura que se preocupa por los detalles y sostiene su andamiaje en la rigurosidad de la mirada. Cuéntanos un poco del proceso de ese libro, desde la escritura de los cuentos hasta llevarlo a la imprenta y la distribución realizada por ti misma.

Cuando comenté lo de tomarme un año sabático para escribir un libro de cuentos me recomendaron que hiciera un taller personalizado. Tomé uno con Pablo Azócar. Nos reuníamos y revisábamos los textos una vez al mes. Un par de cuentos habían nacido en talleres, más bien habían asomado en un par de párrafos, pero faltaba escarbar allí. Otros, la mayoría, los escribí pensando en el libro. Para ese momento yo ya tenía algunos cuentos premiados en concursos, pero como estaban publicados en antologías no quise incluirlos; me parecía que mi primer libro debía llevar solo textos inéditos.

Cuando terminé el manuscrito se lo pasé a Víctor Hugo Ortega, escritor y periodista, él lo leyó y me animó a que lo publicara, aclarándome que si me ponía a buscar editorial el proceso no sería tan rápido. Las editoriales trabajan con proyectos de un año para otro. Me ganó la ansiedad y como Víctor Hugo tenía experiencia en autopublicación, nos lanzamos a revisar el texto a cuatro manos, definir el orden de los cuentos, etc. Yo misma hice el registro de propiedad intelectual, el trámite del ISBN y coticé servicios de impresión que incluyeran la diagramación y el diseño. Había cursado un diplomado en edición y publicaciones, así que algo sabía del proceso. Me importaba no solo el contenido sino la materialidad del libro, cuando una es lectora ama los libros bien hechos. No es mandar un texto en Word a cualquier imprenta.

Finalmente, presentamos el libro en abril de 2016 en la Biblioteca de Santiago. Vendí los primeros cien ejemplares de una. Lo más complicado sin duda fue la difusión, conseguir reseñas, la distribución, instalarlo en librerías sin apoyo de una editorial. Y mucho más aburrido fue meterse en el tema de facturación electrónica, declaración de IVA, etc. Logré colocar algunos en librerías y salieron algunas reseñas en internet. Me pasó que muchos que compraron un primer ejemplar, lo leían, y regresaban a comprarme otro para regalar. Eso fue muy bonito. Fue una experiencia valiosa y más rentable económicamente, pero las ganas no reemplazan el trabajo profesional de una editorial, la participación en ferias, mayor difusión y el entrar en el circuito del libro que fue lo que pasó con Sara, que publiqué tres años después con Kindberg.

Sin duda Lo que no bailamos es un libro muy especial para mí. Hay mucho de tanteo, de búsqueda en esos cuentos, no solo en los temas sino en la forma de la escritura.  Además, significó mi primera experiencia de contar con lectores, más allá de amistades y parientes. Es todo un paso el salir del círculo de las amigas, la tía y la prima que te dicen “que escribís bonito”.

 

– Tu primera novela, Sara, fue celebrada por las lectoras/es, y la crítica, sobre todo por la protagonista: una mujer que se enfrenta a la desocupación con una jubilación precaria. ¿Cómo fue pasar del formato cuento a la novela? ¿Te propusiste como desafío abordar en un relato más largo algo que te parecía muy amplio para un cuento?

Lo primero fue abordar el género novela porque ya había escrito cuentos, y quería probar algo nuevo. Aunque más que en amplitud, yo pienso la novela como un formato que te permite entrar con mayor profundidad en los personajes. Ese fue mi objetivo más que pensar el largo del texto, de hecho, Sara es una novela relativamente corta.

Cuando escribí la novela (2015/2016) recién se consolidaba el movimiento No+AFP y el llegar a viejos era un tema en la boca de todos, desde la preocupación, desde el miedo a envejecer, el miedo a ser desechables. Y me pareció, desde mi experiencia lectora, que no había mucho libro chileno con personajes transitando ese ciclo vital. Así que mi primer interés era que la novela llevara a los lectores a pensar en las vejeces o en su propia vejez, real o imaginada. Para ello me enfoqué en construir a Sara como personaje y luego en contar la historia desde dentro de su cabeza medio loca.

