Blog: Profesora de Castellano

Viajo apretujado en el Metro. Llevo tapones en las orejas para bloquear el ruido que siempre me ha parecido insoportable y también, por qué no reconocerlo, para no escuchar las conversaciones de las demás personas, conversaciones que a veces también me resultan insoportables. Con éxito trato de ganar aquel espacio que enfrenta los asientos, a sabiendas de que esa es una de las escazas ubicaciones donde todavía se puede leer en el Metro de Santiago. Ya en mi sitio saco mi libro y agarrándome con una sola mano del pasamanos logro sostenerme en el vaivén del carro. Todo va bien. De forma difusa oigo algunas voces de la gente que me rodea y apretuja, pero los tapones hacen su efecto y me llegan a un volumen que me permite ignorar por completo su contenido. Igualmente oigo el chirriar de las ruedas del carro cada vez que nos detenemos en una estación, así como las instrucciones grabadas que se emiten por el altavoz, que en su repetición diaria parecieran más que educar sobre el buen uso del servicio, producir adoctrinamiento. Pienso en Fahrenheit 451 y tan solo espero que en un futuro no se emita publicidad desde esos altoparlantes. Es día lunes. Otro más. Voy en dirección a la oficina, donde ya no habrán libros si no otro tipo de cosas que ocuparán mi mente. Por eso el largo viaje en el Metro de Santiago se vuelve un tiempo importante para mi lectura.

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Una frase bella sobre la amistad me hace levantar la vista de mi libro y creo que incluso me saca una sonrisa. Alguien me mira, percatándose de mi gesto. Esa persona intenta, con cierto pudor y disimulo, ver la portada de mi libro. Yo, compartiendo su pudor, hago como que miro hacia otro lugar y levanto un poco el libro, para que esa mujer lea el título. Alcanzo a ver que su mirada se fuga, como si se hubiese dado cuenta que yo sé lo que ella hace. Ella sabe que yo sé. Y yo sé que ella sabe que yo sé. Es un juego de palabras que no funciona; luego recuerdo Otra vuelta de tuerca, de Henry James y pienso que sí, que sí funciona si cae en las manos adecuadas, con los recursos adecuados.

Y como consecuencia de mi esquivar la mirada de esta persona, de pronto diviso entre la gente a un mujer pequeña, que supera fácilmente los cincuenta años, de pie leyendo un libro, enfrentando la corrida de asientos siguiente a la que yo he escogido como lugar de lectura. Ella lleva el pelo muy corto y se deja las canas, con una dignidad que contiene mucha hermosura . La veo y la recuerdo: mi antigua profesora de Castellano (porque el ramo se llamaba Castellano, y estoy seguro que le cambiaron el nombre solo para hacer que los que tuvimos Castellano y no como-sea-que- ahora-se-llame nos demos cuenta que estamos volviéndonos cada día un poco más viejos), la misma que me hizo escoger leer a Nikos Kazantzakis (sí, me lo dio a escoger entre un montón de autores de los que sabía poco y nada, y que convirtiéndolo en elección resultó ser cualquier cosa menos una lectura obligatoria), que me dio a leer a Neruda, la misma que no me atosigó con ninguna lectura, sino que me hizo amar las que durante su clase leí, tan solo con mostrarnos a todos cómo ella misma amaba esos libros.

Hubiese querido acercarme, querida profesora. Disculpe que no me haya acercado. Pero entre usted y yo había tanta gente, tanta pero tanta gente. Es el Metro en hora punta, usted de seguro lo sabe tan bien como yo. Y además de la gente yo tenía un libro, así como también usted tenía un libro. Sin dudas que usted era feliz en ese momento y no me hubiese gustado interrumpirla, tanto como yo fui mirándola como un voyerista, dándole las gracias mentalmente por tener un libro en mis manos, un libro que casi me hace ansiar el momento de tránsito en el Metro, ya sea yendo o viniendo del trabajo, casi desear ese apretuje obsceno del Metro de Santiago en hora punta.

Me hubiese acercado, la habría saludado con un abrazo. Pero me aproximaba a mi estación y tenía que bajarme. Disculpe, querida profesora. Pero usted tenía un libro, y —en buena parte— gracias a usted, también yo tenía un libro. Y ambos íbamos felices entre el tumulto del Metro.

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1 Comment

  1. says: Pablo Cabaña Vargas

    No sabes la emoción que me generó esta columna. Yo también tuve a esa misma profesora de castellano, la de pelo corto y canas llevadas con dignidad y sabiduría. Ella, la tia Kattia, fue para muchos una de esas personas claves e iniciáticas en nuestra vida. Nos enseñó a pensar, a que nada era en sí mismo bueno o malo, sino que todo dependía del punto de vista desde el cual lo miraramos. Además, para los que teníamos la vocación y el gusto por la lectura, de alguna forma nos volvió a enseñar a leer, a estar atento a los símbolos, a querer las palabras y a usarlas bien, y adquirir disciplina de lectores. Recuerdo también su insistencia respecto a que los trabajos fueran a mano, para que nuestra ortografía no fuera reemplazada por el corrector del word, y su pregunta comodín en cada prueba (en la que te jugabas la nota): ¿qué opinión le mereció este libro? Así como hay libros que nos marcan a cierta edad, hay personas que también lo hacen; ella lo hizo, y me alegro que por este medio le hayas rendido un merecido homenaje a través de las palabras.

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