Qué brígido (Joannes Lillo)

Qué brígido (2021)

Joannes Lillo (1989)

Abducción Editorial

Isbn: 9789659673177

190 páginas

 

Qué brígido: cuando lo cotidiano despoja a la magia de sus maravillas
 Por Miguel Villalobos Martínez

 

 

Qué brígido. Eso fue precisamente lo que pensé al terminar de leer este libro de cuentos escrito por Joannes Lillo (Chile, 1989) y publicado muy cuidadosamente por Abducción Editorial el año recién pasado. El autor del entretenido Diario Flaite de un Vampiro (Catalonia, 2017) y del premiado María cuñada mía (Laurel, 2019) nos sorprende esta vez con una colección de relatos (Abducción, 2021) en los que se evidencian, de manera contundente y rotunda, los rasgos más característicos de su escritura.

De entrada la apuesta es valiente. El diseño de la portada desafía estereotipos del mismo modo que lo hacen cada una de las historias que componen el libro: es colorinche, ecléctica, tramposamente infantil y absolutamente kitsch. De hecho, funciona perfecto como la antesala de lo que veremos más adelante: un megamix de zombies, magos, robots, licántropos, elfos y, cómo no, vampiros, que pueblan un mundo humano en el que los límites se han difuminado y cualquier cosa puede pasar. La pregunta del millón es, si ya lo hemos visto todo, ¿qué valor agregado puede tener un pastiche literario como este?

Todo comienza con Fármago, una historia cuyo hilo conductor es la tensión sexual/romántica entre Marchant y Del Pino, dos jóvenes magos que se gustan. Marchant es ansioso e inseguro; Del Pino, por el contrario, más atrevido y maduro. Ambos están aprendiendo a conjurar hechizos, del mismo modo que aprenden a relacionarse el uno con el otro. El detonador es que la percepción de Marchant está afectada en gran medida por el consumo del somnífero que da nombre al relato, que tiene como principio activo el “oxitaserum”, el cual emborrona sus experiencias y le impide tener certeza de qué sucedió y qué no.

«“Abracadabra”, dijo Marchant, como decían todos los magos antes de echarse algo a la boca. Arrancó un pedazo de pan de molde y lo dejó a su derecha, junto al café. A su izquierda tenía la llave y la única receta de Oxitaserum que le quedaba. Se guardó la llave y leyó con odio el nombre Oxitaserum en el papel médico. “Por tu culpa…¡por tu culpa fui horriblemente sincero, pastilla de mierda!” —Suspiró—. Terminé de espantarlo. No va a querer verme nunca más”». (p.21)

Lo interesante acá es cómo el lenguaje propio de los cuentos de hadas, portador de una inmensa tradición folclórica, es despojado de su magia y puesto al servicio de la cotidianeidad. No son los grandes tomos arcanos los que solucionarán la vida de estos magos, sino su capacidad al momento de tomar decisiones relevantes, teniendo el deseo como motor principal y a pesar de todos sus fallos individuales. Algo similar ocurre en Tarea de Muerte.

Antes de referirme al argumento de este segundo relato, me gustaría destacar que la importancia que le ha dado el equipo de Abducción al diseño de la portada se replica también al inicio de todos los cuentos. Resulta muy atractivo que el título de cada historia dialogue gráficamente con la forma en la que están escritas. En el anteriormente mencionado Fármago, el cuento está presidido por un código de barras y un epígrafe redactado como un texto de advertencia, de esos que podemos encontrar en el prospecto farmacéutico de cualquier psicotrópico; o en esta segunda historia, que tiene formato de correo electrónico, en cuyo membrete se puede leer el remitente, la hora, la fecha y el asunto, que en este caso es el propio título Tarea de Muerte.