Leí por ahí en una reseña que igual tiendo a cerrar los capítulos como si estuviera trabajando en el formato cuento. Puede ser, he escrito más cuentos que novela. Disfruto la escritura de ambos formatos, de hecho, cuando ya tuve claro de qué iba Sara y tenía medio bosquejados los capítulos, encontraba muy estimulante el entrar todos los días en ese mundo inventado y saber que esa estadía duraría muchos meses. La novela tiene ese placer de un largo viaje en tren o en colectivo, y a mí me encantan los viajes de muchas horas.

Soy de escribir lento y revisar mucho. Pero mientras se avance y lo disfrute, para mí está bien. No tengo preferencia de formato. Yo disfruto el escribir.

 

Ambiente familiar retoma la pulsión de tus cuentos, pero ahora focalizándose sobre todo desde las relaciones, las máscaras que usamos para vincularnos con las distintas personas. ¿A partir de qué elemento comienzas a construir tus cuentos? ¿Piensas en cada personaje en su particularidad?

Para mi segundo libro me interesaba abordar algunos temas como la infidelidad, la vulnerabilidad en la infancia, los secretos, las relaciones tóxicas, el crecer, la migración o eso que tú resumes tan bien con “las máscaras que usamos para vincularnos”. Parto por ahí y luego pienso en qué quiero provocar con la lectura del cuento, aunque sé muy bien que eso es un espejismo —cada lector finalmente construye su propio cuento—, pero aun sabiendo que es un espejismo yo intento seguirlo y lo tengo presente mientras voy armando los personajes o la trama.

Por ejemplo, en “El informe de los niños muertos”, mi espejismo era dejar claro en el lector que el hecho de pasar por un hogar del Sename no es gratuito para ningún niño o niña, ya sea en términos físicos y emocionales, y por ello a ratos la descripción de Marilyn es tanto o más cruda que lo que le ha tocado vivir en la ficción, porque me interesaba que el lector viera las secuelas de la institucionalización.

 

– En tus libros brillan sobre todo los personajes. Hebe Uhart plantea que el habla puede caracterizar (a veces) mejor a un(a) personaje que una descripción tradicional. ¿Qué opinas de esta tesis? ¿Piensas a tus personajes desde su habla o prefieres que sus gestos y/o descripciones complementen la idea que los lectores podemos hacernos de ellos?

 Rulfo también le daba mucha importancia al habla de los personajes. Creo en la tesis de que una voz caracteriza mucho más.  Pero en mi caso la caracterización va más por cómo se sienten o cómo se instalan en el mundo, cuán incómodos o cómodos están con el entorno, con sus propias decisiones, con sus miedos, con los otros personajes. Construyo desde allí, y desde allí también creo los diálogos, la corporalidad, y describo ese cuerpo, esa forma física de estar, siempre y cuando aporte a la realidad mental del personaje. Me interesa mucho más lo psicológico de los personajes. Quizás ello obedezca a las décadas que ejercí como trabajadora social: el sufrimiento mental, el diálogo interior, contaminan   todo.

 

– Últimamente has trabajado impartiendo diversos talleres de escritura. ¿Ha sido solo en modalidad telemática? ¿Es el espacio de taller un lugar de formación adecuado para una aspirante a escritora? ¿Cuáles son las principales inquietudes que ves en quienes comienzan a escribir con aspiraciones más profesionales?

Me encanta el taller, tener ese contacto, conocer nuevas voces, poder compartir mi experiencia. Comencé dando talleres de forma presencial en 2018. En 2020 me contactaron de Bibliotank y diseñé un laboratorio virtual, con énfasis en la lectura.

Yo me formé en talleres (y sigo tomando talleres más especializados) y valoro mucho el taller como un espacio en el que te conectas con tu proceso creativo, con la lectura, con otras escrituras y con gente que ama los libros. En mi caso, a los cuarenta años, yo tenía solo las ganas y por ese entonces creía que como no había estudiado ni Letras ni Periodismo, un taller literario era un buen punto de partida para comenzar a escribir. Lo de creerme el cuento y publicar, vino después.

Pero la gran diferencia, creo yo, la hacen las horas de escritura y de leer con detención. Si lees poco y escribes poco, eso no lo suple ningún taller.

¿La principal inquietud de quien quiere realmente escribir? Ya lo dijo Francella: se puede cambiar todo, pero no se puede cambiar de “pasión”. Te puede gustar escribir, y eso está muy bien, pero es vital que te apasione.

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