Diego Armijo: “Me aburre cierta novela pontificada, santiaguina, obvio, que intenta aún hoy volver universal un relato cotidiano”

Créditos fotografía: Javiera Espinosa
Créditos de la fotografía: Javiera Espinosa 

Si uno merodea el circuito de ferias del libro independiente, no es difícil toparse con Diego Armijo Otárola (Viña del Mar, 1994). Ya sea en Santiago como en la zona de Viña y Valparaíso, donde reside, trabaja como vendedor fijo para varias editoriales independientes, además de ferias libres. Y pese a trabajar en muchas editoriales, conoce la mayoría de los títulos. Profesor de Historia, contador, feriante, poeta y narrador, el año 2019 fue antologado en Maraña: panorama de poesía joven; poco pasó para su debut ese mismo año con Glorias Navales (Ediciones Balmaceda Arte Joven), un conjunto de cuatro relatos que sorprende con el retrato de un Viña del Mar oculto a las postales festivaleras. Carcasa (La Calabaza del Diablo, 2020), su primera novela, mantiene el eje espacial, pero lo lleva a un lugar omnipresente del Chile neoliberal: el mall.

De sus libros, su trabajo de vendedor en ferias y el territorio conversamos con él:

– ¿Cuál es la rutina de Diego Armijo?, ¿qué peso tiene en ella la escritura?

Más leo que escribo. Quizá ahí la distancia corta de los libros que he publicado, cosa, lo flaquito de los libros, que no desmerece nada, creo. Hay que ver a Aira, su literatura portátil. A diferencia de él no tengo la rutina de la paginita por día, maravilla. Eso de prender la máquina de ficción e ir para adelante. No. Soy más de ir rayando hojas sueltas, de Word, de a varios proyectos a la vez, que quizá sirvan, en parte y armados de manera diferente, a la manera de María Moreno, porque uno nunca sabe lo que la escritura le depara a los textos. Igual, escribir, que se hace siempre, es más bien recolectar, para mí.

Onda, cuando trabajo en la feria libre, cachureos, pero vendiendo productos de aseo, siempre hay voces, frases como para anotar, acordarse. Seres humanos dignos. El otro día una vecina compró papel higiénico y absorbente, me dijo, pasándome la plata “supierai todo lo que hice pa juntar esas cinco lucas”. Ella vende ropa usada, ha sido mal tiempo para esa mercadería, y aún en una posible desesperación, cansancio, me dijo eso con un tono dulzón. Después anduvo, sí, retándome con los vecinos que yo la había dejado sin plata.

– ¿Qué es lo que más te ha gustado y desagradado de este estallido social?

La revuelta popular me llenó de esperanza en que todo el tiempo dedicado a alegar, y yo que alego harto, no había sido en vano porque mucha más gente tenía cosas que decir y salió a la calle y gritó. Mi abuela murió las primeras semanas, y como la anterior normalidad neoliberal ya no existía, todos los signos estaban torcidos. Mi papá, su hijo, tuvo que esquivar barricadas para llegar al cerro, Barón, Valpo, donde vivía, con la intención de pasar encima de cualquiera, cosa que no hizo, pidió permiso.

En la casa sacaron los sillones a la calle, ahí la familia acumulada, y pasaban autos, y algunos tocaron la bocina pensando que estábamos en caceroleo. El día del funeral pasamos por la parte del Viña cuico centro, tocando bocinas, cerrando calles, pareciendo una cosa que no éramos. Me desagrada que los pacos culiaos, ahora que se creen útiles por la pandemia, en las noches, toque de queda, por mi población Glorias Navales, pasen por los pasajes con sus luces y metiendo bulla como para decir que ellos tiene el poder. Me desagrada Piñera y sus gerentes, todos con la mano sobre el pecho.

– Publicaste dos libros de forma seguida, ambos situados entre Viña del Mar y Valparaíso, lejos de las postales festivaleras y patrimoniales, ¿qué importancia le diste a la territorialidad en ambos?

El mayor culpable de mi interés por el territorio es Cristóbal Gaete. Estuve en el taller de Reescritura Territorial que imparte en Balmaceda Arte Joven Valparaíso, donde llegué confiado, escribiendo, pero flojo. Ahí aprendí. El taller era sobre Valparaíso, pero yo, aunque me cueste, moreno y todo, soy de Viña del Mar. De ahí que me interesó escribir sobre mi ciudad, y como no soy un poblador céntrico, la visión se centró desde las poblaciones circundantes: Glorias Navales, San Julia, Gómez Carreño —aunque Gonzalo León diga que no es población retrucando a Mon Laferte—, San Inés, Achupallas, Miraflores y Reñaca Alto.

