m. naranjo igartiburu: “lo inaprensible e irrepresentable, el misterio, somos nosotros mismos, comenzando por nuestro lenguaje y nuestros cuerpos”

El caso de Manuel Naranjo es extraño e interesante. Para cualquier lector más o menos insistente de revistas digitales de poesía, su nombre aparece vinculado a la traducción y la crítica. El 2018 publicó su versión del libro Inclinación de la poeta inglesa Jean Sprackland a través de la editorial Komorebi, sello que dirige desde Valdivia junto a María José Cabezas y Pedro Tapia. ejercicios vacíos fue publicado el año pasado por Buenos Aires Poetry y es el primer libro que Manuel publica como autor. Los poemas del volumen, agrupados en dos secciones (ejercicios vacíos y cuerpos en la penumbra), recuerdan a lo mejor de la escritura aforística de autores como Kafka, Lichtenberg o, más acá, el argentino Antonio Porchia. A través de la contradicción como procedimiento y la demostración de la absoluta inoperancia del lenguaje para nombrar lo absolutamente otro, Manuel construye un volumen de poemas que se sitúan en la indeterminación más radical. ejercicios vacíos no tiene nada que decirnos sobre los tiempos que corren, porque su gesto precisamente desarma esa pretensión vana del lenguaje de dar cuenta de las cosas.

“Siempre podrás elegir / ninguna de las opciones mencionadas” leemos en los versos que abren el libro y ya nos podemos hacer un idea de la tesitura de los poemas. Publicar tardíamente y además escoger un modo de aproximarse a la escritura cercana a la meditación silenciosa frente a lo incomprensible: esos son los bordes que transita Manuel, a quien entrevistamos vía correo electrónico para que nos contara sobre sus rutinas, discos imprescindibles, lecturas de cabecera e inclinaciones estéticas.

Antes de publicar tradujiste un libro de Jean Sprackland, además de poemas de George Oppen, Maggie Nelson y Charles Wright. ¿Ves alguna relación entre tu propia escritura y el proceso de traducción?

Totalmente, por lo menos en el caso puntual de la escritura de estos textos. Ambos procesos se relacionan con la desaparición. Al traducir opera primero una especie de vaciamiento para permitir que la voz y la visión de mundo del otro autor entre en ti libremente y resuene. Consumado eso, lo que por cierto nunca se logra del todo puesto que las experiencias son intransferibles y las lenguas tienen ciertas particularidades que no se pueden replicar, se puede expresar de manera aproximada lo que éste quiso decir. La traducción por tanto es hospitalidad y abandono, un ejercicio que mezcla la recepción de un otro que permites que ingrese dentro de ti, respetando su alteridad, el/la que luego de un tiempo empieza hablar a través de tu boca, pero, y esto es importante subrayarlo, con cierta melancolía, ya que por muy espléndido que sea el resultado la traducción no dejará de ser nunca una variación, una glosa, un discurso secundario a partir de otro precedente, que siempre tendrá algo inaprensible que se escapa. Fenómeno que sin embargo me parece fascinante, nada trágico, ya que demuestra que la traducción se asemeja más a rozar algo, que a poseerlo. Más con el viento que con la coagulación.

Algo parecido sucede con ejercicios vacíos. En él también opera un vaciamiento, una anulación deliberada del sujeto y de cualquier atisbo de certeza por medio de distintas estrategias negativas que socavan el discurso, en pos de abrir una fisura por medio de la cual arribe otra voz, en este caso el murmullo inverbalizable de la vida misma, el gran misterio. Pero al igual que como pasaba con la traducción, sólo rozándolo, sin ponerle nombre, y por lo mismo, sin reducirlo o mutilarlo.

Tu primer libro aparece publicado en pandemia y por una editorial extranjera, ¿cómo surge este primer volumen y por qué publicarlo afuera?

