Juan Manuel Silva: “[En traducción] Un libro cualquiera de los que se publica en Argentina sería uno de los libros del año en Chile”

Créditos: Leticia Silva

 

Un escritor chileno-argentino recorre junto a sus perros el centro de Santiago. Carga telas de casimir, láminas de álbum, la Biblia, el Tao, un catálogo de aves y fotografías familiares. Juan Manuel Silva Barandica (Mendoza, 1982) a su corta edad ha pasado por toda la industria del libro y pareciera que viene de vuelta. Tiene las mismas preguntas por el poema y la literatura que cuando comenzó a escribir. Autor de varios poemarios reunidos en 2016 en el volumen Acerca de personas, al que habría que sumarle Ornitomancia (Ediciones Bastante, 2017) y Exterminio (Komorebi, 2019). De su fanatismo futbolero, hincha de Universidad de Chile y la vieja escuela pelotera surge la novela Italia 90 (La Calabaza del Diablo, 2015). Ha traducido La roca de Wallace Stevens (La Calabaza del Diablo, 2014) y Amistad, amor y matrimonio de Thoreau (Montacerdos, 2020).

De la pandemia, de poesía, traducción, fútbol y el futuro del libro hablamos con él.

 

– ¿Cuál es la rutina de Juan Manuel Silva?, ¿qué peso tiene en ella la escritura?

Soy bastante normal: o trabajo muy pegado (casi todo el día) o estoy en blanco (el resto del tiempo), sin hacer prácticamente nada. Cuando me llega alguna imagen, idea o línea de sonidos que me llama la atención la anoto. No tengo manuscritos. No puedo sentarme solo a escribir. Por lo mismo, tampoco soy ordenado, ni quisiera serlo. Escribo cuando puedo, cuando me es dado. No digo con esto que no lo haga de manera más sistemática por trabajo; me parece que la situación se parece un poco a la memoria involuntaria de la que habla Proust. Lo que no se puede controlar permite una indagación menos funcionaria en lo real.

– Pasamos de forma estrepitosa de un Estallido Social a una pandemia mundial con consecuencias todavía incalculables. ¿Cómo te sientes frente a esta contingencia? ¿Qué lugar le das al libro y a la literatura en este contexto de reclusión?

Lo que se ha puesto en juego con la crisis social y pandémica es la comunidad. Necesitamos ser conjuntos, colectivos, seres de mayor envergadura para enfrentarnos a las grandes organizaciones de la explotación capitalista. Sindicatos, ligas, organizaciones antiguas y otras nuevas, que permitirán expandir por primera vez la vida a lo que es posible y no lo que se espera que sea. La utopía de la pluralidad, de la singularidad colaborativa. En términos simples, la búsqueda colectiva de la felicidad común.

En la naturaleza, se llaman sifonóforos, es decir, un ser hecho de seres; en el mundo medieval la forma eran la heráldica y el tratado, una imagen hecha de imágenes y un texto hecho de textos; para Walter Benjamin es la imagen dialéctica, el mosaico, la constelación y la alegoría cruzada por el rayo cegador de la muerte; para Farid Uddin Attar es el Simurg que se construye con todos los pájaros unidos. Pero también son los monstruos y los híbiridos, las mutaciones y todos los modos que el montaje tiene para representar el vibratorio murmullo de lo real: su numerosa y contradictoria sustancia. La reunión es ya una estrategia.

¿Qué puede hacer la literatura? Representar el caos. Adentrarse en esa masa informe como en un recuerdo.

– Empecemos desde Acerca de personas (Autoedición, 2016), donde reúnes gran parte de tus libros de poesía hasta la fecha: Cetrería (Piedra de Sol, 2011), Trasandino (La Calabaza del Diablo, 2012), Casimir (La Calabaza del Diablo, 2014) más algo inédito. Las aves y la migración parecieran ser tus tópicos recurrentes, ¿a qué atribuirías aquello?