Los espacios escritos son en su mayoría céntricos, pero siempre transitados por personajes que trabajan, que son la fuerza laboral que mueve a lugares como el mol, cerrado ahora, ojalá no abra pronto. El mol es lo central en Carcasa y sus trabajadores como fuentes de irrigación, cansancio. Me era importante ahí que los espacios ajenos fueran también importantes. Los viajes en micro, las caminatas por poblaciones. En Glorias Navales la cosa es parecida, ya escribir sobre limpiaparabrisas de fuera del mol, trabajos subterráneos en el centro de Viña, la visión turística de un poblador no turista y la importancia de escribir la feria. Una vecina me dijo que no pensaba que alguna vez ellos iban a estar en un libro. Me da la impresión que al escribir estos lugares, uno que vio cuando construían el mol, o que ha visto toda la vida el movimiento de la feria, los vea ahora, ya concretos, de una manera más real. Por eso no hay una visión festivalera, que de aquí poco, ni patrimonial. ¿Sabías que en el centro hay un busto de la Bombal al que le falta la nariz?

– La prosa de gran parte de los cuentos de Glorias Navales y Carcasa está llena de comas, pausas; es muy descriptiva, pero se detiene a divagar sobre los hechos y la realidad de los personajes, ¿cuál es la importancia que le das al trabajo de la prosa, a la visualidad y el ritmo que le imprimes a tus textos?

Hay un cuento de Juan José Saer —ya ni me acuerdo el nombre— donde un grupo de amigos, en un bar con baile y show, pasan una larga noche ahí. No pasa mucho, pero la prosa es maravillosa. Claro, está torcida la visión de que escribir como Saer es poner muchas comas. Pero no, es encontrarle la respiración al texto. Le doy importancia a eso, trabajo, buscando la mejor forma de plasmar la idea de origen, que como todo se va moviendo sola, pues uno no sabe cómo termina lo que empieza. Aunque en estos libros hay una sucesión de hechos, algo pasa, sí, me interesa más la parte de la divagación, donde la prosa es más libre de ir tirando las cuerdas de la historia. Sobre lo visual, claro, me es difícil escribir sin imagen, entonces voy siendo ayudado por espacios y de ahí rodeando, rellenando. Por último, el ritmo es lo esencial. Claro, está la búsqueda de la forma, pero está mediada por el ritmo que le entrega geografía al texto, y que no es infinita, llega un terremoto y se cae todo. Pero hay que intentarlo.

– Tu primer libro, Glorias Navales, es un conjunto de cuatro relatos. En él, el juego con la forma, el verso y los espaciados son recurrentes, ¿consideras importante este juego en la escritura?, ¿rehúyes con intención la escritura más estándar?

Me aburre cierta novela pontificada, santiaguina obvio, que intenta aún hoy -ya párenla- volver universal un relato cotidiano. Ahí tienes a Alejandra Costamagna, y una sucesión de escrituras de un realismo criollista moderno. Súper traducible, publicable, difusa clase media, pero fome. Entonces Glorias Navales. Son cuatro formas de acercarse a espacios de Viña, casi no transitados por la narrativa, donde el territorio es el que manda cómo debe ser escrito. De ahí que abunden el uso de frases que parecen versos y espacios que salpican la página, esto en un cuento titulado “Comercio”, que es sobre la feria Caupolicán de entre Gómez Carreño y Achupallas, entendiendo que las palabras tienen que estar ordenadas con la misma lógica con que un comerciante coloca su mercadería sobre el paño, cajas o planchas.

Me interesa, sí, este tipo de formato al escribir, donde no se respeten esas cajitas de fósforos que son los párrafos regulares de los libros mercuriales. También es importante, creo, respetar a los sujetos a los que uno se acerca al escribir, a los lugares, y no andar como Álvaro Bisama que en Laguna escribe con un molde santiaguino un lugar que ya no entiende, o como Daniel Hidalgo, ya tan perdido. Además, eso de pensar en una escritura estándar, normal, es de una flojera brutal. Hay que cambiar de referentes, leer a Alfonso Alcalde, Germán Marín, Carlos Droguett, María Luisa Bombal —viñamarina—, Diamela Eltit, Juan Emar, Marcelo Mellado, Lina Meruane y Cynthia Rimsky. Leer.

