Isla Decepción (Paulina Flores)

Isla Decepción (2021)

Paulina Flores (1988)

Seix Barral

ISBN 978-956-9949-87-6

358 páginas

 

Marcela viaja de sorpresa a Punta Arenas, donde visita a su padre. Ella acaba de quedarse sin trabajo y sus opciones laborales, así como sus ambiciones juveniles (convertirse en cineasta), comienzan también a truncarse. Qué decir del plano amoroso: acaba de ser pateada. Así, el viaje de Marcela a Punta Arenas se convierte en un escape tanto de la falta de un proyecto de vida en el sentido neoliberal del asunto, como del fracaso de una relación amorosa.

Su padre, marino, tiene razones análogas para vivir en Punta Arenas. Su fracaso matrimonial lo hizo abandonar la ciudad de Temuco y buscar un lugar alejado, aislado, donde vivir con su propia decepción.

“Pero tienes que aprender, tienes que entenderlo, Tita. A veces la gente desaparece de tu vida, personas importantes, y no puedes hacer nada. No es algo que puedas controlar. A mí me costó muchos años darme cuenta y fue tiempo perdido, ¿entiendes? Perdí esos años, pero tú eres joven y tienes que volver. Debes hacerlo aun si no tienes un lugar que sea tuyo. Preocúpate por ti misma, que Lee va a estar bien.” (página 305)

La narración comienza con el naufragio de Lee, coreano, desde un barco factoría asiático que navega el mundo pescando y faenando calamares. Miguel, el padre de Marcela, lo rescata y esconde en su casa. Por supuesto, Lee no habla español, por lo que sirve para espejear lo que ocurre con los otros dos personajes, Marcela y Miguel, y la incapacidad de estos últimos para comunicarse más que superficialmente entre sí, decirse lo que piensan y lo que sienten. Y como estos dos personajes en general no llegan a conversar de manera profunda y honesta, el recurso es utilizar a Lee como excusa para que los protagonistas no monologuen artificialmente una y otra vez.

La narración se centra en Marcela. Ella es un personaje de un carácter estático. A pesar de todo lo que le ha ocurrido y de su escape a Punta Arenas es alguien que se niega a cambiar, incluso con tanto discurso frente a Lee no llega a cuestionarse sus propias responsabilidades por la dirección que ha tomado su vida, en cambio, sí parece estar muy dispuesta a reprocharle a Miguel cada decisión o inercia por la que este se ha dejado llevar. Sin embargo, uno y otro se parecen demasiado. Y Lee, aunque haya escapado del barco factoría, tampoco parece muy dispuesto a emprender un cambio, sino que es simplemente otro personaje que se esconde.

La apuesta con estos personajes a ratos apáticos, apagados, resulta narrativamente peligrosa, porque son personajes que deliberadamente no tendrán un desarrollo que se profundice con el transcurso de las páginas. Ellos comenzarán y terminarán siendo los mismos de principio a fin, lo que —más allá del gusto o no por esta actitud y apuesta— resulta concordante con el título de la novela y consigue un clima de frustración en el que se sumergen sus personajes rotos.

“Mientras el camino ascendía, se propuso odiar a Miguel por lo que le había hecho a su mamá. Tampoco funcionó. Pese a la rabia, seguía culpando a la Carola o, más bien, a la institución del matrimonio general, a las familias. ¡Los padres casándose!, más parecía que intentaban ser criminales, que buscaban una forma de ser prófugos, de liberarse de sus vidas mediocres por medio de un delito terrible: el amor.” (página 257)

Flores, hay que decirlo, mantiene sus mejores atributos que ya mostraba en Qué vergüenza: su capacidad para detenerse el tiempo necesario y conformar una escena, construir una imagen con una descripción narrativa solvente, cosa bastante extraña en su generación y que es una virtud mayor. Comparte algunos tópicos generacionales, el más evidente es el de esos padres incapaces de prestar protección a los hijos, como si fuera una marca de toda una época, de padres alejados por el trabajo y familias o matrimonios imposibilitados para mantenerse unidos en este mundo en el que los niños crecen sin referencias paternas presentes.

Isla decepción es una novela correcta que se desenvuelve de manera morosa, que expone las frustraciones y derrotas de sus personajes con presteza, que usa el recurso del personaje que no habla para permitir que los otros, incapaces de realmente expresarse, lo hagan con él. Y que, aunque hacia el final hay un giro narrativo muy poco convincente usado para forzar el desenlace, la autora tiene la presteza de no caer en el recurso simplista de darle un cierre conclusivo a estos personajes, cosa que habría resultado muy fuera del tono de la novela.

 

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