Dorayaki. Traducción Amalia Sato (2024)
Durian Sukegawa (1962)
Chai Editora
ISBN: 978-631-90050-4-2
194 pp.
Por Valentina Sepúlveda Ávila
Algunos lectores volvemos a la narrativa japonesa porque no encontramos en otro estilo literario ese tan peculiar minimalismo emocional, la tan pulcra atención en los detalles cotidianos, aquella melancólica visión sobre el paso del tiempo, y hasta la atención del autor en el desarrollo psicoanalítico de sus personajes. Dorayaki no es la excepción.
Esta es una sensible novela que relata la historia del solitario joven Sentaro, encargado de una tienda de dorayakis que atraviesa el dilema de darle trabajo a Tokue, una anciana sobreviviente de la enfermedad de Hansen en Tokio, Japón. Este clásico postre de dos tapas de bizcocho y una pasta de azuki en su interior, representan figurativamente lo que en gran parte es este relato: un rico dulce japonés. Un poco salado, un poco dulzón. Por otra parte, los sentimientos profundamente arraigados que el protagonista puede tener respecto a esta enfermedad encarnan el agrio dilema que —no exento de grandes sorpresas y giros— pone al centro una crítica sobre la exclusión, la injusticia y la humanidad.
La enfermedad de Hansen (o lepra) en Japón fue un grave problema de salud pública a principios del siglo XX. Al no existir tratamiento en sus inicios, en 1907 se promulgó una ley que facultó el aislamiento de pacientes en sanatorios, pero tras modificaciones posteriores, el proceso pasó a desarrollarse como ciclos de aislamiento forzado. Ya no era solo un problema de salud, sino que se transformó en una cuestión de discriminación sistemática que vulneró derechos humanos de pacientes y familiares. La política de aislamiento prosperó hasta 1996, a pesar que la enfermedad de Hansen se consideró mundialmente curable desde la posguerra. En la actualidad, aún persisten los ancianos que habitan estos sanatorios, probablemente inmersos en el abandono, ciertamente afectados por un estigma social mal orientado en materia de política pública.
Es Tokue, víctima desde niña a este aislamiento forzado, quien personifica el pequeño bocado de optimismo que remeció a los pacientes confinados cuando dicha ley perdió vigencia. Al fin eran libres, pero para algunos fue demasiado tarde. “Cuando cambió la ley, hubo un momento breve de felicidad en el que todos pensamos que podríamos volver a casa. Pasaron más de diez años desde entonces pero nadie nos ha venido a buscar. El mundo sigue siendo tan cruel como lo ha sido siempre”, (124).
Su conmovedor comienzo y su piadoso final es simplemente esperanzador. En tiempos donde la inmediatez se transforma en un recurso necesario para tantas actividades, detenerse en una lectura que invita a la pausa, a la introspección y a preguntarse en qué consiste la vida resulta intrínsecamente estimulante para el goce del presente. Aún más cuando no se pierden de vista aspectos como el inconsciente, la superación de las heridas del pasado, la soledad y el duelo. Se llega a sentir como un dulce abrazo, tan cálido como los lectores de Sukegawa llegamos a imaginar esos árboles de cerezo en Tokio.