Me encantaría decirte que esto obedeció a un plan meditado tras el cual hay una especie de declaración de principios de mi parte o algo por el estilo. No, fue simplemente fruto de los misteriosos azares del universo, que en lo personal siempre intento abrazar y aceptar. El “culpable” o detonador de todo esto fue el poeta Rodrigo Arriagada-Zubieta, uno de los editores de Buenos Aires Poetry, quien en medio de una conversación sobre otro tema nada que ver, tuvo la intuición de preguntarme si tenía algún manuscrito. En ese momento, fines de mayo del 2020, sólo tenía escrita la primera parte del libro (la hice entre el 2015 y el 2017 y estaba literalmente guardada/olvidada en una carpeta del computador). Se la envié entonces y tanto a él como a Juan Arabia, el director de BAP, les gustó para mi sorpresa, comenzando ahí todo. Como esa parte era muy breve para conformar un libro me aboqué a la tarea de escribir otra (una idea de díptico que tuve desde un comienzo en todo caso), surgiendo así, con harto vértigo y en plena pandemia “cuerpos en la penumbra”, la segunda parte del libro, mucho más existencial que metapoética, una especie de espejo premeditadamente simétrico y antagónico de ejercicios vacíos, en la que el tema de la fugacidad y fragilidad de la vida es muy fuerte, debido en gran parte a la amenaza de este virus (algo de lo que no fui consciente y que advertí después).

Dicho esto, Buenos Aires Poetry es un sello reconocido con una importante colección de traducción y de voces nuevas de toda Hispanoamérica. Que nuestros caminos se hayan entrecruzado tan inesperadamente lo tomé como una señal que no podía ignorar y desaprovechar. También, lo reconozco, me pareció del todo coherente que un libro tan inhóspito como éste, tan extranjero en cierto sentido (no porque sea particularmente especial, sino porque no se alinea con las estéticas que predominan en este momento) saliera por una editorial de otro país.

En los poemas de ejercicios vacíos encontramos un tono cercano al aforismo o al salmo. Tú mismo citas, entre otros, a San Juan de la Cruz o el Maestro Eckhart, ¿cuál es tu relación con esta dimensión —si me permites la expresión— más religiosa del poema? Religiosa en el sentido de la teología negativa, por ejemplo.

La religión, por distintas razones bien inexplicables para mí mismo, siempre ha sido una dimensión que me ha interpelado e interesado pese a mi resistencia, en especial el discurso religioso y sus estrategias para decir lo indecible y/o hacer presente lo ausente. Es por tanto uno de los tópoi o lugares donde se establece este librito (siguiendo la idea de topología de Vincenzo Vitiello) por medio de citas implícitas y diálogos con la tradición mística, sobre todo la cristiana (aunque hay también algunas referencias a la judaica), así como con ciertos libros puntuales de la Biblia, el Éxodo y el Eclesiastés. Pero, como decía, desde un punto de vista discursivo, no devocional. Creo que en ningún caso podría catalogarse este libro como religioso, si entendemos por esto la adscripción a los dogmas de una determinada tradición o denominación espiritual, pero sí tal vez si entendemos por esto una fe indeterminada en el abismo, en un afuera radical que está más allá de las esferas de lo conceptualizable y del discurso.

Eso explica precisamente mi interés por la teología negativa que años atrás descubrí cuando intentaba desentrañar Defensa del ídolo (1934) de Omar Cáceres; tradición teológica que reflexiona sobre Dios e insiste en que lo divino, al ser radicalmente trascendente, no debe ser aproximado a través de un lenguaje positivo (es decir, afirmativo o propositivo, en el sentido de Dios es tal cosa), sino a través del uso continuo de figuras negativas (tales como paradojas, antítesis, oxímoron, etc.) que enfatizan la inadecuación de todo lenguaje para capturar su señalada trascendencia. Extraigo y desplazo de ella al mismo tiempo su noción de Dios como lo totalmente Otro, como aquello que rebasa cualquier intento de representación, así como también la permanente socavación del discurso para primero expresar esa imposibilidad de verbalizarlo y de reducirlo a nuestros esquemas de comprensión, y segundo y más importante, para permitir que en ese abandono de todo fundamento, en esa errancia o no-saber, éste brille en su oscuridad o se haga presente como ausencia. Digo desplazo porque, si bien empleo estas estrategias discursivas, en ejercicios vacíos no hay rastros de Dios, lo inaprensible e irrepresentable, el misterio, somos nosotros mismos, comenzando por nuestro lenguaje y nuestros cuerpos.