 Desde chico me gustaba buscar patrones y, sobre todo, creer que los había encontrado. Dudo mucho de que esto tenga más valor que el estético, pero que un tema y un motivo sean también procedimientos, es decir, modos en los que se ordena o se construye la realidad, es algo que me preocupa. Si pensamos en las aves, los primeros atributos que podemos mencionar son: su ingravidez (el incumplimiento de las reglas terrestres por el vuelo) y su comunicación a través de la música. Son mensajeras, son mensajes: median entre dos ámbitos, son una representación de la imagen, porque la imagen es, en sí, encuentro: imago, eikos, eikon, eidolon.

Con respecto a la migración, es un desplazamiento, pero también es el territorio, los límites convencionales, las fronteras, las lenguas, los hábitos. Podríamos decir que hay, por una parte, una conexión y por otra, un desplazamiento. Las aves son metáforas perfectas de la poesía. El exilio, y el mito del exilio judío, son representaciones de la metonimia, del desplazamiento.

Creo que esto ocurre porque me gusta ver las ideas conectadas a las cosas más sencillas y, por sobre todo, me gusta creer que todo está relacionado. Al menos así se me aparecen estas cosas. La única manera de experimentar esto, para mí, es a través de la imaginación.

 

– Según Gonzalo Maier, Ornitomancia es uno de tus poemarios más transparentes hasta la fecha. ¿Estás de acuerdo con aquella sentencia?, ¿crees que tu poesía rehúye la comunicabilidad para adentrarse en los espacios opacos de la lengua?

Ojalá supiera qué cosa quiere la poesía que escribo o, mejor dicho, que me es dada. Yo corrijo, pienso, organizo y construyo relatos, discursos, pero la poesía y su presencia en el poema es un asunto misterioso. El poema comunica lo que es, es decir, poesía, movimiento, síntesis, tensión de lo irreconciliable. Si supiera dónde quiero llegar con el lenguaje no escribiría literatura. Me cuesta entender a la gente que quiere probar puntos o creencias con la literatura, es como espantar una mosca con un lanzacohetes. No tiene sentido. Un espíritu utilitario puede hacernos creer que el placer se construye, pero no podrá resumir un buen poema o explicar completamente una imagen conmovedora.

Para mí el poema es un laboratorio de experimentación sobre la poesía. Indagación, principalmente.   

texto presentación Komorebi ediciones

 

Exterminio, por otra parte, es una búsqueda más radical. Las sentencias se suceden con un ritmo ceremonioso, intentando conectar con algo más allá de la realidad evidente. ¿Qué espacio le das a lo religioso en este libro y su relación con el lenguaje?

 Siempre he creído en muchas leseras. De chico me interesó la devoción, los misterios y las representaciones y ritos cristianos y católicos, su relación con el calendario, con la agricultura y con los estados de ánimo de la gente. Ya después pude meterme más en otras ondas, quizás menos sistemáticas y más intensas, más vivas. Me parece, aunque puedo estar en lo incorrecto, que los textos de Exterminio hablan de un límite del lenguaje y de un más allá donde no es posible que el lenguaje refiera a vida, a comunidad, a desarrollo y cambio. Es un más allá detenido, por decirlo de algún modo. Es la muerte, es el dios monoteísta, es la lengua pura, son los ríos, el árbol, la nuez y el eje. Es todo esto, pero no el cambio, la fluidez, la vibración y el crecimiento. Esto no ocurre en otro espacio, sino que en el lenguaje mismo. Son quistes de viejos usos. Hay algo de esta sacrificialidad religiosa que permanece en las prácticas más anacrónicas, en las divisiones, los prejuicios. Ahí está el exterminio, ahí está la muerte de la colectividad, el exilio de un lugar o una lengua. En la xenofobia o la aporofobia, por ejemplo.

 – Hasta ahora tu única incursión en narrativa ha sido la novela Italia 90, a propósito del mundial y el álbum de láminas. ¿El futuro del fútbol sigue estando en el pasado?, ¿le falta narrativa futbolera a la literatura chilena?

 El futuro de todo está en el pasado. O, mejor dicho, en hechos materiales pasados. Me gustaba la cita porque es muy binaria, como los doblajes, como los dos tiempos, como los dos arcos, los que ganan y pierden, lo que pasó y lo que vendrá. Se piensa aún que el futuro será mejor (hoy, quizás no tanto), pero no hay razones para esperar eso. De hecho, lo deseable sería que todo cambiara siempre. No como un tagadá, pero al menos como las estaciones.