 – Carcasa podría definirse como una novela polifónica de tres voces mediadas por este narrador omnisciente. Entre ellas destaca la parte de Camila, la vendedora que se ve comprometida e inquieta por esa breve manifestación en el mall. Pareciera que su realidad estaba tan seca que esa chispa de rebeldía la atrajo de forma obsesiva y desencadena su búsqueda. ¿Qué está buscando Camila realmente?   

Escribí pensando en las experiencias de amigos trabajando en el mol, y aún así, cercanos, amigos, uno nunca sabe qué se está buscando. A uno mismo le pasa, onda, durante la escritura de la novela también me sentí sin búsqueda. Y no hay respuesta. Quizá la felicidad, pero es tan quebrada esa esperanza, que no da. No hay respuesta. Quizá un progreso, un avance laboral neoliberal, atendiendo, sin alegar, pero con un aspecto de haberlo logrado. No sé. Quizá trabajar y vivir más o menos bien, porque uno sabe que trabajando nadie se hace millonario, uno es el explotado que alimenta el ocio de otro.

– Fuiste antologado en Maraña: panorama de poesía joven. ¿Qué influencia tiene la poesía en tus dos libros publicados a la fecha?

Cristóbal Gaete dijo que a mí no me gusta la poesía. Una opinión absolutista debido a que dije que no me gustaba todo Pablo Neruda, ni todo Enrique Lihn, partes; opinión, mía, así sincero, es que la poesía se me va, a lo Buddy Richard, como el agua entre los dedos. He leído, harto, creo, ojalá, pero soy malo para acordarme de versos y procedimientos. Aunque Vallejo, donde no entiendo nada, me maravilla, eso mismo, no entender. La que me interesa sí, entendiendo la poesía como material para la escritura de narrativa, como la tesis de Vila-Matas de que la novela contemporánea debe estar cercana a la poesía, es la que me parece más discursiva o concreta.

De ahí mi interés por José Ángel Cuevas y esa voz de disco polvoriento, de ritmo conversado. Otros, otras: Mario Verdugo, Gladys González —a la que le debo además amistad—, Mauricio Redolés y Rosamel del Valle, aunque ahí es puro nadar para no ahogarse. Agradecer, también, a Rafael Cuevas y Gaspar Peñaloza por incluirme en Maraña. Sobre la influencia sobre mis libros me acuerdo de algo. Cachai que Rubén Dario en Azul tiene un poema donde desde un subterráneo, Valpo, mediante la ventana al borde de la vereda, se escucha un sonido metálico. Parece que es una máquina para procesar carbón, y a mí eso, ya sin contexto, me remite a una tocata. Onda Rubén Darío escribiendo ahora. Ahí está la influencia, ¿se entiende? Me corrijo: si me gusta Enrique Lihn, en especial sus cuentos, novelas, lo que he alcanzado a leer.

– Eres vendedor habitual para diversas editoriales en las ferias de literatura independientes. Como vendedor-lector, ¿qué libros están leyendo los asistentes a estas ferias?, ¿cómo ves el panorama en Viña-Valparaíso y esta nueva red que está emergiendo?

Por ahora, por todo, no hay ferias. Pero hasta antes libros como Space invaders de Nona Fernández y La comemadre de Roque Larraquy eran bien buscados. Hay otros que siempre salen como son los de Gabriela Mistral, Valpore de Cristóbal Gaete, El grito de Florencia Abbate, Crónica del sufragio femenino en Chile de Diamela Eltit, Río herido de Daniela Catrileo, la Obra completa de Ximera Rivera y Umami de Laila Jufresa. Son ferias, o eran, que organiza Gladys González, y que por la persistencia y regularidad ha generado un público móvil en donde editoriales pequeñas, librerías locales y proyectos cercanos a la gráfica pueden ofrecer, mostrar, lo que hacen, sus proyectos. Me gusta el ambiente feria, las lógicas que se dan, el ofrecer, mediar la lectura de libros que quizá sean desconocidos para la gente que deambula, cosa de ir generando mi propio canon de venta. Igual uno no está solo, a mi me ayuda mi amigo Camilo Jorquera. El panorama se ve, se veía, fortalecido, aunque ya nada se sabe, quizá volveremos, con más fuerza diciendo en lugar común, pero ya no sé de qué manera. Sé, sí, que Gladys y su equipo, los que vendemos, la gente que asiste, está, estará.

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