Pasamos de una relación gay entre magos a un ataque de muertos vivientes. El contexto es simple; las consecuencias, no tanto. Asistimos a un paseo a la playa. Los trabajadores de un laboratorio han decidido celebrar a orillas del mar, ya que después de un arduo trabajo experimental han encontrado la cura para el VIH. El problema, sin embargo, radica en que las pruebas han dejado en el camino un brote de zombis como daño colateral. Una de las compañeras de equipo ha comenzado a comportarse extraño. El desastre es inminente.

       «Entonces fue que te vimos caminando decidida (y decir decidida tal vez sea poco), sin mirar a nadie a los ojos. Fue tan repentino. No parecías estar perdiendo vitalidad sino recuperándola. Pero, aun en mi estado y con el crepúsculo, te prometo que vi tus escleróticas volviéndose carmesí. Y en tus piernas unas várices que jamás tuviste. Si alguien más notó esas cosas, tuvo que saber que no eran por ingesta de droga o alcohol. Las zancadas con las que acabaste llegando al agua, eran otra pista. Mientras, todos permanecían cómodos en sus lugares». (p.27)

Al igual que en la historia anterior, el suceso fantástico (que alguien se esté convirtiendo en zombi) es totalmente secundario. Ella camina sin mirar a los ojos, del mismo modo que alguien que ocupa un puesto cualquiera en una oficina lo haría. Es el testimonio de alguien invisible (o visible solo para otros seres como ella, como quien está narrando, por ejemplo), alguien que es parte de un gran descubrimiento, pero que a nadie le importa y que lamentablemente solo tiene la atención que se merece cuando se convierte en un ser abominable y peligroso. Lo que esta mujer le hace a sus compañeros de trabajo es un deleite para los amantes del subgénero. Puede que aquí esté cometiendo abuso hermenéutico, pero, por alguna razón, este cuento me hace recordar a las masacres escolares gringas, cometidas por adolescentes “muertos en vida” que buscan, mediante la matanza, vengar su dignidad y pasar al recuerdo de quienes los mantenían en el más brutal de los olvidos.

Unas páginas más adelante cambiamos esta reflexión por la que nos ofrece Los elfos son superiores, un relato que se cuenta a través de una conversación de whatspapp y que, por lo tanto, funciona en la medida en que los lectores adoptan un rol activo al momento de reconstruir la historia. Si bien, desde una perspectiva conservadora, podríamos tildar este formato como un hijo no deseado del género dramático tradicional, Joannes aprovecha correctamente las bondades del chat —variedad de registros de habla, juego de roles, multiplicidad de voces— para estructurar un relato lúdico e hilarante que nos permite adentrarnos en la sordidez de la industria porno.

Como es de esperarse, los elfos, seres mitológicamente superiores, solo mantienen relaciones sexuales entre ellos; algunos pocos, no obstante, son la excepción a la regla. Mónica, por ejemplo, una elfa desterrada, exigente e intensa, busca su lugar en el mundo. Ella entiende que los elfos le dieron la espalda desde mucho antes de hacer las películas, tan solo por tener la osadía de relacionarse con los humanos. Al comienzo, el pelambre en el chat es superficial e idiota, como suele suceder, pero conforme progresa va adquiriendo peso y densidad.

«Cacheteros Producciones dice:

Oye

Tu sabes bien lo que le paso a la Monica, no cierto, me lo podrías explicar? [sic]

Matthias Figari dice:

Le pasó algo?

Cacheteros Producciones dice:

Lo que pasó en el rodaje

Matthias Figari dice:

Aahh

Iba súper bien, pero se sintió mal y tuvimos que cancelarlo.

Cacheteros Producciones dice:

A mi me diheron otra cosa [sic]

Me dijeron que la Monica se enojo por el actor y no quiso trabajar con él.

Los demás me dicen que tú debes saber mejor qué pasó, ya que eres elfo y cercano a Monica.