Con respecto a Italia 90 solo puedo decir que quise contar una historia a través de una serie de relatos subsidiarios orales. En un principio pensé escribir poemas sobre futbolistas, pero la forma de la idea era la de una novela: un chiste hecho de chistes, sobre esto mismo, las determinaciones binarias, los buenos y los malos, los de abajo y los de arriba.

Le falta poesía a la narrativa. Supuestamente este es un lugar privilegiado para la poesía y casi nadie lee poemas. En ese sentido, Floridor Pérez era espectacular. Era una persona capaz de transmitir con mucha pasión lo que lo emocionaba de un poema, cuestión que invitaba a leer. Te hacía sentir que estabas en otro tiempo. El tiempo en el que la poesía era importante. Me pegó unas raspadas de cacho feroces por las tonteras que yo hablaba en el taller de la Fundación Neruda, pero siempre a la pelota. Nunca iba a la maleta. Quizás me di toda esta vuelta para hablar de don Floridor. Más Floro, menos oro. Floro forever.

 – Tradujiste a Wallace Stevens, Henry David Thoreau y estás preparando una antología de la poesía de Carl Sandburg. ¿Qué criterios utilizas para escoger a los autores a traducir?, ¿cómo ves la traducción en Chile en relación, por ejemplo, a Argentina?

  Me gusta hacer las cosas como puedo, es decir, como chileno, al tuntún, porque sí. Y como te decía, creo que la literatura es un instrumento de búsqueda, el sentido de una búsqueda y, a veces, el destino de la misma búsqueda. ¿Qué hay en el extraño mecanismo de las palabras que permite a veces, solo a veces, que se conecte un grano de arena con una galaxia? Hay mucho más que lo que yo puedo decir: y esto ocurre en un poema porque es posible que ocurra.

Los tres autores mencionados no tienen nada que ver, quizás, salvo en el poder de sus imaginaciones. Son formas que preñaron el imaginario de distintos sectores de la sociedad en distintos tiempos.

Argentina es un país extraordinario en muchos sentidos, uno de esos es el trabajo de traducción, el que tiene y ha tenido un muy alto nivel, y el que refleja una curiosidad patológica de los lectores argentinos. Literatura coreana, japonesa, polaca, rusa, alemana, solo por mencionar los últimos libros traducidos que he visto en la red. Acá se ha hecho una buena pega, pero falta mucho. Un libro cualquiera de los que se publica en Argentina sería uno de los libros del año en Chile; de hecho, cuando han llegado en el momento preciso lo han demostrado. Creo que en Chile hay muy buenos traductores, no solo en la pega de la marca personal al texto de partida, sino en la agilidad y energía del texto de llegada; harta cachaña. Soy de los que cree que hay que ir hacia adelante, porque se puede, ir al mano a mano, al pie a pie, enfrentarse a los textos, intentar leerlos.

Hay salidas muy ingeniosas e inteligentes, textos muy distintos que se encuentran casi sin ninguna razón más que el azar en el escritorio de un adolescente de estos días. Eso pasaba antes, pero de una manera más precaria. Su Baudelaire, su Artaud, su Eliot. Ahora uno puede leer a Berryman, a H.D. y a Jean Sprackland, por poner un par de ejemplos, en editoriales no solo de Santiago.

– Como editor, autor y lector frente a este contexto, ¿crees que el libro digital tendrá un auge importante como algunos vaticinan?

Está creciendo y lo seguirá haciendo; si esto continúa de esta manera, el libro será un objeto aun más lujoso que ahora, tanto por el espacio que usa como la materia que se procesa para crearlo. O bien podrán convivir ambos en una sociedad que respete las distintas escalas productivas y necesidades. El futuro existe porque podemos vivirlo. Es raro que lo veamos como algo aparte, como la sanción de un árbitro o una noticia. El futuro es lo que estamos construyendo en estos momentos.

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