Eres parte del equipo de editorial Komorebi, cuyo catálogo tiene títulos particularmente distintos al resto de la obra de esos autores. Estoy pensando en Exterminio de Juan Manuel Silva o Fin desierto de Montalbetti, cuyas poéticas flirtean con la escritura de los textos sagrados de la tradición occidental. Cuéntanos un poco sobre la editorial y cómo van pensando en su catálogo.

Mira, me alegra harto que hayas reparado en eso, puesto que efectivamente es expresión de la línea editorial de Komorebi (sello independiente, que junto a María José Cabezas y Pedro Tapia, conformamos en Valdivia el año 2017), la que se caracteriza por la publicación de textos que expresen algún grado de juego o experimentación, ya sea en el ámbito del discurso o en la representación de la imagen del mundo (idealmente ambas cosas), interés y búsqueda que se traslada también al interior de la obra de los mismos autores.

Es lo que pasa con los libros que me señalas, los que se separan completamente de su registro habitual, son una rareza dentro de su producción poética (otro caso que ejemplifica bien esto es La marcha hacia ninguna parte de Tania Favela). Si bien Mario tiene acostumbrados a sus lectores a que cada libro suyo sea diferente al anterior (algo que sin embargo se ha ido aminorando el último tiempo al sacar una seguidilla de poemarios-ensayos más parecidos entre sí, lo que por supuesto no tiene nada de malo), lo cierto es que nunca más se vio a un Montalbetti tan metafísico, barroco y místico como el que se manifiesta en Fin desierto y otros poemas, un libro que como bien notas, dialoga con textos sagrados de la tradición occidental (especialmente con los libros proféticos de la Biblia y las frases de los Padres del Desierto) con gran escepticismo y humor negro.

El caso de Exterminio de Juan Manuel es mucho más extremo, en el sentido de que realmente muestra una faceta distinta de su trabajo (lo más cercano a esto es quizás su libro Cetrería del 2011, estando aún muy lejos). Si por ejemplo en Trasandino (2012) y su novela Italia 90 (2015) realiza una meditación en torno a la memoria y los lazos familiares, a cómo el pasado u origen prefigura lo que somos y seremos en el presente y futuro, en Exterminio hay una anulación total del mundo exterior y un repliegue hacia el lenguaje, el que muestra su incapacidad para describir la opacidad de la experiencia, tomando para ello ideas de la Cábala y el sufismo, particularmente el mito del exilio -del significado- de la primera. Es una especie de agujero negro que de algún modo relativiza, o mejor, pone en tensión todo lo publicado antes por él, y que paradójicamente lo muestra en su máxima fragilidad (paradójico porque el yo está más bien sepultado en los textos). De ahí entonces nuestro interés.

Y sí, en estos dos casos, junto a Las cábalas del sueño de Olga Acevedo, se da efectivamente una conversación con imaginarios tradicionales-antiguos que cada autor reactualiza de una manera muy particular (vino nuevo en odres viejos), pero no es una característica obligatoria a la hora de escoger un libro para nuestro catálogo. De hecho, los otros títulos que hemos publicado se insertan en coordenadas totalmente distintas, manteniendo en común eso sí lo que dije al principio, lo referente a la manifestación de algún grado de juego o experimentación.

La pandemia ha transformado radicalmente nuestra vida cotidiana, modificando también el espacio en que los libros existen: las ferias se han mudado a plataformas virtuales y las librerías han comenzado a trabajar en modo delivery, ¿cómo ves el panorama del libro en medio de esta crisis?

