Memorias 1873-1968 (Alice Guy)

Memorias 1873-1968 (2021)

Alice Guy

Banda Propia editoras

Prólogo de Tiziana Panizza y traducción de Pablo Fante.

 

 Nació en Francia. Cruzó el estrecho de Magallanes a una edad donde imaginación y realidad intercambian pases en igualdad de condiciones: dice que vio hadas y animales extraños que poblaron sus sueños. Conoció el Valparaíso de comienzos del siglo veinte y se deslumbró con esa gente tan extraña para su educación de niña europea. Estuvo en las primeras muestras de los hermanos Lumiére y fue –por si fuera poco—la primera mujer cineasta, a despecho de la indiferencia de sus contemporáneos, hombres todos. La vida de Alice Guy –estas memorias lo testimonian—tiene poco que envidiarle a las vidas de los viajeros, naturalistas y exploradores de siglos anteriores.

Guy fue la quinta hija de un matrimonio que vivió sus primeros años entre Francia y Chile. Su padre fue propietario de una librería en Valparaíso y otra en Santiago. Tiempo después, «violentos terremotos, incendios y robos» arruinarían los negocios familiares y los obligan a volver a Europa. La pequeña Alice no volvería nunca más a Latinoamérica.

En 1895, su profesor de taquigrafía le avisa que la Compañía General de Fotografía tiene un cupo de secretaria y aprovecha de pasarle una carta de recomendación de respaldo. «La recomendación es excelente, pero es un puesto importante. Temo que sea demasiado joven, señorita», le dicen. «Señor», le responde Guy, «se me pasará». La aceptan y le ofrecen un sueldo inicial de ciento cincuenta francos. Estamos en los comienzos de la fotografía, ese arte espectral, y toda Francia asiste a exposiciones a conocer las obras de los primeros aficionados.

A las oficinas donde trabajaba Guy llegaron un día los hermanos Lumiére. Traían en sus manos el cinematógrafo. Vale la pena reproducir completo este momento en las palabras de la propia Alice:

Cuando llegamos, había una tela blanca extendida sobre uno de los muros de la sala; en el otro extremo, uno de los hermanos Lumiére manipulaba un aparato parecido a una linterna mágica. Quedamos a oscuras y vimos aparecer, en esa pantalla improvisada, la fábrica Lumiére. Las puertas se abrieron, el flujo de obreros salió, gesticulando, riendo, yendo hacia algún restaurante o a su hogar. Y luego aparecieron una tras otra las películas hoy clásicas: el tren que llega a la estación, el regador regado, etcétera. Habíamos asistido al nacimiento del cine.

Una cosa poca. De ahí en adelante, Guy decide dedicarse al cine a tiempo completo. Estas memorias son, además de un testimonio de época, una suerte de etnografía mezclada con arqueología de medios. Todas las peripecias y trabajos previos a la exposición de sus películas, los efectos especiales, el montaje, las primeras formas de cine sonoro, entre otras, son descritas por la cineasta con lujo de detalles. Todo a pesar de que, como ella misma anota, «mi juventud, mi falta de experiencia, mi sexo, todo conspiraba en mi contra». El curso que tomaría su propia historia dentro de la historia del cine es ilustrativa: después de filmar su última película en Francia, desaparece completamente del mapa, a pesar de haber fundado un estudio cinematográfico en Estados Unidos –Solax— y haber sido la primera mujer cineasta.

En el bellísimo prólogo que acompaña a esta edición, Tiziana Panizza cuenta algunos detalles del trabajo de resurrección del legado de Guy: la primera edición de sus memorias es publicada en 1975 por la editorial feminista Denöel/Gonthier. En paralelo, Nicole-Lise Bernheim produce el documental Qui est Alice Guy? En 1986, estas memorias son traducidas al inglés. Aparecen otros documentales y otras reivindicaciones.

Pero como la misma Panizza apunta, más allá o acá del evidente trabajo político que significa devolverle a Guy el lugar que se merece dentro de la historia del cine, la puesta en circulación de sus películas y estas memorias son una forma de acceder a otros registros de lo sensible. Porque no se trata solamente de la-primera-mujer-del-cine como de otra forma de concebir las posibilidades del lenguaje cinematográfico.

Una muestra de esto podría la sospecha que la propia Guy tiene, por ejemplo, con el cine sonoro: «Una empieza a darse cuenta de que el cine sonoro, al detener el desarrollo tan prometedor, tan alentador del cine mudo, lo privó de mucha poesía». Y cita ella misma un ensayo de Gilbert Cohen-Seat que merece la pena reproducir acá: «La naturaleza ocupa un lugar más importante que el hombre. En el teatro, el drama se limitaba al mundo humano. Con el cine, es la vida cósmica la que da un espectáculo, comunicando al alma un todo estremecedor».

A pesar que filmó su última película a los 46 años, dedicó el resto de su vida a escribir estas memorias, cuentos infantiles e intentar recuperar los originales de las muchas obras que filmó en sus veintiocho años de trabajo. En 1964 sufre un accidente cerebrovascular y en 1968 muere en un hogar de ancianos en Estados Unidos. Durante los cuatro años que transcurren entre el ACV y su muerte, las imágenes de su vida comenzaron a fundirse lentamente. El Alzheimer hizo con sus recuerdos lo que el polvo, el moho y la humedad hacen con el celuloide. Es probable que en sus últimos días de vida solo recordara las hadas y animales extraños que, varias décadas antes, viera en los hielos eternos del estrecho de Magallanes.

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