Texto de presentación de “Condominio Pinares” de Vera Zepeda, por Maivo Suárez

 

Por Maivo Suárez

 

En una suerte de larga confesión, Nurisnalda repasa los hechos en los que habría participado mientras trabajaba como conserje en el Condominio Pinares. ¿Qué hizo? ¿Cómo llegó hasta ahí? ¿Está contando la verdad? Bueno, tendrán que leer la novela. Lo que sí puedo adelantarles es que la extrañeza y la acción parten desde los primeros párrafos. Un fragmento: «Quizás alguien podría decir que no tengo nada que contar porque nunca supe ningún nombre, ningún contacto, nunca conté la plata».

Mientras confiesa, esta mujer cincuentona, hipertensa y madre de una hija adolescente, interroga su vida adormecida y disecciona sus propias dudas. Hay algunos vacíos en esa memoria, pero, poco a poco, mientras la historia avanza, asoman las mentiras transitorias, como ella misma las llama; algunos deseos inconfesables y, por supuesto, la culpa. Criada en una familia evangélica y creyente confesa, la presencia de ese Dios castigador y la búsqueda del perdón atraviesan el texto como una larga cicatriz. También lo atraviesan muchas preguntas: las de ella y las de nosotros como lectores. ¿Cuánto de esa vida suya, sin propósitos, la empujó a subirse y manejar el Lada? ¿Cuánto influyó su actitud de no preguntar, seguir los protocolos y obedecer? ¿Cuánto presionó la necesidad económica? ¿Cuánto el deseo de ser, por fin, reconocida?

Porque, como un fantasma que se hartó de ser invisible, nuestra protagonista necesita ser vista por los otros; ya sea por su hija, por las vecinas metiches, por sus pares o por sus jefes de mierda.

En una reciente entrevista, la escritora argentina Samanta Schweblin señalaba que las cosas más importantes de un texto «debería pronunciarlas en silencio el lector, jamás el escritor. Pero para que el lector pueda pronunciar eso que esperamos debe tener un espacio de silencio».

Con mucha habilidad, Vera Zepeda construye un texto donde el poder del relato reside precisamente en lo que calla, dejando ese espacio de silencio para que los lectores, junto a Nurisnalda, construyan significado y completen los vacíos de esta confesión.

Si bien la trama y el manejo de la intriga por parte de la narradora nos llevan a apurar la lectura porque queremos saber qué pasa, cómo pasó, qué sigue ahora y cómo saldrá la protagonista de este entuerto, la belleza con que está construido cada párrafo llama a la calma, a detenernos en eso diminuto que la mirada acuciosa de Nurisnalda nos está mostrando. Ella construye imágenes novedosas, fijando la vista en los objetos, en la minucia, en el gesto, hasta llenar lo minúsculo de sentido.

A modo de ejemplo: «Estaba sentada viendo tele, con sus materiales del liceo sobre la mesa. Hojas arrugadas de las guías de matemáticas sin terminar. El lápiz grafito mordisqueado metido dentro del sacapuntas». Otro: «Mi papá me apretaba el brazo cada vez que se molestaba. Se veían raras las marcas de las uñas sobre mis muñecas: romboides sucios que tenían pequeñas puntas afiladas». Y otro: «Me encerré en el baño y con una pinza le quité el pequeño tornillo al sacapuntas».

Es precisamente este juego entre querer saber y detener la mirada lo que hace tan disfrutable leer esta novela. Creo que los buenos libros son aquellos que no se agotan en una primera lectura. Y cuando digo esto, me refiero tanto al acto literal de volver a leerla como a esas segundas lecturas que revelan nuevos sentidos. Volvemos a ella para descubrir aquello que está más allá de las palabras o para centrarnos en la denuncia que deja esta confesión. En eso en lo que ha participado nuestra conserje y que, a ratos, la llena de culpa. En eso que a veces parece lejano, pero está mucho más cerca de lo que creemos. Solo que no lo vemos. O, como Nurisnalda, no queremos verlo.

Me sorprende que una primera novela alcance un manejo tan seguro del silencio, de la tensión y de la mirada, creo que allí reside el mérito de la escritura de Vera Zepeda.

Condominio Pinares

Autora: Vera Zepeda

Editorial Provincianos

Junio 2026

 

 

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