Cuentos imprescindibles (Antón Chéjov)

Cuentos Imprescindibles (Antón Chéjov)
Edición Richard Ford
Debolsillo
Páginas
Precio Referencial .CL $8.000
No he adquirido una perspectiva política, ni filosófica ni religiosa sobre la vida… tengo que limitarme a las descripciones de cómo mis personajes aman, se casan, tienen hijos, hablan y se mueren
Adquirí esta edición de cuentos de Anton Chéjov simplemente porque se me cruzó en el camino, mientras buscaba otro libro, en una de esas librerías que de tanto material pareciera estar todo perdido entre los mismos estantes. Cuando abandoné la tienda me di cuenta quien había estado a cargo de escoger los cuentos –quien había prologado esta edición– y me sentí dueño de un hallazgo al leer el nombre de otro de mis más admirados autores: Richard Ford. Sobre Chéjov hay infinitas recopilaciones de relatos, todas con diferentes criterios a la hora de seleccionar, pero me alegré al enterarme que esta no era más que la opinión subjetiva e incluso un tanto antojadiza del escritor ya mencionado. En el prólogo Richard F. nos confiesa con vergüenza que él mismo no había leído a Chéjov hasta adulto, bastante después de adquirir cierta notoriedad como escritor. Sabía que había recibido la influencia indirecta de él a través de Carver, Tennesse Williams, del mismo Hemingway, pero sin embargo, antes que le ofrecieran hacer esta recopilación, no había leído más que un par de relatos sueltos en la universidad, sin captar demasiado la esencia de lo relatado, sin realmente interiorizarse con el estilo y trasfondo de las historias de Chéjov. Confiesa haber escogido sin dejarse guiar más que por su gusto personal, ni por épocas, ni por la crítica sobre los distintos períodos, solamente por lo que a él como escritor le ha parecido más propio y cercano. Adherí completamente a aquel intento. Resultaron en veinte cuentos de sus diferentes etapas.
La pregunta de fondo, pregunta difícil de responder pero que sin embargo pretendo no evitar, sería referente a qué ha hecho que Antón Chéjov haya llegado a considerarse el padre del cuento moderno, muchas veces el más grande, casi sin opositor. Qué ha hecho que este autor y no otro, estos relatos y no otros, hayan sobrevivido por más de cien años a la muerte de su autor. En un primer momento me atrevería a decir a que ello se debe, en parte, a que se trata de un autor muy ruso –si se me permite la digresión– lo que significa desde cierta óptica que reúne las características más nobles del siglo de oro ruso. ¿Cómo es eso? Déjenme explicar. Chéjov era médico. Médico en una época (recuerden, por ahí por el 1880) en la que la medicina probablemente estaba más cercana a la alquimia que a la ciencia moderna. En un momento en que el rotulo de médico era más cercano al de un trabajador o empleado común que a la ponderación actual. Era un trabajador, no un noble. Ello implicaba que tenía un contacto con la gente. Con mucha gente. Con campesinos también. Especialmente con campesinos (Mujiks). Conoció al mundo desde su posición. Y sus temas literarios versan sobre lo que él tan bien conoció. Sobre esa Rusia campesina, muchas veces ignorante. Y también sobre esa Rusia de pretensiones, de la gente que pasaba el tiempo haciendo largos paseos, reuniones en sus casonas, vidas de funcionarios en sus oficinas. Sus temáticas no son elevadas, no en principio. Chéjov tiene el talento de tomar los temas más simples (por ejemplo la vida de los Mujiks –campesinos rusos– en su propio ambiente, con sus propias voces y comportamientos, aberraciones), retratarlos con genialidad y elevarlos frente a los ojos del lector, volverlos importantes (y haciendo así importantes al hombre promedio), refrendar la vida común y ordinaria, con sus errores y pequeñas virtudes, plasmarlas en el papel y hacer de ella un cuadro en el que hasta el día de hoy podemos nosotros mismos reconocernos, si bien quizás ya no en las formas externas, pero todavía en las actuaciones, en los sentimientos, las emociones, en nuestras reacciones. El esquema que va dibujando es el esquema humano. Nuestras propias necesidades y carencias. Así podemos verlo también, por ejemplo, en su genial cuento El pabellón número seis, en el cual un hombre –médico, como él– desea buscar un medio de escape social, necesita de otro hombre como él, otro hombre con la cultura para conversar, discutir cosas importantes, relevantes (nunca se nos aclara qué es exactamente aquello que busca o entiende como relevante o culto, pero el vacío existe, la relación de no pertenencia al contexto social). Y finalmente sólo lo encuentra en un loco recluido en el mismo sanatorio que él regenta. Todo ello contrasta como la sociedad trata a aquellos que son distintos. Piensan o actúan distinto. Locos o no. Quiénes son los locos, podríamos preguntarnos. Dónde el sentido de humanidad. Cuándo queda atrás el vacío. Otra gran obra maestra es La dama del Perrito, también incluida en esta suerte de antología. Debe ser uno de los cuentos más famosos existentes en la literatura. Qué es lo que le hace tan grande (entre tantas cosas qué podríamos decir). El relato humano del encuentro, adúltero, entre una pareja que se conoce en una ciudad que no es la de ninguno de ellos. El encuentro del amor que todavía no se sabe que resultará en tal. La separación. La confirmación del amor. Y todo ello sin sentimentalismos. El relato humano en su estado natural. Nuevamente el hombre que desencaja en esta sociedad, aquel que siente que tiene dos vidas, una la aparente, con la que se mueve y desempeña socialmente, y otra muy distinta, la real, la que no puede ni debe dejar ver a nadie, aquella que lo mantiene vivo, aquella con la mujer de otro, con sus encuentros furtivos, con su envejecer progresivo mientras el amor se mantiene.
Todos sus relatos se encuentran exentos de respuestas, de conclusiones finales o moralejas edificantes. Sus personajes no resultan en lecciones de vida. Ellos sólo viven la vida que les ha tocado. No son héroes. Son Mujiks, son nobles, o son personas comunes y corrientes. Son humanos, sobre todo. Y victimas de sí mismos. Sin llantos de por medio. Sin adornos. La historia relatada es la que sucede. Y Chéjov, a través del relato, provoca que las conclusiones, moralejas (si las hubieran), sólo ocurran en la cabeza del lector, fuera de las líneas. Porque Chéjov no nos inducirá a conclusiones. No nos dará los razonamientos. Chéjov solamente muestra o insinúa, lo demás deberá ser obra del lector. Él se dedica a plantear la duda, como si no tuviera una posición moral sobre la vida. Es el lente fotográfico, no el juez.
Antón Chéjov es un imperdible, un autor de aquellos sobre los que se podrían trazar hasta el día de hoy la línea de sus influencias en la literatura. Como tal debe ser leído.
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