El actor abrá hecho algo indebido? [sic]

Matthias Figari dice:

Hasta cierto punto podría decirse que sí, pero no a propósito. Puede que sea un tema de elfos y puede que no. Igual yo solo me ocupo de mi trabajo. Hablo con la Mónica como hablo con otros elfos. No tenemos un vínculo personal. De todas formas es tan sencillo como que no pudo seguir y el video está pendiente. Quizá en una semana pueda volver a trabajar, habrá que hablarle y reajustar el calendario. O tal vez haya que buscar otra elfa. No lo sé.». (p.36)

 

La reconocida pureza, luminosidad y hermosura de los elfos contrasta acá con el lenguaje explícito y la poca sutileza con que el autor nos muestra este mundo estrecho y violento; que a su vez contrasta con el tono ligero y casual de una conversación a distancia. Esta interesante lógica de contrapuntos le da cohesión interna al relato y le imprime un particular interés a una historia que, a priori, podría generar algunos anticuerpos.

El tratamiento de temas visceralmente explícitos toma su forma perfecta en Maldición Gitana, uno de mis favoritos del volumen. Nos cuenta la historia del artista Tin Rentería y su pareja Sujey, quienes acuden al recóndito pueblito de Huaruchu con la misión de crear la figura de una Virgen para la Parroquia local, por encargo eclesiástico. Por motivos que no conviene revelar, son víctimas de una maldición que les lanza una gitana en la plaza del pueblo, lo que los lleva a vivir una pesadilla terrorífica, que mezcla sexo y gore en dosis bastante altas.

Lo interesante de este cuento es que lleva la experimentación formal ya vista a un nuevo nivel de escritura, pues Lillo hace de Víctor Frankenstein al ofrecernos una historia hecha con fragmentos de otras diferentes. Así, vamos conociendo el terrible destino de Rentería y su pareja a través del testimonio de los diferentes habitantes de Huaruchu, con sus respectivas formas de comunicarse. Un reporte forense, el diario del cura, otro de un carabinero, una conversación por chat entre escolares, un titular de un diario, un periodista, un acosador, un convicto y hasta un Meme: todo se combina y se va alternando magistralmente hasta conformar un solo discurso polifónico que nos va dando a cuentagotas los detalles una de las mejores y más desenfadadas historias que he leído en mucho tiempo. Joannes no subestima la capacidad imaginativa de sus lectores y eso se agradece. Por lejos, uno de los puntos altos de esta obra.

Error en el sistema y Los cuentos del doctor Chinoli, cada uno a su manera, continúan explorando los misterios de las relaciones interpersonales, ofreciéndonos dos nuevas ópticas con las que mirar el oscuro pozo de los afectos. El primer relato nos cuenta la historia de dos trabajadores que marcan el paso en sus diferentes ocupaciones. Lorenzo acaba de obtener el puesto de guardia de seguridad en un mall gracias a un conocido, Ignacio, quien es un experimentado piloto de un robot multifuncional preparado tanto para la guerra como para desenvolverse en tareas pesadas, bautizado como “Recoveco 2.5”. La peculiar forma en que se maneja —cables y fluidos especiales que entran al cuerpo del piloto por sus diferentes agujeros, al más puro estilo manga— es igual de llamativa que la forma en que Ignacio coquetea e intenta tener algo con Lorenzo, aparentemente heterosexual. La tensión de la conquista no se subordina a los elementos de ciencia ficción, sino que al revés, lo que da como resultado una historia que nos hace pensar en los límites del cuerpo como vehículo de conocimiento, dolor y placer.

