Felipe Reyes: “Para escribir, si hay alguien que no se ajusta a ningún tipo de fórmula es precisamente Arlt”

“Cuesta hablar de literatura chilena sin nombrar a Carlos George Nascimento”, dice Germán Gautier en una entrevista hecha a Felipe Reyes (Santiago, 1977) el año 2014. Agregaría: cuesta hablar de Nascimento sin consultar antes al menos con él. Periodista de profesión y autor de una serie de libros que abordan de forma documental y ficticia a grandes figuras de la cultura y literatura latinoamericana: Nascimento: el editor de los chilenos (Premios Escrituras de la Memoria, 2013), Rodolfo Walsh: reportero en Chile (Ventana Abierta, 2018), Roberto Arlt. La química de los acontecimientos (La Pollera, 2020), Chacarillas. Los elegidos de Pinochet (Alquimia, 2019), Un reflejo en el agua movido por el viento (Lumen, 2018). Migrante (Ventana Abierta, 2014) su primera novela, aborda el fenómeno de la migración en el Chile del siglo XXI; Corte (La Calabaza del Diablo, 2015), su segunda novela, narra la confrontación de dos choros en una cancha: una novela punzante, vertiginosa y compleja en su construcción que devela un Chile profundo y doloroso.

De sus libros a la fecha, de la reciente publicación de las crónicas de Roberto Arlt y sobre sus obsesiones hablamos con él.

 

– ¿Cuál es la rutina de Felipe Reyes?, ¿qué peso tiene en ella la escritura?

Mi rutina no es muy diferente a la de la mayoría de las personas que intentan sacar adelante su kioskito artístico-literario: dividir el día entre el trabajo de subsistencia y el trabajo personal, en mi caso la escritura (con la que también “me gano la vida”) y la música. No sé si por un exceso de entusiasmo o de pura fascinación por lo que voy leyendo, conociendo, encontrando o escuchando la escritura, tanto de textos “documentales” en los que me gusta mucho trabajar o de forma más lenta en la ficción, es una actividad que ocupa un lugar absolutamente primordial en mis días en estos momentos, y sin ningún horario determinado.

 

– Estamos sumidos en una pandemia mundial con consecuencias todavía incalculables. ¿Cómo te sientes frente a esta contingencia? ¿Qué lugar le das al libro y a la literatura en este contexto de reclusión?

Me siento en un permanente estado de pregunta, de incertidumbre. Quizá acentuado por la triste consecuencia de padecer a un gobierno nefasto, indolente y soberbio, que tiene a la cabeza a un desquiciado y su séquito de “ejecutivos”. Y en este contexto, como en tantas otras épocas álgidas, el libro es necesario y siempre será un consuelo frente al hiper-registro de internet y el nefasto mundo paralelo de las redes sociales y su cultura de la celebridad, el delirio narciso de la selfie y la falacia del “influencer”.

 

Nascimento: el editor de los chilenos (2014) fue el punto de partida de una serie de libros que indagan y recuperan una literatura chilena que ha sido renegada por la literatura comercial de los 90’, que intentó hacer borrón y cuenta nueva, omitiendo una herencia literaria, cultural y social fundamental de nuestra historia. ¿Qué lugar le das al editor Nascimento en la historia de la literatura chilena? ¿Cuál es su importancia?

 Nascimento es una pieza más de una red de personas e iniciativas editoriales que ayudaron a configurar un panorama o escena del libro en Chile en su sentido moderno: agrupar autores en colecciones, bajo un sello o marca, proponiendo una identidad gráfica y textual, y principalmente profesionalizando y dándole dignidad al oficio editorial y al trabajo literario. Para mí su importancia radica en su permanencia por más de 50 años y la persistencia en la publicación de autores chilenos como una declaración de principios, en un momento en que la norma era llevar tu escrito a una imprenta y ahí hacían lo que podían con eso, con dispares resultados, porque también había una cierta tradición de buenas ediciones en algunas imprentas de libros, como la Imprenta y Litografía Universo.

Desde el comienzo, Nascimento, pese a no ser económicamente rentable, siempre publicó poesía, decía que era “una forma elegante de suicidio”, sin embargo, nunca dejó de publicarla; su visión del oficio editorial (la que incluía una librería y una imprenta) y su historia hablan por sí mismos. Es, sin duda, una pieza ineludible en la historia de la literatura y el libro en Chile.  

