El ritual del pánico (Rhiannon Auriol)

 

El ritual del pánico

Rhiannon Auriol 

Joaquín Eguren (Traducción)

Queltehue ediciones

ISBN: 978-956-09207-5-1

He escuchado montones de relatos de amigos y conocidos que han caído  —por diversas razones que no vale la pena enumerar— en el vértigo del pánico. Para todes, la experiencia ha sido perturbadora e inquietante. Para algunos, lo más cercano a un ataque de pánico son las pálidas, descompensaciones producidas por el consumo de marihuana. Para otros, la baja de serotonina después de una noche de alcohol los deja siempre al filo de una ansiedad inmanejable.

La heterogeneidad de experiencias tiene distintos cauces: algunos terminan yendo al psiquiatra y tomando ansiolíticos. Para otros es apenas una anécdota. Para la jovencísima autora de El ritual del pánico —Rhiannon Auriol (Bath, 1999)—, todo empieza a los catorce años: «Mi rutina ha sido vivir en pánico: durante toda mi vida este trastorno de ansiedad ha afectado mi habilidad de crear lazos saludables con la comida, el sexo y el trabajo».

La narración en primera persona de este proceso es lo que da pie a este breve ensayo publicado este año por ediciones Queltehue en la traducción de Joaquín Eguren. Siguiendo una línea que nos recuerda a los ensayos de Bataille, Auriol apunta que el pánico es el gemelo oscuro del orgasmo: «Ambas sensaciones son un tipo de ritual de liberación: una vez que el último espasmo ha acabado, se produce una sensación violenta de alivio». La vinculación del pánico con la figura del dios Pan nos remite inmediatamente con el pathos, el exceso, la exuberancia. El pánico es dionisiaco, nos acerca a la tragedia. No en vano Kierkeegard llamó a la desesperación «la enfermedad mortal».

El breve repaso histórico por las representaciones del pánico en la cultura occidental lleva a Auriol a uno de los tantos cuadros famosos de Goya. En El aquelarre, pintado entre 1797 y 1798, el español retrata una escena de pesadilla: un Macho cabrío, usualmente vinculado a la figura de satanás, preside una suerte de ceremonia que es acompañada por un corro de madres que parecen en disposición de ofrecerles a sus hijos en sacrificio. Leamos la interpretación de la autora: «Una de las brujas mece a un bebé, lo que al comienzo puede parecer el ritual católico del bautismo, sin embargo, la forma en que el infante es acariciado por las pezuñas del Diablo podría indicar que se trata de un sacrificio, por lo que el bebé pasa a representar tanto la vida como la muerte».

Lo importante para Auriol es notar cómo la figuración del Diablo termina por transformarse en una representación del mal asociado a lo desconocido, al caos, a todo aquello que está en los extramuros de nuestra comprensión racional. Aparece así la dimensión fetichista del fenómeno, si entendemos el fetiche como una «figura o imagen que representa a un ser sobrenatural al que se atribuye el poder de gobernar una parte de las cosas o de las personas, y al que se adora y se rinde culto». Esto le permite vincularlo con fenómenos políticos como el Brexit o el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos: «Cada uno de estos fenómeno ha sido fetichizado por sus seguidores, creando una sensación de pánico y perdición dentro de sus rivales».

Algunos directores contemporáneos han indagado en torno a estas temáticas. El caso más excepcional para mí es el de Lars Von Trier en Antichrist. En la película nos enfrentamos al duelo de una pareja (Willem Dafoe y Charlotte Ginsbourg) que perdió a su hijo de pocos años. La infructuosa terapia a la que Gainsbourg se somete los lleva a aislarse en una pequeña cabaña ubicada en una zona rural. Allí la naturaleza aparece como una amenaza, mientras los personajes empiezan a enloquecer de forma cada vez más violenta. En la película, la vinculación entre lo femenino, la naturaleza y el caos funcionan como una alegoría inquietante sobre las fuerzas trágicas que mueven las relaciones humanas. Aunque no hay ninguna alusión explícita, podemos intuir que la presencia del dios Pan —el único dios que puede morir— estaba en las lecturas de Von Trier al pensar el guion de la película.

Sin embargo,  la relación entre el pánico y el ritual como fetichización del mismo es de la cual Auriol busca emanciparse. Si bien la brevedad del ensayo no permite un despliegue más holgado de las ideas que intenta vincular, las sugerencias que ofrece nos permiten abrir nuevas derivas para pensar, por ejemplo, la compleja relación entre salud mental, cultura y representación. Porque aunque una consigna como «No era depresión, era capitalismo» nos pueda parecer torpe y algo floja, no es menos cierto que el énfasis individual de patologías como la ansiedad y la depresión les quita su potencial político o la posibilidad de relacionarlos con ciertos problemas estructurales de nuestra época.

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