Toqui. Guerra y tradición en el siglo XIX (Fernando Pairican)

Toqui. Guerra y tradición en el siglo XIX

Fernando Pairican

Pehuén editores

ISBN: 978-956-16-0823-8

292 páginas

 

Comentar una publicación como Toqui. Guerra y tradición en el siglo XIX de Fernando Pairican obliga a situarse y ser consciente del lugar y momento en que uno lee un libro como este: hoy por hoy a la zona que cubren estas páginas en el discurso público se la llama “La Macrozona Sur”, y recae sobre ella un Estado de Excepción Constitucional. Los Estados de Excepción son un método para alterar y principalmente rebajar los derechos de las personas de una determinada área geográfica, de manera temporal y por motivos especiales. Dicho de otro modo, Toqui no puede leerse ignorando que la Araucanía se encuentra sometida a un estado de excepción y que sus habitantes  mantienen una situación desmedrada en el ejercicio de sus derechos, que en este mismo momento hay militares en sus caminos, como si fuera normal. ¿Cómo llegamos a esto?

La ocupación militar de la Araucanía no es novedad, por el contrario, lleva ocurriendo por oleadas que duran casi 150 años. Bien lo sabe el doctor en Historia Fernando Pairican, que en Toqui. Guerra y tradición en el siglo XIX efectúa una narración de la historia —firmemente sustentada en la investigación propia de esta ciencia— en la que traslada el punto de vista normalmente considerado el “oficial” para la narración de los hechos relativos a la historia chileno-mapuche y lo sitúa en el lado de la nación mapuche. Con ese fin, sigue la biografía de uno de los últimos grandes líderes mapuche: el toqui Mañilweñü. La intención de este libro, tal como lo expresa su autor en la presentación “busca comprender las raíces de estos sucesos políticos indagando en la mentalidad de los liderazgos mapuche que se opusieron a la expansión de la república chilena”.

Para ello Fernando Pairican comienza su examen en el periodo previo a la ocupación de La Araucanía, desde la misma derrota del ejército Monárquico en la batalla de Maipú y cómo se insertó el mundo mapuche en la confrontación con los chilenos llamados —especialmente entonces— criollos. A Pairican le interesa examinar nuestra historia conjunta desde el mismo momento del proceso de independencia chileno, porque es desde ahí cuando se establece un modo de trato desde ese Estado chileno en formación (y expansión) en contraposición a una cultura mapuche ya asentada, con sus propios códigos y formas de vida ajenas en parte a este suceso histórico. De este modo, Pairican recurre a una extensa biografía de la época, comenzando desde el mismo período de levantamiento mapuche que el autor sitúa entre 1819 y 1825, que vendría a concluir con el Parlamento de Tapihue —parlamento reflotado en estos días por nuestro actual presidente—, momento en que se llegó a un acuerdo de paz entre Chile y la nación mapuche, estableciendo un límite geográfico en el río Bío-Bío separando el mundo criollo y el indígena y que es el primer hito relevante entre el Estado chileno y la nación mapuche de establecer acuerdos de vida en común y respeto de los territorios que pertenecen a unos y otros. Es también el primer gran incumplimiento del Estado chileno de un acuerdo con el pueblo mapuche, que había dado su palabra y hecho suya la de este Estado que, apenas conformándose, le había ofrecido la paz y colaboración en momentos en que apenas daba sus primero débiles pasos, permitiendo así su fortalecimiento.

Pero Pairican es consciente, también, que el pueblo mapuche no ha conformado en su historia un relato o intención única; por el contrario, la multiplicidad de sus individuos ha adoptado diferentes posturas ante la intención colonizadora y supuestamente civilizatoria del Estado chileno. Es así como también reconoce y sigue la biografía de líderes como Lorenzo Colipí, aliados al Estado de Chile y proclives al proceso de colonización de la Araucanía.

Es significativo, tal como nos recuerda el autor, cómo a algunos períodos de exaltación del pueblo mapuche luego la imagen forjada del “indio” se ha tenido que destruir y reconstruir para poder convertirlo en un elemento de naturaleza abominable; cómo durante una larga época el mapuche es aquel ser guerrillero y fuerte que incluso llega a ser retratado en nuestra bandera de la Patria Vieja como símbolo paradigmático de nuestro país bajo la tutela de La Araucana de Ercilla y luego, años más tarde, cuando la razón capitalista exige tomar las zonas carboníferas e instalar el comercio y la explotación de las tierras que pertenecen a ese mismo pueblo, los periódicos de la época, tal como los actuales, rebajan la calidad de estas personas hasta considerarlas no más que bárbaros salvajes, a los que hay que someter por la fuerza.

Así escribía Manuel Bulnes, que luego llegaría a la presidencia de la república, en El Araucano de 1836: “es preciso no perder de vista la necesidad de quitar el mal de raíz, el que no podrá conseguirse de otro modo, que llevando a cabo el proyecto de que en otras veces he hablado al gobierno, cual es, el de expedicionar en grande contra las tribus salvajes (…) Solo liberándonos de unos vecinos tan incómodos, como osados y valientes, podrá verse progresar la agricultura con rapidez, y que lleguen estos pueblos al grado de prosperidad a que son llamados por su posición”

Y a estas asoladas militares le seguían otros intentos “civilizatorios” por medio de la instalación de la fe católica por medio de misiones.

Es así como por distintos períodos,  Fernando Pairican da cuenta de cómo, en distintas épocas y principalmente por medio de la fuerza, el Estado chileno con distintas tácticas intentó expandirse e imponer por la fuerza un sistema “que buscaba destruir su tejido social, y que unió la religión católica, las escuelas, instituciones coercitivas y una decaída ‘política indígena’ con la esperanza de ‘regenerarlos’. Con algo de obsesión —y bastante intolerancia—, el Norte alteraba sin contemplación una forma de vida, una manera de comprender la evolución de los seres humanos, cuyo rol principal era su tejido social basado en el apoyo mutuo. La modernización que expandió el Norte amenazaba las tradiciones y costumbres. La agricultura no intensiva, el respeto a los elementos de la naturaleza, los ciclos de evolución en base a ese ritmo afectaban al conjunto del sistema societal.” (página 204)

En este texto, ensayo histórico, o libro de historia derechamente, Pairican efectúa el importante aporte de revisar las fuentes y reconstruir el relato  de la resistencia del pueblo mapuche, en el largo período en que el Estado Chileno efectuaba su propia conformación y expansión, y no solo se limita a revisar los enfrentamientos entre pueblos, sino que logra profundizar en los cambios de mentalidad del Estado chileno, en los insumos intelectuales que existían e invocaban en la época —por medio de las publicaciones que existen en los medios escritos a los que aún hoy se puede recurrir— dando cuenta así de los motivos de fondo para los cambios de actitud y formas de proceder ante la nación mapuche, tantas veces considerada como el buen salvaje como el salvaje bárbaro.

Con Toqui. Guerra y tradición en el siglo XIX  Pairican consigue que la construcción de esta nación mapuche no emerja del punto de vista chileno-criollo, sino que aparezca desde el propio pueblo mapuche, con la multiplicidad de puntos de vista e intenciones que también ese pueblo ha tenido, tanto antes como hoy, y reconstruye, de esa misma manera, el mismo origen de la interminable cicatriz que crece y se hace más profunda cada día.

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