«/Lorenzo: Sin desconectarse, el Recoveco 2,5 se pone en pie, solo para en seguida caer de rodillas frente a mí. Levanta una de sus magníficas manos, compuestas de cables, nervios cinem, gomas, pernos y piezas de una aleación seguramente muy costosa. La lleva hasta la punta ahuecada de la entrepierna que sirve para orinar. La mueve como queriendo despegarla de los nervios. El sonido es de lo más interesante.». (p. 91)

El segundo relato, en tanto, escoge una vía mucho más sutil y apegada al cotidiano. Si no fuera porque entre sus protagonistas se encuentra un furro —zorro antropomórfico en este caso— que lee un misterioso libro escrito por un enigmático doctor oriental, podría ser perfectamente una historia realista apegada a los cánones más genéricos del tópico “triángulo amoroso”. Se toma todo el tiempo del mundo en desgranar los acontecimientos (es el relato más largo del libro), explorando las sensaciones y percepciones de la Judi, el Jairo y el Joel respecto de sus propios problemas emocionales. Por esta misma razón, considero que el final llega algo tarde y que este minucioso ejercicio narrativo gana en profundidad todo lo que pierde en ritmo. Será cuestión de gustos si los/as lectores/as se dejan llevar por el encanto del detalle o pasan al siguiente relato en búsqueda de ese frenesí tan consistente que se evidencia en el primer tramo del volumen.

El juego formal, por su parte, no decae. Error en el sistema viene escrito como si fuera un conjunto de entradas de una consola de programación, no hay puntos a parte y los personajes hablan directamente desde sus propias consciencias, como si se comunicaran en el mismo lenguaje robótico que el Recoveco. El final, por lo mismo, roza lo interactivo, ya que al terminar la historia tendremos la oportunidad de presionar el botón de “aceptar” o el de “cancelar” dependiendo de lo que dicte nuestro juicio. La historia de Los cuentos del doctor Chinoli, en cambio, viene escrita en forma de diario, en el que cada día pareciera ser sacado de ese tomo enigmático, con reminiscencias de Oriente.

Probablemente adrede, a la historia más larga del libro le sigue la más corta, que al mismo tiempo tiene el título más extenso de todos: Contando la hora con la doctora Peersteins (o contando la hora con el Maneki-neko). Una página y media es suficiente para tomar aire y volver a sumergirnos en un cuento que funciona como reloj suizo. Se trata de la entrevista entre una sicóloga/siquiatra y su paciente/impaciente con un final que desdibuja —más que ningún otro cuento del libro, quizás— el límite entre lo realista y lo fantástico. Pero es tan breve que resulta difícil no estropearlo con un spoiler que revele su gracia, por lo que bastará con decir que está muy bien logrado y que el uso de elementos paralingüísticos básicos como la negrita y la cursiva para expresar distintos niveles de comunicación en el diálogo que mantienen los personajes es excelente, simple y eficaz.

Lobis nos da un poco más de ese espíritu subversivo que mezcla sin permiso el canon con los impulsos más bajos de la narrativa under. La historia nos habla sobre tres amigos marginados —dos licántropos y un vampiro— que divagan en una plaza de barrio. Toman cerveza, conversan banalidades, escapan de la policía, trepan por los edificios de la ciudad.

            «—Los vampiros también tenemos buen olfato, pero ustedes la cagaron —le expresé a mi estimado Amaru, que aún movía sus hoyitos nasales—. ¿Qué tan cerca vienen?

—Por Condell, a cuatro cuadras. Y fijo que pa acá, así que vámonos.

La Pili, respaldándolo, alertó a la plaza entera de la pronta llegada policiaca. La mayoría  la ignoró, ¿y cómo no? Si hasta a mí me cuesta creer que sean mujer y hombre lobo y  olfateen así de brígido». (p. 165)

Lo que en un comienzo parece una simple fábula sobre la vida punk, en su faceta más cómica y libre de consecuencias, muy pronto se transforma en un vertiginoso relato sobre el sentido de la existencia, oscuro y profundo. En la azotea de un edificio muy alto, los 3 amigos miran al horizonte y reflexionan sobre sus capacidades sobrehumanas, jactándose o renegando de ellas dependiendo de la situación. Son seres sobrenaturales insertos en un mundo natural que los determina, los asfixia, los aburre. Hablamos de una especie de proceso poco común en el que el mundo cotidiano, en lugar de ser transformado por la magia, despoja a lo maravilloso de su fantasía y le impone sus propios términos.

