Taxidermia (Álvaro Bisama)

Taxidermia

Reseña remitida por:

@salgadoboza

 

Taxidermia (2014)

Álvaro Bisama

Alquimia ediciones

ISBN 9569131284

 

 

«Alguien debería escribir una canción sobre todos nosotros.»

Sobre Taxidermia de Álvaro Bisama

 

En 2014 Álvaro Bisama publicó dos volúmenes: Los muertos (Ediciones B), una pequeña antología de textos desperdigados con algunos inéditos; y vía Alquimia, acabó el año con Taxidermia, un volumen con algunos detalles gráficos interesantes y con una importante cantidad de errores de digitación.

Esta novela va, más o menos, así: un cineasta recopila sus memorias sobre un dibujante, sus intentos de perpetuarle en filme; sobre sus páginas llenas de cómics, sus propios intentos de películas, sus historias familiares, de cómo se conocieron y alejaron, de las alucinaciones que les invadían; de cómo cada uno se fue al carajo, y en llegando al fondo dieron un bote y regresaron, o no.

El modo de narrar no es nuevo en Bisama, quiero decir su aspecto gráfico, la forma en que nos enfrentamos a la página, Caja Negra (2006) lo prefiguraba, Death Metal (2010) lo asienta. Recurso, por ejemplo, de Matías Celedón en su primera novela (Trama y urdimbre, 2006). Con la diferencia, que en esta ocasión, funciona visualmente porque se trata de un relato sobre cómics y cada capítulo aislado (párrafo en realidad, no hay separación) eso parece, y a eso sabe, con cada página del revés salpicada de ínfimas manchas de tinta. Y a pesar de esto, Taxidermia no es un avance en su escritura. Siempre que por avance se quiera mencionar una diferencia radical con sus publicaciones previas, porque en ese sentido, sólo Ruido (2012) parece desmarcarse de las preferencias del autor: si hay algo que le gusta a Bisama es la anunciación del acabose. Y quizás una clave de lectura sea ésa, una manera de dosificar las imágenes de fuego y desastre que frecuentemente presenta.

Taxidermia es prolífica en paisajes enmarcados en la caja del párrafo, y en cierta forma es eso, y no más: lo que quiera conseguir (el efecto de texto, la sensación, la sospecha de sus intenciones) se encontrará en la viñeta y no fuera de ella. Justamente lo que sus personajes no hacen. Ambos, el cineasta y el dibujante, actúan apuntando a decenas de significados posibles, a la locura y la angustia principalmente. Así, lo que Bisama deja a la elucubración en realidad no existe, porque sus personajes llevan a cabo la sección que al lector le debería corresponder –o no. ¿Para qué lectores, entonces? Si cada párrafo se quiere viñeta, ¿cuánto dura la lectura de una?

Quizás Bisama quiso emular el modelo de Las 1001 Noches en el cual el relato central versaba sobre lo que todo el libro trata; o, con mayor probabilidad, el capítulo quinto de Watchmen en el que la página de inicio tiene su espejo retorcido en la final, y cada viñeta se refleja en otra, hasta las centrales que funcionan como bisagra para el relato. Y entonces lo que se encuentra hacia el final ya fue modulado al inicio, entregado de manera enigmática al inicio, y ahora en una nueva formulación, enigmático nuevamente pero por otros motivos:

«Las historias son cuentos chinos de terror. En estos cuentos chinos no hay chinos» (pág. 13)

«Las historias son cuentos chilenos de terror. En estos cuentos chilenos sólo hay hordas de chilenos» (pág. 233)

 

Taxidermia se lee rápido, se entrega si no de manera sencilla, al menos sin violencia ni gran resistencia. Pero, sobre la misma, pasa luego al olvido. No es una novela memorable, aunque cuente con varias buenas citas e imágenes. Y adelanto un juicio para esta sensación: la profundidad de cada viñeta-párrafo no se agota en la página en que quedó inscrita, sino que en la medida que es fragmento, tiende a insinuar muchísimas otras opciones narrativas: distintas formas de cerrar el relato, perversiones y avatares no contemplados originalmente, pero por sobre esto, la sensación constante que se están leyendo las notas marginales de una vida también marginal, respecto al “genio maligno” del protagonista dibujante, y la insistencia majadera de que ambos, hasta en lo más nimio están queriendo hacer otra cosa: una hipérbole de la vida cotidiana en la que el cineasta graba para sobrevivir matrimonios, pero recurriendo a métodos de montaje en los que rescata rostros fuera del encuadre, o quemando las cintas: “No quería guardar nada. Quería que quedaran sólo los recuerdos de las imágenes, que nadie pudiera reproducir nada”.

Así, el relato se va uniendo entre los párrafos que relatan las viñetas que nunca se realizaron, que quedaron guardadas en baúles o perdidas, impresas como fanzines de tiraje mínimo y obtención imposible. Acá todo es subterráneo y opaco. No hay aparición del éxito o la tranquilidad (que no es sino otro nombre para la adultez), no hay calma alguna porque todos se mueven intentando no hundirse en la anonimia o la estática de la vida común del que no es notado, aunque haya otro que le considere genial en su restringido ámbito, o en su propia vida.

Capote se refería a su vida y la del criminal de A Sangre Fría Perry Smith diciendo que habían sido criados en la misma casa, y que él salió por la puerta del frente, mientras que Smith lo hizo por la trasera. En la última entrega de Bisama, no hay puerta adelante, sólo hay salida de emergencia.

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