Texto de presentación de: “Litoral” de Miguel Ángel Gutiérrez, por Jonnathan Opazo

 

 

Un yate blanco y radiante en el centro de la novela: algunas ideas sobre Litoral de Miguel Ángel Gutiérrez

por Jonnathan Opazo Hernández

 

Saúl tiene un trabajo de mierda. Laura también. Boris acaba de terminar con su pareja y está turuleco, medio perdido, a duras penas. De Silvia ni hablar: a poco avanzada la novela muere. No muere: la matan. Como a los pingüinos que cagan en los yates de la Cofradía, la sacan del paisaje para que no estorbe.

Visto así, el mundo que configura Litoral —primera novela de Miguel Ángel Gutiérrez— dista mucho de ser el mejor de los mundos posibles. En el centro del texto, podría decir a modo de tentativa, hay un yate blanco, brillante, que debe mantenerse a limpio a toda costa, a todo costo. Saúl, un trabajador de Algarrobo, vive de aquello. Laura, joven periodista un poco mercenaria, encuentra en ese afán un nicho. A Boris le sacan la mierda por acercarse demasiado al perímetro cerrado donde esos yates flotan tranquilamente. Ni hablar de Silvia, ya lo dije: la mataron. Ni hablar de los pingüinos, de las gaviotas y de cuanta criatura se les ocurra.

Alguna vez leí que la novela no-ve-la-realidad. Sin embargo, si googleo las palabras Cofradía y Algarrobo —donde transcurre esta historia, no lo dije, lo digo ahora—, san Google me lleva rápidamente a la web institucional de la Cofradía Náutica del Pacífico dos puntos inicio. Al hacer clic lo primero que vemos es un video institucional con gente muy contenta en botes a vela. También vemos logos del gobierno de Chile. El mismo que financia el premio Roberto Bolaño donde Miguel, autor del texto, fue galardonado en la categoría novela y quedó con el mote, muy a su pesar, de bolañito.

Entonces el panorama, o más bien los límites entre aquello que llamamos realidad y aquello que llamamos ficción se vuelven, por lo menos, porosos. Medio que tiemblan. ¿Flirtea Litoral con el reportaje medioambiental? ¿Quiere ser una denuncia, otra denuncia, de los muchos pequeños y grandes desastres ecológicos chilenos? ¿Un pelo en la sopa? ¿Otro pelo en la sopa? ¿Es Chile en realidad una sopa de pelos?

Preguntas que me hago.

Los personajes de la novela también se hacen muchas preguntas. A ninguno le va bien, por cierto. Moraleja de Litoral: mejor no hacerse preguntas. Mejor no mirar demasiado el paisaje. Si usted empieza a encontrar pingüinos muertos, lo mejor es que se haga el Larry, el leso. Ojos que no ven, corazón que no siente.

No puedo evitar preguntarme cuánto del documental en tanto subgénero cinematográfico hay en el texto. Porque lo real lo narramos de alguna forma para que no sea como el día de la marmota y en ese narrar-de-alguna-forma la flor de la ficción se nos aparece como la virgen de Villa Alemana o la que muestra Lucrecia Martel en La ciénaga. Porque Litoral es lo que llamamos una novela coral, pero el coro aquí no solamente son Saúl, Laura, Boris y Silvia: también son los archivos que nos avisan que la Cofradía está con sus papeles al día, o el acta de defunción de Silvia, donde es acusada —esa es la fría verdad del archivo judicial: las marcas sobre una casilla— que la finada consumía drogas y, por tanto, no era una blanca paloma. Todos estos documentos atestiguan en la novela en tanto tales: Miguel no los introduce en el texto como transcripciones, sino como imágenes escaneadas de un documento institucional, con sus logos y membretes. Lo real burocrático, si podemos colocarle un nombre, comparece ante nosotros en su desnudez de formulario; desnudez, todo sea dicho, cuyo reverso maldito —una trama de corrupción política territorializada en una pequeña playa del litoral, pero cuyo alcance salpica, como ocurre también en nuestra lamentable vida republicana, a las altas esferas de poder nacional— es el ruido de fondo, el ominoso zumbido de avispas, animal carroñero, que mueve a los personajes de la novela como mamíferos asustados y paranoicos; o más bien la paranoia, móvil por excelencia del relato policial, es la razón del miedo, el mecanismo de defensa de unas vidas residuales antes las cuales la muerte de Silvia, víctima del castigo ejemplar, funciona como advertencia.

Junto con los documentos, la cualidad de coral queda reforzada con la introducción de varios testimonios de trabajadores de la Cofradía. Todos testimonian a favor de una verdad que mancilla por completo al yate blanco y radiante alrededor del cual gira la trama. Pero además nos obliga a pensar en cuestiones ingratas para nuestra época, cuyo campo de fuerzas político parece haber cedido todo a una izquierda cuyo progresismo es, para usar una distinción escuchada a Diego Sztulwark [1] en una entrevista, el progresismo del que sabe que tiene la razón y por eso tiene derecho a decirlo todo. ¿Cuáles son esas preguntas? En algún momento de la novela –me van a perdonar no tener mi ejemplar a mano en este preciso momento–, uno de los personajes señala: la gente del litoral empezó a preocuparse más de los pingüinos y olvidó la vinculación de la Cofradía con los crímenes de la dictadura.

Esto me recuerda a un diálogo de I do not care if we go down in history as barbarians del cineasta rumano Radu Jude: en un momento de la película, la protagonista está conversando con un comisionado municipal que intenta convencerla de cambiar el tema de la obra para cuya realización recibió fondos públicos. ¿Cuál es el tema? Recordar la crueldad de las matanzas hacia el pueblo judío rumano perpetradas por la Guardia de Hierro, de la mano de Ion Antonescu. El comisionado, con un dejo del oscuro humor al que nos tiene acostumbrado Jude en sus películas, le explica a la protagonista que su tema es controversial, pero además innecesario. Existe, comenta, algo así como un darwinismo de las masacres: el criterio que las ordena en el sistema de prioridades es meramente cuantitativo, cosa de números, y nada más; el resto de las masacres bien pueden quedar sepultadas bajo tierra.

Esa clase de preguntas ingratas tienen lugar en Litoral. Hay otras peores, por cierto. Ya lo dijimos: no es el mejor de los mundos posibles. Pero es lo que hay.

Las Ánimas, octubre-diciembre de 2023

 

[1] La venganza generacional ¿De que esta hecha la refutacion al progresismo? https://www.youtube.com/watch?v=NQmzc8XiQgo

 

 

Jonnathan Opazo

Publicó "Junkopia" (2016), "Cangrejos" (2018), "Baja fidelidad" (2019) y "Cian" (2019).

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