Y como tú dices, además de hablar del editor, mi intención era también hablar sobre obras y autores chilenos antiguos que me interesan y que, al menos para mí, todavía tienen algo que decir.

 

– Tu primera novela, Migrante, se anticipó a una discusión central del Chile del siglo XXI: la llegada masiva de culturas, identidades y diversidad a nuestro país. Incluso fuiste el curador de Vivir allá: Antología de cuentos de la inmigración en Chile. ¿A qué crees que se debe la poca atención que se la había puesto a este fenómeno? ¿Podrías armar un breve panorama de la literatura migrante en Chile?

 Mi interés por abordar el tema de la inmigración en la ficción está determinado por la experiencia personal, por mi propia experiencia como inmigrante “a la buena” y “a la mala”, lo que me impactó profundamente.

En Chile el tema siempre ha estado presente a través del testimonio, de la autobiografía o de la crónica de época, de hecho, la piedra fundacional de la literatura chilena, La Araucana de Alonso de Ercilla puede ser leída como la primera obra que da cuenta de la experiencia de un extranjero en tierras locales. Después de eso la lista es larga, pero en la ficción se remite principalmente a personajes secundarios o menos que eso, pero poco a poco han comenzado a ser protagonistas de cuentos y novelas. Y lo que la antología de alguna forma proponía, además de plantearle a los invitados la escritura con un pie forzado, era narrar un momento, un ahora, de violencia y cambio, y las múltiples historias que podemos encontrar ahí, pero no todo fue contingencia, también surgieron textos que conectaron el presente con una historia más larga y hasta un incierto futuro distópico.

Respecto a un panorama, no sé si alcance para eso, creo que sigue siendo una excepción temática. Se publicaron cuentos y novelas hace un par de años, pero no sé si han seguido apareciendo más libros que indaguen en eso, la verdad es que estoy desconectado de la contingencia editorial sobre el tema, ya me pondré al día…

 

Corte, tu segunda novela, según Patricia Espinosa, revela “una zona fundamental de la historia social del país, humanizando a sus golpeados personajes que, pese a todo, mantienen la dignidad”. Extrañamente poco se ha mencionado en entrevistas recientes. A cinco años de su publicación. ¿Qué lugar le das en tu producción a esta novela?

 Sí, tienes razón, creo que no he hablado mucho de Corte. Era una estética y su discurso político, pero también un imaginario, que me interesaba intentar narrar de alguna forma porque también es parte de mi identidad y mi historia. Me sigue pareciendo un tremendo desafío narrar la devastación y los estragos del pinochetismo y la especie de lobotomía a la que nos sometió, o nos dejamos someter, por “la cueca democrática”, como decía Lemebel; por esa lógica del winner que ha permeado absolutamente todos los ámbitos de la vida nacional.

Y el lugar que yo le doy a ese libro es puramente afectivo, personal, una exploración y un aprendizaje, como todo lo que he hecho. De alguna forma, la novela también es mi lectura de una parte de la tradición de la literatura social chilena pre-golpe de Estado, pero también en diálogo con esa historia, y poner en práctica esa forma de trabajo que se apoya en fuentes documentales como principal materia prima, pero como decía Manuel Rojas, la que debe ser narrada con poesía.

 

-Sigamos con Walsh. En Ventana Abierta recuperas un par de columnas de este escritor argentino y reflexionas de él a partir de una serie de notas. ¿Qué tiene el periodismo de Rodolfo Walsh que te llevó a ensayar sobre él?

 Me interesa mucho la forma de elaborar los textos periodísticos y de ficción de Walsh, para quien el testimonio o la denuncia tenían las mismas posibilidades estéticas que la ficción, a través del corte y el montaje. Cede la voz a los personajes de sus historias, pero es él quien administra los tiempos y las intensidades según su propósito específico, sobre lo que ya han escrito tan acertadamente Ricardo Piglia y María Moreno, por nombrar algunos. A partir del impacto que me provocó Operación Masacre, por ejemplo, creo que los géneros literarios son corsés que a veces interfieren en la lectura de la obra más que otra cosa.  