           «Mi inmortalidad me electrifica. El dolor va pasando. El dolor que primero me despertó de tanto dolor. La voz de la Lili solo me resituó. Ahora es su sangre lo que tomo ofrecida de la nada. Resulta ser buena. Hay que decirlo: sabrosa, buena moza. Y no es sangre virginal como esperé. Estoy seguro. ». (p. 174)

Estas inquietudes van convirtiéndose poco a poco en impulsos que los incitan a arrojarse al abismo, metafórica y literalmente; lo que permite, conforme nos acercamos al final, que la tensión aumente junto con nuestras ganas de conocer qué decisión tomarán en el último segundo. El relato liviano de un grupo de amigos arrojados a su suerte se convierte, como dijimos, en un relato trascendental con algunos guiños autobiográficos. Prueba de ello son sus últimas líneas, profundamente emotivas. Otro acierto.

El último relato, Fluidos para siempre, apunta en esa misma dirección, solo que con un gusto todavía más pesimista. Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que esta última historia es una síntesis bastante representativa de la obra, pues recorre los pasillos de la violencia y el sexo yendo desde lo mundano a lo mágico, idea y vuelta, condensándolo todo en una pasta narrativa extraña y lúgubre que impacta por su increíble cercanía con lo real.

A grandes rasgos —y nuevamente tratando de evitar todo spoiler—, este cuento nos presenta la historia de Suzy Zanetti, una mujer que trabaja doblando ropa en el “Dominae”, una tienda departamental, y de su jefe Leonel Cerón, hombre violento y con sed de posesión. Ambos se desean y disimulan sus intenciones durante el día, para en la noche dar rienda suelta a su apetencias. Lo que difumina las líneas de este mundo realista/fantástico/maravilloso en esta historia de pasión y violencia (valga el nombre de la tienda) es la inclusión de los maniquíes, que cumplen un rol fundamental en el desarrollo y desenlace de la obra.

«El Cerón la tira sobre la mesa roja para dibujar y colorear hasta los cinco años. Lo enanos maniquíes ya se encuentran rodeándolos. Más que el tamaño y posturas, eran sus emblemas, sus pelucas y cotonas verdes lo que los hacía niños. Por mucho que la Susanetti en la tarde, con mil pretextos, los empujara, los pisara, los hiciera dar uno que otro paso, todos los ojos volvían severos y serenos sobre la mesa.». (p.184)

Que la historia esté dividida en mini episodios escritos “circularmente” (usan la reiteración como recurso técnico) y que se titulen cada uno Lágrima, Saliva, Semen y Sangre, respectivamente, no hace sino reforzar el hecho de que todo aquí está bastante calculado. El autor nos sorprende con un giro final ambiguo, que utiliza deliberadamente esta indeterminación para confundir y sorprender a través de un impecable manejo de la focalización.

Estas dos últimas historias cierran perfectamente lo que Joannes Lillo quiere proponernos en “Qué Brígido”, presentándonos una mezcla de dos vertientes: una que apuesta a la mixtura de criaturas mitológicas de otros tiempos teniendo problemas excesivamente humanos y otra en la que lo extraño se presenta sin filtros para reventarnos violentamente en la cara. Subvertir el orden de los mundos creados, infectando las maravillas de universos alternos con pura y dura cotidianidad es un ejercicio que en este caso resulta exitoso.

Lillo demuestra tener la pericia necesaria para entrometerse con los estandartes del folclor y la tradición narrativa e impedir, a su vez, que todo termine en un descalabro adolescente. Muy por el contrario, es el trabajo con el lenguaje más explícito el que permite actualizar y resignificar la mitología de forma respetuosa y, sobre todo, inteligente, sin que eso traiga como consecuencia una pérdida de interés, dinamismo, rebeldía o frescura. Si a eso le agregamos el excelente trabajo editorial que ha hecho el equipo de Abducción, entonces la obra queda más que completa.

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