El brujo (Álvaro Bisama)

brujoEl brujo (2016)

Álvaro Bisama (1975)

Alfaguara

ISBN 978-956-9583-73-5

223 páginas

 

El brujo de Álvaro Bisama es la historia de un hombre que decide escapar, luego de ejercer como fotógrafo durante la época del golpe, de dedicarse a retratar la violencia de las marchas contra la dictadura, de la represión, pero por sobre todo esa violencia que se encontraba en las calles. Un hombre que corría tras la violencia, que se pasaba sus días intentando no sólo capturarla en el sentido más llano de la palabra, sino que asirla completamente. Y tal vez lo logra en particular en una de esas imágenes: un carabinero con su arma apunta a una muchacha directo al rostro, ella lo mira de vuelta, y todo el terror y la violencia de la época se expresa en esa fotografía.

Por eso es que el hombre escapa. Porque la fotografía contiene un poder que queda muy latente en él, una especie de embrujo que tiene que ver con la capacidad de capturar algo que está radicado mucho más profundamente que en la bidimensionalidad de la fotografía.

Esta es la historia de este fotógrafo que se rompe internamente de tanto retratar la violencia.

“A veces me preguntan por mi padre y lo que hizo.

En respuesta, yo cuento esto para explicar qué pasó con él.” (página 13)

El narrador de la historia es el hijo del fotógrafo. Él intenta componer a su vez la imagen de su padre capturado por todo el daño que retrató durante años. El libro está compuesto por dos partes. La primera está abierta por el texto ya extractado previamente, donde el hijo comenta todo lo que públicamente fue su padre y cuáles son los motivos confesos de su huida. La segunda parte inicia así:

“Cuando me preguntaban qué había pasado con mi padre, lo que no contaba era esto:” (página 85)

La segunda sección comienza aparentando ser una novela que tenderá hacia lo policial, pero nada más lejano de ello. Hay un crimen que le da cierto movimiento a la historia de este personaje que se ha vuelto casi un ermitaño fugado del mundo, de su hijo y de su familia. Sin embargo, la historia no se concentra en el crimen, sino que a través del lenguaje va profundizando en la paranoia del padre, quien ya no sólo se escapa físicamente de Santiago, sino que se va fugando de la vida, como excusa por aquel crimen que enreda aún más su historia.

Hay una tercera parte, que lo cierto es que no logra separarse realmente de la segunda. En ella presenciamos de lleno la reunión padre-hijo y, con eso, vemos cómo el relato se ve afectado completamente por el lenguaje degradado del padre, contaminado por una especie de locura que lo va sumergiendo en sí mismo y, al mismo tiempo, una reunión que intenta ser explicación sin explicar nada, y que al mismo tiempo es despedida.

Con lo anterior, el brujo se sitúa como una de las novelas menos experimentales de Bisama, donde menos juega con la estructura, donde hay más “orden” en el relato. Y no le hace falta juguetear más allá con las formas, porque en esta su discusión es con el lenguaje mismo, como si hubiese caído en la cuenta que necesita apenas de dos o tres herramientas para construir un relato que tienda hacia la paranoia; en este caso, simplemente desde el uso del habla del fotógrafo. Sin embargo, ese recurso no siempre resulta bien: en varias secciones el uso de la reiteración agota al lector, sin llegar a producir el efecto acumulativo que pretende, sin transmitir realmente aquella sensación de locura.

El libro es, como gran acierto, y al igual que una fotografía bien tomada, por sobre todo un punto de vista, la manifestación de cierta subjetividad, la visión disgregada en esos dos apartes principales del relato que conforman una manera de mirar el mundo, una manera de escapar de este y de cómo un hombre explica el daño que ha recibido. El hijo, como narrador, es apenas un boceto como reflejo de quien fue el padre, sin llegar a constituirse realmente, sin ser más que la excusa de ese punto de vista. La novela triunfa en esa subjetividad y cojea en la debilidad de la construcción del hijo que no logra expandirse, y de esa tercera parte del relato que jamás termina de despegar realmente, porque no pretende ser una explicación cabal, sino que apenas un remedo de explicación, un intento que pretende demostrar la incapacidad del propio padre de darle una razón a sus motivos, los que ya se han figurado de mejor manera antes en el relato.

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