Última función (Andrés Nazarala)

Última función (2022)

Andrés Nazarala (1976)

Editorial Kindberg

ISBN: 978-956-9707-18-6

270 pp.

 

Aldo Romero es un crítico literario veterano, tanto en el oficio como porque se acerca la edad de jubilación. Al comienzo de esta novela, Romero sufre un colapso médico a causa de una diabetes descuidada mientras presencia el estreno de una película horrenda a la que es obligado a asistir, por el medio para el que trabaja. Más tarde despierta en una habitación de la clínica donde permanecerá casi la totalidad de la novela, con escasas visitas (que él mismo además se encargará de hacer disminuir con su carácter agrio) y casi nulas interacciones con el personal de salud que lo atiende.

“Morirse en una sala de cine debería ser el ideal máximo de un crítico comprometido con su oficio, hacerlo frente a una obra maestra, idealmente en los créditos finales, como un montañista que muere de hipotermia en la cima. O algo así. Lo que marca la diferencia es la calidad de la obra” (págs. 19, 20)

Romero ha llegado a ser un hombre temperamental, rabioso y cínico. Si en su juventud formó parte de un grupo precursor de la música punk en Chile, con los años se volvió en este vejestorio agrio con un trabajo que lo hizo perder el encanto por incluso aquello que más lo llegó a entusiasmar en su vida: el cine.

“En algún momento me di cuenta de que me interesaban más los restaurantes que el cine, que un solomillo de ternera con demi-glace de manzanas y un buen vino pueden ser más fascinantes que ver una película de John Cassavetes por primera vez” (página 21)

El personaje inmovilizado en una cama de hospital al que vemos es alguien que se queja plañideramente durante todo el relato, al punto de llegar a resultar molesto. Al mismo tiempo habla de cine, reseña películas, recurre a su archivo mental, pero en esa interacción discursiva hay escaso humor, por lo que no logra transformar el cinismo de este personaje en un encantador contador de películas. Se limita, más bien, a hacer consignar pequeñas reseñas de las películas que recuerda. Y a perorar de cómo las películas han cambiado, en tanto vuelve en su mente una y otra vez al cine más clásico, repasando su canon personal, mientras desdeña la persona en que se convirtió, así como desdeña la función del crítico de arte en la sociedad. Dice al respecto: “Sé que, con el tiempo, la gente dejó de estar pendiente de nosotros. Debimos haber muerto en alguna sala por un escape de gas. Nadie hubiese notado nuestra ausencia” (página 55)

Andrés Nazarala, entonces, ha construido a un personaje detestable en toda regla. No es un anciano querible, es simplemente un hombre maduro, gruñón y desesperanzado. Pero bajo esa primera capa —que está ahí y que bien podría ahuyentar a un lector poco paciente— hay algo que emerge a cuentagotas: el trabajador Aldo Romero, que ejerce un oficio que ha perdido tanto valor que incluso casi ya no existe; el trabajador atribulado por los pagos de una clínica que ya no puede pagar; el trabajador reemplazado por generaciones nuevas de personas que aparentemente ignoran todo respecto del arte al que él ha entregado su vida, listos para alabarlo todo solo por ganarse un espacio, a codazos si es necesario.

“Soy una marioneta de la medicina moderna. Deberían extender una cadena kilométrica hacia la sucursal más cercana del banco y conectarme a la puerta de acero de una caja fuerte vacía, arrastrar mi cadáver hacia el edificio para revisar si hay algún órgano que puedan entregar a modo de pago de deuda. No sospecha que mi revolución fue siempre hacerme mierda los órganos para no complacer expropiaciones indebidas” (pág. 245)

¿Quién es este Aldo Romero? Una antigualla desechada por el mercado laboral. Tiene casi 65 años de edad. Escribe o escribía en un suplemento que aprovecha de cerrar en su ausencia. Y lo que es peor, a nadie le importa que ese espacio cultural deje de existir. ¿Está amargado? Claro que sí. ¿Llega a ser un latero? Sí, por supuesto. Pero es que él sabe que está al borde del abismo personal y laboral. Que todo su conocimiento cinéfilo es inútil en este nuevo mundo neoliberal. Pero, para bien y para mal, eso es todo lo que él es. Es todo lo que en la vida le importó. Es dueño de un capital inconmensurable que ya no le sirve a esta vida capitalista, es dueño de un conocimiento que no tiene valor de cambio.

Última función, en esa lectura, es una novela muy bien lograda que emparenta con otra que también narra la sobrevida laboral de nuestros adultos mayores, la muy reconocida Sara de Maivo Suárez. Sin embargo, Última función tiene una carga mayor en su narración, puesto que mientras la protagonista de Sara consigue ser un personaje adorable en su torpeza, inquieto, curioso, el cinéfilo Aldo Romero pone su carácter agrio por delante, su autoconciencia y nos repleta de un conocimiento de tramas y argumentos que solo pueden hacerlo par de otro cinéfilo como él y que, en última instancia, nos enfrenta con la realidad de nuestra propia vida más allá de los ambientes laborales.

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