Klara y el sol (Kazuo Ishiguro)

Klara y el sol (2021)

Kazuo Ishiguro (1954)

ISBN 978-84-339-8087-8

384 páginas

 

En el año 2009, Ian McEwan publicó la novela Máquinas como yo. En ella exploraba un futuro extremadamente cercano, casi un futuro-presente, en el que las personas pueden comprar máquinas humanoides con una inteligencia artificial incluso superior a la nuestra. Por su parte, este 2021, el Nobel Kazuo Ishiguro acaba de publicar esta novela situada en un futuro aparentemente inmediato, en el que los seres humanos pueden comprar máquinas humanoides con una inteligencia artificial incluso superior a la nuestra. La semejanza argumental es obvia y, sin embargo, la similitud más importante está en el tema explorado por ambos autores, que no es, como cabría suponer, la indagación sobre el desarrollo tecnológico sumado a ciertas predicciones de cómo este afectará a nuestras vidas. Por el contrario, lo que resulta evidente es que ambos autores —ambos de un merecidísimo prestigio— se dan cuenta de que lo interesante de sus argumentos está en explorar la capacidad de estas máquinas de emular nuestras propias emociones y sentimientos, y más allá aún, de tantear el momento en que se hayan vuelto tan perfectas que esos sentimientos y emulaciones no sean puramente emulaciones, sino que se hayan convertido en realidad, cuándo traspasarán el umbral de simples máquinas a seres humanos. El mismo título de la novela de McEwan pareciera hacer la pregunta de fondo: ¿cuándo estas máquinas serán como nosotros?

Klara, la protagonista de Klara y el sol es una AA, una “Amiga Artificial”, creada y adquirida con la finalidad de servir de compañía y cuidadora de menores de edad. Es, además, la narradora de esta novela. Josie es una niña enferma, aparentemente destinada a morir, que vive junto a su madre y a una empleada doméstica en una casa en las afueras de la ciudad. Esa la casa y esa es la niña a la que Klara liga su futuro y debe asistir. La narradora prontamente demuestra dotes superiores a su clase, facultades de análisis y observación que exceden lo que se espera de ella y que la hacen adaptarse de la mejor manera a las necesidades humanas. Todas esas facultades las usa para intentar que Josie esté lo mejor posible.

“Los dos somos unos sentimentales. No podemos evitarlo. Nuestra generación todavía arrastra los viejos sentimientos. Una parte de nosotros se niega a abandonarlos. La parte que quiere seguir creyendo que hay algo inasible en el interior de cada uno de nosotros. Algo único, que no puede ser transferido. Pero ahora sabemos que no hay nada de eso. Tú lo sabes. Para la gente de nuestra edad es difícil de asumir. Pero debemos asumirlo, Chrissie. No hay nada ahí. Nada en el interior de Josie que sea inasible para las Klaras de este mundo.”

En este futuro distópico de Klara y el sol los niños son “mejorados”, y aunque no se detalla, comprendemos que les añaden características que los hace intelectualmente superiores a aquellos que no han sido mejorados. La mejora de Josie ha fallado y por eso está destinada a morir. Es la tecnología y su uso sin límites lo que la ha llevado al estado en que la encontramos ya al comienzo de la novela. Y su ayuda es precisamente la tecnología. Pero una tecnología que, por perfecta, pone en entredicho la manera en que todos deben relacionarse con ella y que hace que nos cuestionemos no solo si esos AA son capaces de sentir, sino que si nuestros sentimientos humanos son realmente algo único, si no son replicables mecánicamente. Al confrontarnos con esta AA, se insinúa Klara y el sol, tal vez descubramos que no hay nada realmente especial en nosotros, no hay un “corazón” en el sentido metafórico, no hay un “alma”, que “lo humano” no es más que una colección de reacciones que pueden perfectamente replicarse hasta su nivel más íntimo. Y si es así, pueden también mejorarse.

Klara, la AA, en su intento por salvar de la enfermedad a Josie, no solo guarda esperanzas irrazonables en un giro imprevisible del destino, sino que además complota, arguye, destruye, se somete a ideas pioneras y extravagantes y finalmente, a pesar de su intelecto fino y superior, se inventa un dios ante el que se arrodilla y reza, para que obre el milagro. Todo lo que, además, en su inteligencia súper desarrollada, le resulta sensato, se coordina de alguna manera, en un gesto de profunda humanidad.

Cuando la tecnología nos depara un futuro que no podemos prever con exactitud la pregunta última, al parecer, se vuelve hacia nosotros mismos. De qué están hechos nuestros sentimientos, qué constituye realmente nuestra humanidad, se preguntan McEwan, Ishiguro, Artwood. Se preguntó Orwell, Zamiatin. La pregunta de la literatura sigue siendo, sin importar las máquinas como nosotros, sobre la condición humana.

 

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