 

– Roberto Arlt es el otro escritor argentino que te interesa y del cual este año vio la luz un libro por La Pollera. La primera parte de La química de los acontecimientos aborda un Chile convulso. La segunda se desvía un tanto, pero la tercera se centra en la forma particular en que Arlt concibe la escritura, entregando un par de fórmulas, aunque pareciera que el mismo no las sigue o que un impulso creativo descomunal se impone. ¿Qué vínculo puedes hacer entre esta teoría que esboza Arlt con su misma escritura?

 Me interesaba contar la historia del viaje de Arlt a Chile, en qué estaba, porque al año siguiente se muere, recién a los 42 años. Y por supuesto sus textos, su mirada sobre el Chile del Frente Popular y el país de entonces.

En cuanto a su teoría o “recetas” para escribir, creo que si hay alguien que no se ajusta a ningún tipo de fórmula es precisamente Arlt, aunque él mismo las diera. Para mí su escritura parece ser la pura impresión de un alucinado que observa y relata un mundo que le parece incomprensible, con el método periodístico, la variedad de fuentes y la consolidación de los datos organiza su relato según su propio criterio editorial, y su periodismo parece ser el laboratorio de su ficción en la que ensaya sus singulares personajes y situaciones.

Al igual que Walsh, me encontraba con dos autores argentinos fundamentales para mí que habían venido y escrito sobre dos importantes momentos históricos del país: Arlt en el Frente Popular y Walsh en la UP, y me pareció casi un lujo personal poder armar algo con eso, a la vez de ser también una especie de “invitación”, por llamarlo de alguna manera, a leer la obra de estos dos autores.

 

– Sobre Chacarillas: los elegidos de Pinochet, el libro que publicaste en coautoría con Guido Arroyo, es un texto cuya concepción has explicado y sobreexplicado en diversas entrevistas. ¿Algo más que agregar de ese libro que no hayas tocado en otra entrevista? ¿Cómo fue el proceso de escritura?

 Fue muy dinámico y entretenido el proceso de escritura y montaje. Después de algunas jornadas en la sala de microfilms de la Biblioteca Nacional, nos dividimos los capítulos y cada uno trabajó con sus materiales, con la única idea de un estilo neutro-literario-informativo… pero creo que todo esto también ya lo había dicho.

 

– El 2019 publicaste Un reflejo en el agua movido por el viento, donde te apropias de varias anécdotas de escritores y artistas renombrados para reconstruir episodios y mirarlos con más detenimiento, sacar algo más que lo que se ve en la superficie, en el simple reflejo, en el gesto. ¿Qué historias quedaron fuera de esa serie de encuentros? ¿Hay algún personaje que te haya llamado la atención desde esa perspectiva?

 Mi idea era armar pequeños cuentos con los encuentros y amistades y a la vez proponer una lectura de alguna parte de la obra de los involucrados, integrarla en la historia narrada. Varios de esos encuentros iban apareciendo en la lectura de biografías, crónicas, artículos en revistas, libros y diarios, entrevistas escritas y en YouTube, a veces eran solo una mención, en otros hay más información para perfilar al escritor o escritora. Me gusta trabajar una especie de collage narrativo, tanto si es a partir de un hecho o personaje real o ficción, con espacio para el ensayo; me gusta pensar en una escritura documental en la que todo eso convive libremente para contar una historia.

Al igual que las que están en el libro, en varios encuentros o amistades que no incluí, por diversas razones, la literatura y la escritura también ocupan un lugar de importancia en sus vidas, me parece interesante el diálogo que se genera en los vínculos que surgen a partir de eso: la debilidad groupie de Cyril Connolly por Ezra Pound; la amistad en el oficio editorial de Alfonso Alcalde y Joaquín Gutiérrez; Ricardo Piglia y Rodolfo Walsh como la parábola de dos “caminos que se bifurcan” en el mismo oficio; Onetti en la cárcel junto a sus compañeros de la revista Marcha, momento que prefigura el estado cotidiano en el que decidió vivir sus últimos años. Con esa voluntad por el reciclaje literario, cualquier cachureo me permite especular si todas esas experiencias se filtran o no en sus obras.

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