El panorama para este 2021 lo veo con moderada expectación y optimismo, puesto que difícilmente será más malo que el 2020, aunque, claro, todo es tan incierto y movedizo que es difícil de prever. Mi relativo optimismo radica en la posibilidad de que actividades tan importantes para cualquier editorial independiente como las ferias y las presentaciones de los libros vuelvan a ser pronto presenciales, ojalá con mayor seguridad y tranquilidad a partir del segundo semestre con el virus más desterrado/controlado gracias a la vacuna. Esas instancias son claves no sólo para la venta directa de ejemplares, sino también para interactuar con los lectores, y los demás amigos editores, espacio de retroalimentación que se vio muy afectado el pasado año, y que la virtualidad no pudo reemplazar, siendo solamente un buen instrumento de difusión. Aun así, hay que reconocer que sin estas plataformas y transmisiones online la situación habría sido mucho peor y deprimente, mantuvieron el espíritu en alto y demostraron que el mundo editorial sigue vivo y es capaz de lanzar títulos interesantes a pesar de todo. La creación de nuestra página web (www.komorebiediciones.cl) que por fin pudimos realizar durante este parón también contribuyó a sobrellevar esta situación. Pero los aplausos se los llevan principalmente las librerías independientes, y en nuestro caso también nuestra distribuidora Pirita Distribución, que tanto por la modalidad delivery como por la más clásica de envío por medio de empresas de mensajería, supieron reinventarse y ofrecer un excelente servicio pese a las dificultades y riesgos, permitiendo que los libros sigan circulando y encontrando lectores.

En este mismo sentido, ¿has visto alteradas tus rutinas de lectura y/o escritura?

Claro que sí, al igual, me imagino, que la mayoría de las personas en esta situación tan complicada y angustiante. Mi familia es numerosa, por lo que tuvimos que adaptarnos para no chocar tanto en este encierro. Fue difícil, sobre todo para mí que me gusta trabajar en silencio, pero creo que con el paso del tiempo lo hemos logrado relativamente bien. Pese a eso, no pude leer todo lo que hubiera querido (sólo lo relacionado a Komorebi y un poco más) y en cuanto a la escritura, un poco mejor, pude entre otras cosas avanzar en dos proyectos de traducción (sobre libros de Melville y Cummings) y, como te contaba, escribir la segunda parte de ejercicios vacíos, lo que, dado el contexto, me parece aceptable.

¿Qué has estado leyendo, escuchando o viendo últimamente? Recomiéndanos un libro, un disco y/o una película.

Recomiendo la serie danesa Algo en que creer, aún disponible en Netflix, que me acompañó durante un tramo importante del complejo 2020. Narra la historia de la familia de un pastor luterano, y aborda (de una manera tensa y sobria, muy en la línea del cine de Bergman con el que dialoga) dialécticamente temas como el azar vs. el destino, la tradición vs. el deseo, la ortodoxia vs. el arrobamiento místico, etc. Pero por sobre todo el asunto de la fe que, parafraseando a Pascal Quignard, es un rasgo del sueño que consiste en aceptar la herencia de lo que se ignora (por su inaccesibilidad), y que lejos de destruir las preguntas, como suelen creer sus críticos (yo mismo entre ellos por más de dos décadas), puede abrir algunos abismos que pocos podrían imaginar o entrever.

En cuanto a la música, me es difícil señalar un solo álbum, por lo que recomiendo “Day and Night” de Movietone, “A Stable Reference” de Labradford, “27:36” de Gregor Samsa, “Public Strain” de Women y “Long Division” de Low, discos a los que regreso cíclicamente y siempre me susurran algo.

Lo mismo me pasa con los libros, así que aconsejo la lectura de El libro de las preguntas de Edmond Jabès, Figuras de lo imposible de Zenia Yébenes, Casi invisible de Mark Strand y 58 indicios sobre el cuerpo de Jean-Luc Nancy. También del Diván del Tamarit de Federico García Lorca, libro que ahora mismo estoy releyendo con harto asombro.

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