Fiebre (Sergio Guerra)

Sergio Guerra crítica Diego ArmijoPor: Diego Armijo

Fiebre (2020)

Sergio Guerra (1989)

Anagénesis

ISBN:

66 páginas

 

Fue Enrique Lihn quien escribió que “en el arte, jugarse el todo por el todo es lo único razonable”, máxima que como motivación ética nos mueve a una escritura que no se conforma con el palmoteo en la espalda de la mano amiga. En Fiebre (Anagénesis, 2020) donde se cita la misma idea del autor de Agua de arroz (Ediciones del Litoral, 1964), pero pareciera que solo con la tentativa de acercar su escritura mediante la referencia, pues nos encontramos con una novela en donde no hay nada en juego, desde una posición conservadora, y aún así donde solo hay perdidas.

La novela consta de tres capítulos, subdivididos estos en apartados que hacen referencia a un delgado hilo de trama, como otros que son casi microhistorias relacionadas con el tema general, el fuego. A esto se suma un apartado, a modo de prólogo, que desea hacer evidente un procedimiento de rescate de textos, pues, se nos dice, todo lo contenido aquí ha sido salvado de las llamas.

Es tal la obsesión por lo incinerable que uno de los apartados, vincula el ataque sufrido por Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas De Negri, por una patrulla de militares durante dictadura, con una sucesión de autoinmolaciones por motivos políticos y sociales, lo que recuerda el procedimiento de Chilean Electric (Alquimia, 2015), aunque tratado muy torpemente. En donde Fernández pone humanidad, Guerra solo busca lucimiento.

Hay una desesperada búsqueda de lugares alejados del “régimen de realidad” imperante, y que podría leerse como aquellas tramas reaccionarias que imperan en la literatura de los hijos, lo que es sólo ilusión, pues Fiebre es más de lo mismo. Quizá hasta inaugure la literatura de los tíos, en donde el libro descansa en las referencias hechas evidentes, buscando demostrar una erudición, en hilachas afirmadas, donde Borges, Maquiera, Kafka, Woolf y Lautréamont complementen una insuficiente escritura. “Literatura” que necesita ser pop y donde se cita a Charly García, para salvar la profunda trivialidad que ni con el ídolo lanzándose por la ventana hacia una piscina, historia que se corta y pega en este libro, es posible, no aportando significancia a nada.

Predomina una voz ramplona —aún con variantes—, casi infantil, autoconsciente de las mitologías rancias de las cuales se alimenta. Se utiliza un lenguaje acartonado, el cuál modula una habla inexistente, donde los lugares comunes brotan sin control, siendo evidente una insoportable cursilería. Es soso además el articulado de historias cuyo interés se afirma en la anécdota sórdida o mágica que asimila una interminable, al menos aquí existe un punto final, sucesión de estados de alguna red social. Escritura que va de una lectura pendeja de Bolaño y la idea de un malditismo —poetas que queman sus propios poemas—, adornado, que, aún pretendiendo densidad es un gran monumento a la falta, fatal, de estilo.

Es cómico poder definir a los personajes de este libro, compartiendo mesa con los poetas esperpénticos y patéticos de los libros de Marcelo Mellado. Sujetos sin asunto, increíblemente imbéciles que intenta encender una pirotecnia que está mojada. Personajes que se toman muy enserio todo, y que afirmados en la escritura, este libro nos los dibuja como luminarias, de allí que varias zonas sean sólo una masticación de ideas. Más grave aún es leer verbalizaciones donde las metáforas no tienen sentido, con el solo motivo de parecer “prosa poética”, pues hay poetas aquí, pero estas páginas carecen de una anémica gota de aquella.

Saltan a la vista las semejanzas de Fiebre con la película Ema (2019). Hay una visión turista, en calles cuyo valor de uso es permitirle a los sujetos beber alcoholes baratos, orinar en espacios abiertos y apoderarse mediante el fuego de la ciudad. Eso se explica ya que es un sujeto extraño al lugar  —Valparaíso, donde suceden algunos apartados del libro, donde se publica— quien narra, quien filma. Si Pablo Larraín subraya una ciudad que no existe, en medio de los delirios burgueses deseosos de carne joven que explotar, Fiebre, en voz baja, idealiza paisajes y sujetos con la intención de construir, con materiales ligeros, una narración posible, la cual no se puede habitar.

Siguiendo el espíritu de sus personajes, para el lanzamiento de Fiebre se quemó uno de los 100 ejemplares de esta ¡4ta edición!. Aquello me hace pensar en Alfonso Alcalde quien quemó el tiraje total de su primer libro, poemas, el cual había sido ayudado a existir por Neruda, acto que nacía de considerar un error haber publicado aquel trabajo. Así como Alcalde, Germán Marín sondeaba en ferias libres ejemplares de su primera novela, Fuegos artificiales (Quimantú, 1973), pues sumada a la historia de quema de aquel libro junto a lo que los militares consideraban subversivo, en los primeros días de la dictadura, existía una insatisfacción con el resultado final de escritura. Ambos casos pueden entenderse como actos de autocrítica madura, cuestión que se aleja mucho de esta performance de autosatisfacción que fue quemar un libro, su cuarta oportunidad, y dejar a la espera a los 99 restantes.

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1 Comment

  • Muy pertinente y contingente la idea del fuego como idealización romántica del puerto, a través del ojo del burgués intruso.

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